A Daira el corazón le latía tan fuerte que pensó que se le iba a salir por la boca, el estómago se le achicó y sentía como una piedra. ¿Qué pasó en la habitación de Danny? Era cierto que era la primera vez que estaba allí y tuvo una mezcla de sensaciones al ver que SU Danny, el que siempre había amado en silencio, aún seguía allí, entre las cuerdas de guitarra, en sus pentagramas revueltos. La imagen que él daba era la de un duro empresario y no se parecía en nada a la idea que se había formado. Quedó tan extasiada por lo que allí vio que no se dio cuenta que él estaba en la habitación. Fue a reclamar el anuncio que él hizo sin siquiera consultarla y terminó huyendo como una mariposa con las alas rotas.
Tenía sentimientos encontrados por cuanto estaba muy enojada pero en el fondo sentía una emoción intensa al saber que se casaría con el hombre que amaba. "Pero no era así como me lo imaginé", pensaba. En la novela que había escrito en su cabeza él era el príncipe encantado que para pedir su mano, se arrodillaba y la amaba con locura. Muy lejos de la realidad.
Siempre había tenido la idea de que los artistas eran personas sensibles, que plasmaban en sus canciones lo que sentían. La experiencia que tenía en esos meses conviviendo en presencia de Danny la sacó brutalmente de sus ensoñaciones. Cada vez leía menos sus novelitas mal encuadernadas que conseguía en las ferias de baratijas. Su romanticismo empezaba a convertirse en humo cuando vio en que se convirtió su amor platónico.
Se acostó con la cabeza llena de pensamientos que la atosigaban. Debía tomar una decisión antes que se le terminara de romper el corazón. Hasta ahora le había ido bien en eso. No sabía lo que era que un hombre le rompiera las ilusiones y no quería experimentar los dolores y desazones de la mayoría de sus personajes de novelas.
Se durmió tras mucho esfuerzo y soñó que Danny la llamaba desde su habitación pero ella no podía acudir a él..se despertó sobresaltada a las siete en punto con un terrible presentimiento.
Mike
Son las doce de la noche. A pesar del trajín semanal en la oficina en la que realmente doy todo de mí, me doy tiempo para mis saliditas. No puedo evitarlo, tengo que recargarme por otro lado. Cuando era niño y durante mi pubertad, había sido la sombra de Danny en muchos aspectos. Él tenía un carisma natural que atraía a las niñas más bonitas de la clase a la que asistíamos juntos desde que tenía recuerdos. Cuando desapareció de mi vida a sus dieciocho empecé a florecer mientras que por otro lado me secaba. Es difícil de explicar. Amaba a Danny desde que lo conocí, era mi amigo, el hermano que no tuve, mi confidente, al que podía confiarle quien me gustaba y no tenía problemas en hacerse a un lado para dejarme el camino libre pero por otra parte me agobiaba su presencia, no podía surgir. En parte la vida me permitió sacar ese obstáculo, aunque fue doloroso. Busqué contactarlo durante varios meses pero la tierra pareció habérselo tragado. Una mezcla de incertidumbre, miedos y rabia se apoderó de mí hasta que decidí dejarlo ir. Lo liberé de mi corazón y de mi mente y tuve que crearme un camino solo, sin él.
Allí empezó mi crecimiento personal. Como ya había terminado mis estudios en la preparatoria, debía definir que quería hacer con mi vida. Mi madre me apoyaría en lo que decidiera. Mi padre era mano derecha del señor West y le pedí una oportunidad de aprender a su lado hasta que pudiera afianzarme tanto laboral como estudiantil, ya que faltaba poco para iniciar la carrera de abogacía.
El señor West accedió sin problemas, pues me conocía desde niño y me apoyó en todo. Pagó mis estudios y deseaba realmente que él pudiera ver los frutos en mí por lo que me esforcé al máximo para estudiar y trabajar. Me inscribí en un gimnasio y poco a poco trabajé mi cuerpo para convertirlo en lo que era ahora, no había un gramo de grasa en mí y las mujeres caían como moscas a la miel, modestia aparte.
Lamentablemente, mi padre no pudo cumplir con su sueño de verme con el título pues cuando apenas tenía yo veinte años, un ACV se lo llevó. Sabíamos que padecía de problemas coronarios pero se había cuidado mucho y tenía la mejor atención médica. Su muerte nos dejó devastados a mi madre y a mí. Esta vez recibí una llamada después de tanto tiempo de mi amigo Danny. Se encontraba en Europa con su nueva gira y le era imposible asistir al funeral por lo que me dio palabras de consuelo y se disculpó. Me hubiera encantado que mi amigo me acompañara en esos difíciles momentos pero no podía ser.
El señor West me llamó al mes a su oficina y me ofreció el puesto de mi padre. Era mucha responsabilidad para un joven de veinte años pero me sentía preparado, había aprendido mucho y me esforzaba el doble que cualquiera. En todo ese tiempo aun era un tanto tímido con las chicas, tenía cosas más importantes a las que dedicarme.
Un día, en una reunión de trabajo, se encontraba en la misma sala una ejecutiva de otra compañía exponiendo sus puntos. Noté que sus ojos se dirigían constantemente hacia donde yo estaba sentado tomando apuntes con mi gesto serio y concentrado. Para mí trabajo era trabajo y no dejaba que nada interfiriera.
Al finalizar dicha reunión, estaba despidiéndome de los demás hombres de la sala cuando ella se acercó, debía tener entre treinta y cuarenta años, la verdad jamás le pregunté la edad, ni siquiera me interesaba eso. Era mujer...eso debía bastar. Se acercó coqueta a mí y solo con un par de señales corporales hizo que estuviera entre sus piernas. Me enseñó muchas cosas que desconocía del sexo. Debía estar agradecido porque gracias a eso hoy disfrutaba al máximo y sabía lo que ellas necesitaban. Con una sonrisa, tomaba en silencio de mi vaso apoyado en la barra del local nocturno. No me dí cuenta que una rubia voluptuosa estaba sentada a mi lado buscando lo que todas buscaban. Me estaba por acercar a ella e hice un movimiento al levantarme de la banqueta en la que me hallaba, llevándome con el movimiento a alguien, causando un desastre de vasos rotos y bebidas derramadas. Cuando me recuperé y giré, estaba en el piso una muchacha en una pose lo más graciosa, con la corta falta subida arriba de sus caderas, las piernas abiertas y los cabellos sobre su cara. Antes de ayudarla, me reí con ganas. Estiré la mano para ayudarla pero la alejó con una palmada como si yo estuviera infectado con sarna. Me sorprendí, a esta muchacha de seguro no le gustaban los hombres porque ni siquiera me miró. Era extraño. Ella era extraña. Sólo se levantó, limpió todo en silencio y se alejó para continuar con sus tareas. Me acerqué al barman para decirle que me haría cargo de los daños y que no despidieran a la muchacha. Le dejé mi tarjeta y le pedí que se la diera. Algo me decía que pronto iba a tener noticias suyas.