Capítulo 11.

1298 Words
Luc abrió sus ojos, gracias a la suplica que escuchaba, un eterno “por favor, no”, que sabía lo llevaría a la locura, pero esta vez no era su pesadilla, sino la de Nammi, con asombro la vio echa un ovillo en uno de los sofás que estaban frente a la camilla, el sol estaba ingresando por la ventana, era la primera noche que dormía completa luego de un mes, con pena y odio a él mismo, descubrió que no era el único que tenía pesadillas. — Nammi. — su nombre se sentía raro en su boca, no ajeno, sino como un sacrilegio, algo que él no debería mencionar. — Nammi. — repitió con voz estrangulada al ver como sus mejillas estaban empañadas en lágrimas. — Por favor, no, por favor… — era lo único que la joven repetía, y sin poder soportarlo, cargo su peso en su brazo sano, para poder elevarse, con toda la intención de ponerse de pie como sea y despertar de esa horrible pesadilla a la joven que él había marcado. — ¡Pero ¿qué haces?! — el grito de Mimi, lo hizo perder el equilibrio y caer de espalda a la camilla, mientras Nammi pegaba un brinco y de forma automática limpiaba su rostro, sabía que estaba llorando. — Por Dios señor Luc, si necesitaba algo, solo debía decirme. — Mimi giro al escuchar la voz de la amiga de León, mientras que Luc la veía...con pena. — No queria molestarte. — dijo en un susurro, lo cual encendió las alertas de Mimi, algo pasaba con Luc, él era más de gritar y mandar, sin por favor, y mucho menos susurros. — No es molestia, para eso me pagara. — ¿Cómo podía sonreír? Luc no lo comprendía, si a él le daba culpa hasta respirar, aunque claro él era un victimario, y ella… la víctima. — Entonces, si la contrataste, ¡que maravilloso! León estará más que feliz. — esta mujer podria no saber que le sucedía al hombre que crio, pero tenía la esperanza de que Nammi lo ayudaría en más de una manera. — Ya hablé con el doctor, nos podemos ir, y tu Nammi no debes de preocuparte, hablare con el abogado de mi niño y le pediré tener un contrato más que justo, ahora ve a la universidad… — Mimi hablaba con calma, pero desbordando entusiasmo y Luc se preguntó que podria estar estudiando la castaña. — Sí, bueno, resulta que ya no iré a la universidad. — explico de forma apresurada mientras sonreía de manera nerviosa. — Por lo que puedo trabajar a tiempo completo, claro que, si es que el señor Luc lo desea, aunque déjeme decirle que los años de enfermera me sirven de mucho, por ejemplo, por más que sus piernas no estén fracturadas, no le recomiendo caminar, ni permanecer mucho tiempo de pie. — no tenía derecho ni de pagar por sus cuidados, ni por una mirada, claro que no, si desde un principio le ofreció la suma que quisiera y ella solo dijo no, y ahora ¿se suponía que le pagaría para que lo cuidara? Luc se sintió enfermo de solo pensarlo. — ¿Cómo que ya no vas a la universidad? Si ayer dijiste… — Mimi podria ser una nana como muchas, pero los años de vida en este mundo, la hicieron conocedora de sueños y secretos, metas e ilusiones y no podía creer que Nammi solo se diera por vencida de un día a otro con su sueño de diseñar. — Un incendio. — soltó con apuro y temor de que, si Luc comenzaba a sospechar que ella estaba huyendo, la dejaría a la deriva como lo estuvo la noche anterior. — Se incendió mi departamento y… ya no tengo nada. — Luc la vio con desconfianza, mientras Mimi cubría su boca con las manos de la misma impresión. — Pero ¿Cómo? ¿Cuándo? — Ayer, mientras estaba aquí, se podria decir que el accidente del señor Luc, salvo mi vida. — no estaba mintiendo al cien por ciento y eso fue lo que logro engañar al pelinegro. — Entonces valió la pena el ser arrollado. — murmuro más para él que para Nammi, aun así, ella lo escucho y se sintió una maldita por mentirle a ese hombre que se notaba tenía más de un problema, como para que ella le llevara más. — Creo que lo mejor es que vengas con nosotros, puedes ocupar un habitación de servicio. Como siempre el empresario se sumergió en pequeños detalles, tal vez tratando de mantener su mente ocupada, quizás tratando de reparar lo que había hecho, aunque sabía que era imposible, y por curioso que pareciera, también lo hizo tratando de recuperar su vida, o lo que era, antes de la maldición, cuando era un hombre que tomaba decisiones en frio, luego de meditarlas, planear, organizar, Luc era de esas personas meticulosas, que le gustaba tener el control de cada detalle, por más mínimo que fuera, hasta que luego de su casamiento todo se fue por un caño, más aún luego de que su esposa se suicidara. Nammi se mantuvo en silencio durante todo el camino, casi con miedo de ver por las ventanillas del automóvil, ¿y si aun la estaban buscando? ¿Quién la estaba buscando? ¿Por qué la querían muerta? Trato de recordar algún detalle del club “el infierno” pero solo venían a su mente los tragos que pedía cada cliente, mismos de los cuales ella desconocía sus nombres, sus gustos, todo, pues solo era una mesera, una miserable mesera. — Bienvenida a tu nuevo hogar. — dijo llena de entusiasmó Mimi y Luc tropezó con sus propios pies. — Señor Luc, permítame ayudarlo. — se apresuró a llegar a su lado y tomar su brazo sano, sintiendo a Luc estremecerse. — ¿Le duele? — el pelinegro se encontró atrapado por un par de ojos verduzcos, cargados de pena, y miles de secretos. — No, estoy bien. — trato de alejarse de ella, pero Nammi lo sujeto con fuerza al tiempo que extendía una media sonrisa que lo puso nervioso. — Usted se siente bien, pero no lo está y hasta que eso pase, me tendrá sobre usted. — la declaración de Nammi lo hizo tragar grueso, no por tomar en doble sentido sus dichos, sino que era la forma en la que lo vio, como asegurándole que debería hacer lo que ella quisiera, y no sabía si era por culpa, o porque, pero solo asintió como un niño obediente. — Muy bien, ahora a su habitación. Mimi y León cruzaron miradas, ambos sonreían, sin saber que la vida de todos cambiaria desde ese momento. — Deberá conseguir un bastón, y antes que diga nada, es solo por precaución, para que pueda caminar sin riesgo a caerse o resentir algún hueso que a su edad ya no son tan fuertes… — solo hacia su trabajo, como tantas veces lo hizo en el hospital de Chicago, aunque ya no estaba ni siquiera en su continente. — ¿Cuántos años crees que tengo? — era una estupidez, nunca le había importado su edad, sabía que era guapo, más que guapo, pero la forma en la que esa joven lo decía, lo hacía sentir un anciano. — Bueno, no lo sé, pero tiene un hijo de 16 años… — Apenas tengo 36 años, mis huesos siguen igual de fuertes que cuando tenía 20 años. — Wou, tiene 4 años menos que mi padre. — Nammi lo vio con detenimiento, aun sabiendo que ese hombre poco se parecía a Nicanor, pero trataba de imaginar si su padre tendría las líneas de expresión que lucía Luc. — ¿Qué? ¿Cuántos años tienes?
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