—Sofía… —murmuró, su voz apenas un soplo que el viento casi se llevó—. Necesito hablar contigo.
Saliva tragué. Sentí las uñas de mi loba presionar desde dentro, desesperada por protegernos… o por acercarse a él. No lo sabía. Todo era confuso.
—¿Ahora sí? —pregunté, con la voz baja pero afilada—. ¿Después de rechazarme frente a la Diosa de la Luna? ¿Después de romperme?
Gabriel bajó la mirada por un instante. Parecía más humano que nunca. Menos invencible.
—No fue tan simple como tú crees. No podía elegir en ese momento. Pero ahora... algo cambió. Y necesito que me escuches.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
No sabía qué era peor: que su arrepentimiento fuera sincero… o que no lo fuera en absoluto.
Me quedé allí, inmóvil, con las emociones a flor de piel. Quería gritarle, golpearlo, abrazarlo… y al mismo tiempo, desaparecer. Gabriel dio un paso hacia mí, con cautela, como si temiera que me deshiciera frente a sus ojos.
—No tienes idea de lo que estaba en juego —continuó, con la voz cargada de una angustia contenida—. La noche que te rechacé... había una amenaza sobre mi familia. Me obligaron, Sofía. No era libre de elegir.
Fruncí el ceño, dolida y confundida.
—¿Y pensaste que lo mejor era destruirme antes de contarme la verdad? ¿Crees que eso me hace sentir mejor?
—No —admitió, con la mirada baja—. No esperaba que me perdonaras. Solo… necesitaba que supieras que nunca fue porque no te quise.
Mi corazón dio un vuelco. Las palabras que había soñado escuchar... ahora sabían a veneno.
—Mi loba no ha hablado desde entonces, ¿sabes? —le dije, bajando la voz—. Está rota. Yo estoy rota. ¿Y ahora vienes con excusas?
Gabriel se acercó un poco más. Ya no estaba apoyado en la columna; Estaba a solo unos pasos de mí. Podía olerlo, ese aroma que me había envuelto el día en que Laisa lo reconoció como nuestro. Cedro, lluvia y fuego.
—No hijo excusas. Es una advertencia —dijo en voz baja—. Algo se acerca, Sofía. Algo que te pondrá en peligro. Y aunque tú no quieras saber de mí… yo no pienso dejar que te pase nada.
Sus ojos se oscurecieron por un instante. No era amenaza. Era miedo genuino.
Sentí que algo se removía en el fondo de mi alma. Laisa susurró con más fuerza esta vez, como si intentara arrastrarse de vuelta a la superficie.
“Él miente... pero no del todo…”
Mi respiración se agitó.
—No tienes derecho a protegerme. Rechazaste ese derecho —le dije, clavando los ojos en los suyos.
Gabriel se acercó al espacio, como si aceptara el castigo.
—Entonces déjame ganármelo de nuevo.
Antes de que pudiera responder, un fuerte sonido retumbó en los árboles cercanos. Pájaros alzaron el vuelo y un rugido extraño, gutural, rasgó el aire. Ambos giramos hacia el sonido. Instinto. Entrenamiento y magia antigua.
— ¿Qué fue eso? —pregunté, dando un paso atrás.
Gabriel se puso entre mí y el bosque, su cuerpo tenso, preparado.
—Lo que te dije… ya comenzó.
Un segundo rugido, más cercano, hizo que las ramas se sacudieran con violencia. Los árboles se abrieron como si una fuerza invisible los arrancara del suelo.
Gabriel gruñó bajo, su lobo asomando apenas bajo la piel. Vi cómo su cuerpo se tensaba, listo para el combate.
—Sofía, escúchame —dijo sin mirarme—. Si te digo que corras, no mires atrás. ¿Entendido?
—No soy una niña, Gabriel. También sé pelear.
—No es un enemigo cualquiera —gruñó—. Es un cazador de vínculos. Se alimenta de lobos rechazados… de vínculos rotos. Por eso los renegados no tienen alma y solo instinto. Fueron consumidos por esa cosa.
El aire se volvió más denso. Pude sentir la magia oscura vibrando en la atmósfera, como si una sombra viva se arrastrara entre los árboles.
Y entonces lo vimos.
Una criatura alta, entre humanoide y lobo, de piel pálida como ceniza y ojos negros como la noche más profunda, emergió entre los árboles. Llevaba garras alargadas y una sonrisa torcida que hablaba de hambre y locura. Sus movimientos eran erráticos, como si fuera una marioneta quebrada.
—¡Qué dulce aroma... el olor de alma rota! —ronroneó, mirando directo hacia mí—. Ella es perfecta...
Gabriel rugió, transformándose parcialmente, garras listas, ojos dorados brillando con furia.
—¡Aléjate de ella!
La criatura se lanzó hacia nosotros con velocidad brutal. Gabriel lo interceptó a mitad del salto, ambos chocando con violencia. El suelo tembló. Yo retrocedí apenas, pero Laisa despertó por completo en mí. No podía quedarme al margen.
Grité, mi cuerpo cambiando, huesos quebrándose y reformándose. Mi loba emergió, furiosa, herida, decidida.
Salté hacia el costado del cazador, mordiéndolo en el brazo. Un chillido agudo llenó el bosque. Sentí el sabor metálico de su sangre negra.
