Luc:
Sus ojos me ven fijamente, sus labios carnosos y amplios, repiten mi nombre sin descanso, sus delgadas y cálidas manos se aferran a mi espalda empapada en sudor.
— Por favor.
Susurra sobre mi oído y estoy a punto de liberarme cuando unos golpes me alejan de ese maravilloso sueño, dejándome agitado y sudado, medio sentado en la cama.
— ¿Adelante? — debería salir una orden, pero no puedo evitar realizar una pregunta, pues aún estoy confuso, ¿acabo de tener un sueño erótico con… — ¡¿Nammi?! — su nombre, salió con espanto, al reconocer que acabo de soñar con la joven que arruine.
— Buen día señor Luc, no me vea así que no soy un fantasma. — me sonríe y yo solo quiero lanzarme por la ventana, soy un enfermo perverso, ¿Cuándo me volví así?
— Yo… yo puedo solo. — trato de hacerla desistir al aferrarme a la sábana, no puedo creer que tenga una erección, maldición, estoy duro por ese maldito sueño.
— Seguro que puede solo, nadie duda de su fuerza, ni de su salud, pero es mi trabajo. — mientras me habla como si fuera un niño reacio para colocarse una inyección, comienza a retirar la sábana y nuevamente me aferro a ella.
— Yo puedo Nammi. — alego con los dientes apretados y deseando que mi maldito pene regrese a su tamaño normal. — Solo tengo un brazo fisurado, deja mi ropa sobre la cama y…
— ¿Cómo que su brazo solo esta fisurado? — quedo mudo por medio segundo, y eso se debe a que acaba de sacar la sábana que cubría mi erección, y es cuando siento mi cara arder. — Señor Luc, ¿usted no tiene el brazo quebrado? — ella permanece como si nada, aunque sé que vio el bulto entre mis piernas, pero su rostro no refleja nada, mientras me ayuda a vestirme.
— Solo tengo fisurado el brazo, ¿no les dijo el doctor?
— No, él nos informó otra cosa, como que tenía el brazo quebrado y no fisurado. — sus manos son agiles, no lo puedo negar, casi parecen caricias, en un abrir y cerrar de ojos ya estoy vestido y mi erección al fin comienza a descender poco a poco.
— No sé cuál es la diferencia, de todos modos, señorita Nammi, le agradecería que ya no me cambié, no soy manco y si lo fuera aun tendría una mano para hacer las cosas…
— Ahora lo entiendo. — esta mujer, se nota que poco le importa lo que digo.
— ¿Entiende que no debe desnudarme? — ay, Dios, me iré al infierno por decirle eso a ella.
— No lo desnude, su bóxer se mantuvo en su lugar señor Luc, y lo que comprendo es el motivo por el que su médico lo enyeso, si no tiene fracturado el brazo. — bien, hasta ahora comprendo que hay una diferencia entre fractura y fisura.
— ¿Me podria explicar por qué? — su aroma es agradable, aunque su largo cabello en más de una ocasión hizo cosquillas en mi nariz, al girar tan rápido para vestirme, ¿cree que soy un bebé que enfermara por un poco de aire?
— Usted es un paciente muy quisquilloso, cuando trabajaba en el hospital de Chicago, a personas como usted, no se le colocaban escayola, sino que las enyesaban, de ese modo el doctor se aseguraba que su recuperación seria optima y no habría mayores problemas.
— La escayola se puede sacar y colocar… quiero una escayola. — la risilla que libera Nammi, ante mi exigencia, es agradable, nada de otro mundo, pero tampoco es chillona o nasal, es… linda, jovial.
— Usted me hace recordar cuando asistía a los pediatras con sus pacientes.
— Ayer me compara con un anciano y hoy con niños, no sé qué es más vergonzoso. — digo a modo de queja, pero no puedo evitar que una tonta sonrisa se pose en mis labios
— Creo que, en ambos casos, usted tiene la ventaja. — asegura aun sonriendo ¿acaba de guiñarme un ojo? Debo estar viendo mal, tal vez el golpe afecto mi vista.
— ¿Cómo así?
— Uno no se enoja ni con los ancianos, y mucho menos con los niños, corre con esa ventaja señor Luc, no le gustaría conocerme enojada.
