Luc no podía asimilar las palabras del doctor, era como si su mente se negara a funcionar, ¿Embarazada? ¿Nammi? No podía evitar el cuestionar esas palabras, era como si no pudieran estar en una misma oración, salvo que lo estaban, y fue cuando Luc comprendió de que el bebé era suyo, puesto que Nammi le había confesado que había sido pura hasta que él mismo, un monstruo en su propia piel, le había arrebatado aquello y una bruma de odio hacia sí mismo y un dolor por Nammi lo envolvieron, nublando su mente y haciéndolo caminar como un zombi por los pasillos del hospital, se sentía adormecido, confundido, y no pudo evitar el plantearse, si esa era la maldición que pesaba sobre él, sobre León, y ahora, también pesaría sobre ese bebé, ¿a cuantos más afectaría la maldición que él no merecía, sino Antonny?
Cada paso que daba lo alejaba más de la realidad y lo sumergía en un abismo de preguntas sin respuesta. ¿Por qué Nammi no le había informado del embarazo? ¿Acaso deseaba deshacerse de ese bebé no deseado? Y si no era así, ¿cómo podría él mantenerse lejos de ella ahora que había descubierto que la amaba, y que esperaban un hijo?
Eran tantas preguntas sin respuesta, que el estado de aturdimiento de Luc empeoro, caminaba sin prestar atención a nada, sus ojos vacíos y su mente en un torbellino de confusión y culpa, mientras los pacientes y médicos que por allí transitaban no podían evitar preguntarse ¿a quién había perdido ese hombre? Porque su rostro en verdad que reflejaba dolor, sufrimiento, tanto así que Luc sentía que los pasillos del hospital se extendían como un laberinto interminable, cada puerta una barrera entre él y la verdad, hasta que finalmente, llegó a la habitación de Nammi, pero el valor no lo encontraba, solo podía ver la perilla, y luego de un tiempo que solo Dios sabe cuánto fue, su mano se alzó temblorosa y abrió la puerta resignado y convencido, que el amor que sentía por Nammi, era su verdadera maldición, porque aun con todo lo que había echo, no podía evitar que su corazón saltara un poco más rápido, por solo pensar en ese bebé y desear, el poder verlo nacer.
Pero al ingresar, la visión de Nammi inconsciente en la cama fue el golpe final que lo rompió por completo, se acercó a ella tan lentamente que si alguien lo viera le parecería ridículo, pero cada paso de ese hombre demostraba la confusión de su cabeza, y aun más de su corazón, ese mismo que le pedía reír de felicidad y rogar por el amor de esa mujer, mientras que su lado racional le susurraba que se quemaría en el infierno por toda la eternidad si continuaba cerca de Nammi y así, con el corazón latiendo con fuerza y la culpa pesando sobre sus hombros, se arrodilló a su lado, tomando su mano con delicadeza, deseando volver el tiempo atrás, creyendo en verdad que la muerte hubiera sido una salida menos miserable, a la que él había escogido.
—Lo siento, Nammi. — susurro cerca de su oído, con el alma yéndose en cada palabra. — Por favor, perdóname.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, cargadas de dolor y esperanza, mientras Luc se aferraba a la mano de la única persona que había podido tocar su corazón, Nammi, su amor, su maldición.
Nació el día, despuntando con los primeros rayos de sol que se filtraban tímidamente a través de las cortinas del hospital, los parpados de Nammi revolotearon, hasta que finalmente se abrieron de forma perezosa, todavía envuelta en un velo de confusión, intentó procesar su entorno y al ver las paredes blancas y los monitores al lado de su cama, recordó de inmediato lo sucedido la noche anterior, su corazón se encogió al pensar en León y en cómo, en un arrebato de exaltación, la había empujado por las escaleras, estaba segura que algo raro había pasado con el pelirrojo, pero a la vez no queria decir sus conjeturas, no luego de conocer los temores de Luc y el infierno que había pasado hasta que León había mejorado, aunque no sería algo que Nammi olvidara, porque en su mente Valentina Constantini le susurraba, una de sus lecciones, quizás la más valiosa.
— ¿Por qué debería estar siempre con la guardia en alto y pensando mal de todo el mundo? No lo comprendo Valentina, soy una simple enfermera y mesera, no tengo enemigos, no molesto a nadie, ¿Quién querría hacerme daño? — refuto cansada de las lecciones de lucha que Lupo le daba, sentía que un día cualquiera terminaría muerta entre las manos del lobo, y lo peor era que moriría virgen.
