Luc negaba a los dichos de Nammi, mientras esta se colocaba una vez más la chaqueta que el custodio le había ofrecido solo minutos antes.
— Me has contado tu historia y me parece justo que te cuente parte de la mía. — la voz de la joven, aunque era débil, denotaba seriedad y autenticidad. — Mi vida no ha sido la mejor ¿sabes? — pregunto aquello porque tal vez Luc al tener una vida de privilegio no seria capaz de reconocer lo que eran las penurias y la necesidad. —Pero al menos era mía. — la tristeza bailaba en sus ojos, y las manos de Luc tomaron una de las de ella.
— No es necesario que abras viejas heridas. — informo con la voz ronca, pues de pronto su garganta se había secado, el miedo, no lo acobardaba, pero si secaba su garganta, como un culpable antes de escuchar su sentencia.
— No estan cerradas Luc, creo que nunca lo estarán, es una herida que sangrara por siempre, o al menos así lo siento. — Luc trago grueso por solo escuchar aquello, y en su mente, la orden de escuchar las consecuencias de sus actos estaba clara, era lo menos que podía hacer, escucharla. — Aunque debo aclararte que es mucho más larga que la tuya, porque en mi caso fueron un cumulo de cosas, que poco a poco fueron abriendo mi pecho, hasta dejarme así… sin nada, vacía. — la estocada final, ¿eso fue lo que él le dio? El ultimo corte en una alma maltrecha, el puñal mortal.
— Te escucho Nammi, te escucho. — fue lo único que se atrevió a decir, que era más que la verdad, no solo queria decirle que la escucharía en su relato, no, Luc queria que ella supiera que la escuchaba cada noche, implorando que se detuviera, a él, un monstruo, una escoria.
— Mi padre se llamaba Nicanor, y mi madre Marsella. Eran jóvenes, muy jóvenes, y estaban solos, ambos habían desobedecido a sus padres, decían que su amor era lo único que necesitaban, pero no tuvieron en cuenta que del amor nacería yo, y un bebé no come amor, aun así eso no les impedía tratar de hacerme feliz. — Nammi comenzó su relato con una voz temblorosa, pero con una mirada brillante que denotaba la calidez de aquellos recuerdos. — A pesar de las dificultades, siempre encontraban una manera de hacerme reír, como cuando mi madre llenaba la casa con el aroma de su pan recién horneado y mi padre me enseñaba a bailar en la sala.
Luc la miraba con una mezcla de dolor y ternura. Sentía cada palabra como una pequeña daga, pero sabía que Nammi necesitaba desahogarse. Y ella continuó, su voz llenándose de emoción mientras recordaba esos días felices.
— Recuerdo una vez, que mi padre construyó una cometa para mí. No era nada sofisticado, solo unos palos, papel y cuerda. Pero cuando la soltamos en el parque y la vi elevarse, me sentí como si pudiera tocar el cielo. — Los ojos de Nammi brillaban con lágrimas no derramadas mientras esbozaba una sonrisa triste. — Me sentía tan segura y amada en esos momentos.
Luc apretó su mano, ofreciendo el único consuelo que podía en ese momento. Sabía que esos recuerdos eran como un bálsamo para las heridas del alma de Nammi, pero también eran un recordatorio doloroso de lo que había perdido.
— Mis padres no eran perfectos, claro. — Nammi soltó una pequeña risa, casi como un suspiro. — Pero su amor por mí y entre ellos era algo que siempre admiré. Mi madre solía decir que mientras estuviéramos juntos, podríamos enfrentar cualquier cosa. — Hizo una pausa, cerrando los ojos un momento para aferrarse a esa sensación de seguridad y amor que había sido su refugio durante tantos años.
Mientras Luc sintió un nudo formarse en su garganta a la vez que la escuchaba. Podía percibir el profundo amor y la pérdida en cada palabra de Nammi, y por primera vez en mucho tiempo, se sintió realmente conectado con alguien, alguien que al igual que él, lo había perdido todo, pero que, sin embargo, no fue a arruinar la vida de nadie, como si era su caso.
— Pero nada es para siempre, Luc, ni siquiera el amor. — Continuó Nammi con una sombra en su mirada. — Cuando el dinero escasea, las cosas cambian, — prosiguió con voz trémula, — un día, mi padre partió con la promesa de volver pronto. Nos escribía cartas contándonos de su progreso y cómo pronto estaríamos juntos de nuevo. El dinero empezó a llegar, lo suficiente para sostenernos, pero él no regresaba. Mi madre intentaba mantenerse fuerte, pero yo podía ver la desesperación en sus ojos. — Nammi cerró los ojos, recordando aquel dolor profundo. — Los meses pasaron y el dinero dejó de llegar, al igual que las cartas de mi padre. No teníamos más opción que abandonar nuestra casa y mudarnos a una casa rodante. Mi madre hacía lo posible por mantenerme a salvo, por darme una sensación de normalidad, pero yo sabía que algo estaba terriblemente mal. — Luc le paso un pañuelo desechable, en completo silencio, pues sabía que ella no buscaba una palabra que la reconfortara, mas bien, se estaba desahogando. — Vivir en la casa rodante fue una de las etapas más difíciles de nuestras vidas. — Nammi respiró hondo, tratando de contener las lágrimas. — Con el tiempo, mi madre Marsella, que había sido mi refugio y fortaleza, comenzó a cambiar. — Nammi hizo una pausa, su voz quebrándose con el peso de los recuerdos. — No sé si fue la tristeza, la desesperación o simplemente el cansancio de luchar sola, pero lentamente se dejó vencer por el olvido. El alcohol, que al principio parecía ofrecerle un respiro, poco a poco la convirtió en un monstruo salido de las peores pesadillas. Para una niña, y luego como adolescente, fue terriblemente difícil ver esa transformación. Pasó de darme lo mejor que podía, su cariño y afecto, a ser la causa de mi desdicha. — Nammi respiró profundamente, luchando por mantener la compostura. — Cada vez que la miraba, veía menos de la madre amorosa que conocí y más de alguien roto y perdido. Ella... — su voz tembló, — peleó con su destino de la única manera que sabía, jurándose a sí misma que no se dejaría vencer. A pesar de todo, se prometió que el mundo no la vería de rodillas. En el fondo de su corazón, aún había una chispa de la fuerza y el amor que alguna vez la definieron. Pero yo, yo también tenía que aprender a sobrevivir. Y así, cada día era una batalla, una promesa de que no dejaría que el dolor me consumiera.