Esto será raro, confuso, y tortuoso, lo sé, más ahora que al fin puedo contemplar su rostro con detenimiento, sus pequeñas pecas surcando su tabique, la forma tan condescendiente con la que interactúa con León… lo trata como si fuera un niño, aunque mi hijo se comporta como tal, algo muy raro, aunque si debo ser honesto, ni yo sé cómo es realmente León, antes por sus ataques de ira y su raro actuar y ahora porque la vergüenza de que descubriera lo que hice, me impedía verlo a los ojos o estar cerca suyo, pero ahora que lo veo.
— Nammi. — aun estando a una distancia alejada de mí, la castaña voltea a verme y luego de susurrarle algo a León, que está de rodillas entre las rosas, viene a mí.
— ¿Sí señor? ¿necesita algo? — le hago señas para que se siente frente a mí, el día esta soleado, por lo que nos encontramos en el jardín, hacía mucho que no me tomaba un tiempo para pensar y gran parte de eso se debía a ella y mi hijo, aunque la verdad es que evitaba pensar en cualquier cosa.
— Solo… la veía interactuar con León, ¿Por qué lo trata como un niño? — Nammi pestañea varias veces, sus mejillas enrojecen un poco… ella no se puede enamorar de mi hijo, es muy mayor para él.
— León… se asemeja mucho a alguien que conocí, es decir, su forma de ser.
— No la comprendo, ¿usted está interesada en mi hijo? — no debería molestarme, solo se llevan un par de años, pero yo… no, León no podria estar con ella, no cuando fue mía, eso sería retorcido.
— Estoy interesada como una amiga, no como creo que usted piensa. — no se ve molesta, para ser justo ella es muy profesional y nuevamente las dudas e incógnitas llenan mi mente.
— ¿Entonces?
— Lo veo como un amigo, ya le dije, León me hace recordar a alguien…señor Luc ¿su hijo sufre algún tipo de retraso madurativo? — no puedo evitar que mi entrecejo choque ante su suposición.
— No, no es autista, ni retrasado, ni padece ninguna enfermedad mental… — sin ser consiente mi voz a aumentado, pero no lo puedo evitar, fueron tantos años de hospitales y clínicas, buscando una razón para su forma de ser, cuando la verdad todo es por una maldición, misma que espero se rompiera para siempre.
— No lo dije para que se ofenda, pero… olvídelo. — su rostro, no demuestra nada, solo aburrimiento y eso me molesta, aunque no sé por qué.
— No, discúlpeme usted a mí, no tenía como saber lo cansador que ha sido todo esto para nosotros, pero… no es la primera que insinúa algo así, ya lo han visto demasiados doctores y dicen que es normal. — incluso esa palabra suena rara en mi boca, “normal” creo que nadie en el mundo es normal.
— Señor Luc, algunas cosas no se pueden diagnosticar con simples estudios, una vez conocí a alguien, era un poco lento para pensar y muchas veces se comportaba como un niño travieso, aunque eso no le quito el llevar una vida plena y satisfactoria, pero en él, los médicos no sabían que era lo que estaba mal, aunque su familia siempre supuso que pensaba un poco más despacio a los demás, ya que cuando nació, no respiraba, estuvo varias horas muerto, hasta que lo lograron reanimar, entonces, para todos en su familia él era normal, aunque para los demás fuera un poco lerdo. — León nació bien, aunque…
— Mi esposa no llevo un buen embarazo, tuvo varios accidentes, que pusieron en riesgo la vida de León, hasta que finalmente nació con siete meses de gestación, estuvo más de un mes en incubadora… ¿crees que eso le pudo afectar? — Nammi vea a mi hijo y le sonríe con dulzura, como nunca lo hizo Bianca.
— No lo sé señor Luc, no lo sé, solo soy una enfermera.
Sus palabras resuenan en mi mente, dejándome despierto toda la noche, ¿algo se escapó al entendimiento de los médicos? ¿Fui tan estúpido y supersticioso como para creer que todo era por una maldición? ¿arruine la vida de Nammi por nada? Quizás León, solo es poco normal y fui yo el que no lo supo ver, aunque ya es tarde para reparar algo.