— Te lo explicare como se lo explique a mi Dulce princesa. — dijo la castaña, poniéndose de pie, en esos enormes tacones que solo la hacían ver mas intimidante, no por la altura que le concedían, era el hecho de ver que finos y altos eran y aun así, Valentina caminaba como si estuviera con pantuflas, Nammi podía jurar que ella en su lugar, ya se habría caído y roto el cuello. — Una serpiente comenzó a seguir a una luciérnaga, durante mucho tiempo se arrastró, trepo y nado, tras ella, sin descanso, ni distracción, fue tanto su acoso y asedio que finalmente la luciérnaga se dio por vencida, cansada de estar escapando, decidió hacerle frente a la muerte, pero aun así, tuvo la suficiente entereza, como para hacerle frente a la serpiente, justo antes que esta la devorara, la luciérnaga dijo, “¿Puedo preguntarte algo?” y la serpiente conocedora que esos eran los últimos segundos de vida de la luciérnaga, le concedió el que preguntara “¿Formo parte de tu alimentación cotidiana?” la serpiente un poco confusa por la tonta pregunta le respondió “No, para nada” “¿Te he molestado de alguna manera?” indagó con verdadero interés la luciérnaga, al ver como la serpiente ya estaba abriendo la boca, “No, no lo has hecho” rebatió el reptil, “ Entonces… ¿Por qué quieres comerme?” — Valentina se acercó al rostro concentrado de Nammi, sus ojos chocaban, como los de un alumno absorbiendo conocimiento y un maestro impartiéndolo. — “Porque me molesta verte brillar, no lo soporto y quiero acabar con ello” — Nammi se estremeció ante el final de la fábula, tan impactada con su moraleja, que las palabras no le salieron. — Por eso no puedes bajar la guardia, Nammi, no necesitas hacer mucho, para molestar a alguien, solo sonríe, brilla, se feliz y veras como mas de uno deseara tu cabeza decorando su escritorio, ahora Nammi, levanta tu trasero y sigue entrenando, que, si un día me matan, quiero reinar el verdadero infierno tranquila, y no estar preocupándome por si alguna serpiente va tras de ti, pequeña luciérnaga.
Nammi cerró los ojos con fuerza, ya se podía imaginar a Valentina en el infierno, discutiendo con el diablo pidiendo permiso para salir a la superficie y patearle el trasero, si, eso seria muy de la reina. Y cuando al fin decidió que era mejor dejar a los muertos tranquilos, se percató de una figura familiar al lado de su camilla, con asombró vio que Luc estaba allí, dormido de manera incómoda en una silla, con su cabeza inclinada hacia un lado y su melena negra desordenada, la visión la conmovió profundamente, y sin proponérselo, una lágrima rodó por su mejilla, dejando en claro la carencia de afecto que tenía Nammi, más porque el recuerdo de su niñez, llego a ella, cuando su madre, estaba demasiado alcoholizada incluso como para cuidar de ella cuando se enfermaba, y aunque no quisiera, la embargó con una mezcla de tristeza y nostalgia, porque en esos momentos de soledad y abandono, Nammi había aprendido a no esperar nada de nadie, hasta que conoció a los reyes de Chicago y ahora allí estaba Luc, mostrando una dedicación que ella no había experimentado antes y con un gesto instintivo, acarició suavemente el cabello de Luc, sintiendo un calor inusual en su corazón, un latido más fuerte de lo que jamás había sentido, ni siquiera con la cercanía de Greco De Luca, y en ese gesto, Nammi reconoció una verdad a la que se había estado resistiendo, el cariño y presencia de Luc eran reales, su jefe había comenzado a llenar los vacíos de su alma solitaria y eso la asustaba, tanto así, que quiso quitar su mano, pero Luc le sujeto la muñeca, impidiendo que se alejara, mientras abría los ojos, por un momento, ambos permanecieron en silencio, comunicándose a través de sus miradas, aunque ninguno de los dos quisiera creer en lo que deslumbraban en la mirada del otro, porque ambos desconocían como era el que te vieran con amor, al menos uno autentico y naciente.
—Nammi... —murmuró Luc, con su voz ronca por el sueño, y liberando la mano de la joven, aunque lo que más deseaba era tenerla entre las suyas por siempre. — ¿Cómo te sientes? — indago ahora preocupado, y poniéndose de pie, viendo los monitores, aunque nada entendía, algo que hizo sonreír a Nammi.
—Mejor, gracias a ti, no desperté sola en un hospital o quizás hasta hubiese creído que aun estaba en el hospital de Chicago. — dijo como queriendo quitarle peso a todo el asunto, suponía que Luc se sentía culpable por lo sucedido con León, y no queria eso, no deseaba que su jefe continuara creyendo en maldiciones.
— Nammi… — la voz del medico informando que su empleada debía estar tranquila resonaba aun en su mente, pero había cosas que no podía evitar preguntar. — ¿Por qué no me dijiste que estas embarazada? — pregunto con voz temblorosa, cargada de culpa.
— ¿Qué? — la respuesta de Nammi floto en el aire, mientras el doctor ingresaba en la habitación.