—¡Sofía, cuidado! —gritó Gabriel.
Demasiado tarde. El cazador me tocó con fuerza y salí volando, rodando por el suelo. El dolor era punzante, pero me levanté con un gruñido. Gabriel se balanceó sobre la criatura con toda su fuerza, y juntos logramos empujarlo hacia un árbol horrible lo que lo inmovilizó apenas unos segundos.
—¡Ahora! —grité.
Unidos, clavamos nuestras garras en su pecho. El cazador se movió por última vez antes de desvanecerse en una nube de humo n***o. Solo quedó silencio. El bosque volvió a respirar.
Volví a mi forma humana, jadeando. Estaba llena de moretones, arañazos, pero viva. Gabriel también regresó a su forma, la respiración pesada, la mirada clavada en mí con una mezcla de asombro y preocupación.
Nos miramos. No había ruido, solo los latidos acelerados en nuestros pechos.
—Eres más fuerte de lo que recordaba —dijo, acercándose.
Yo debería haberlo empujado. Pero no lo hice.
—No soy la misma desde que me rechazaste.
Él ascendió. Su mano rozó mi mejilla, con una ternura inesperada. No hubo palabras por un momento. Solo su mirada sosteniendo la mía.
—Sofía, si pudiera cambiar lo que hice…
—No puedes —lo interrumpí—. Pero ahora sé que esto... —coloqué mi mano en su pecho, sobre su corazón— …todavía arde por mí.
Gabriel cerró los ojos, como si mis palabras lo sanaran y lo destrozaran a la vez. Cuando los abrieron, vi algo nuevo en ellos: esperanza... y miedo.
—Hay más como él —dijo—. Y no descansarán hasta romper cada vínculo que alguna vez existió.
Me estremecí. Sabía que nuestra historia apenas comenzaba.
—Entonces más vale que estés preparado —respondí, con una media sonrisa—. Porque no pienso dejar que nadie me arranque lo poco que me queda de ti.
El bosque seguía en silencio, como si contuviera el aliento tras el enfrentamiento. Mi respiración aún era agitada, pero ya no solo por la pelea. Gabriel estaba frente a mí, tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su piel, la tensión que lo atravesaba. Sus ojos no se apartaban de los míos, cargados de un deseo contenido por demasiado tiempo… y un dolor que todavía lo perseguía.
No sé quién se acercó primero. Tal vez fui yo. Tal vez él. Solo sé que en un segundo sus labios estaban sobre los míos.
El beso fue torpe al principio y urgente, como si ambos temiéramos que se deshiciera en el aire. Pero pronto se volvió más profundo, más desesperado. Nuestras manos se aferraron al cuerpo del otro como si temiésemos desaparecer de nuevo, como si el mundo entero pudiera desmoronarse y lo único real fueran nuestras bocas, nuestras pieles, nuestros cuerpos reencontrándose.
Gabriel me alzó del suelo con una facilidad feroz, mi espalda chocando suavemente contra el tronco de un árbol mientras su boca recorría mi cuello, mis hombros, cada parte de mí que podía tocar. Laisa rugía en mi interior, hambrienta, viva, deseando lo que había sido negado.
—Sofía… —susurró contra mi piel, con voz ronca—. Nunca dejé de desearte. Ni un solo día.
—Entonces no me sueltes —le rogué—. No esta vez. Yo ya no pensaba en nada. El vínculo era fuerte.
Metió su mano dentro de mis bragas y acarició mi intimidad. Ya estaba húmeda, excitada por el deseo que había ido creciendo entre nosotros. Con el corazón desbocado y los sentidos encendidos, bajé mi mano hasta su entrepierna, donde su erección presionaba con fuerza contra el pantalón. Lo acaricié por encima de la tela y él rugió contra mi boca, intensificando el beso con una mezcla de necesidad y pasión.
Con manos temblorosas, abrí el cierre de su pantalón y lo liberé. Su m*****o era imponente, pero me las arreglé para acariciarlo con movimientos lentos y firmes, de arriba abajo, mientras él seguía masajeando mi clítoris con precisión y deseo.
El autocontrol se volvió imposible.
Me despojó de la ropa con urgencia, dejando un rastro de caricias ardientes sobre mi piel, y se posicionó sobre mí. Me penetró con suavidad al principio, dejándome sentir cada centímetro de su entrada. Una punzada de dolor recorrió mi espalda, pero pronto mi cuerpo se adaptó al suyo, y el dolor fue cediendo paso al placer.
Sus caderas comenzaron a moverse con un ritmo cadencioso, firme, que me hizo arquear la espalda y aferrarme a él con desesperación. Mis uñas arañaron su espalda mientras las embestidas se hacían más profundas, más intensas. Nos movíamos al unísono, impulsados por la necesidad de llegar al límite juntos.
Y cuando ese instante llegó, fue una explosión de sensaciones. Nuestros cuerpos convulsionaron en un espasmo compartido, el clímax nos arrasó como una ola imparable, arrancándonos gemidos ahogados, dejando solo el eco de nuestros jadeos y el calor de lo que habíamos desatado.
Cuando todo terminó, estábamos tendidos en el suelo, el musgo frío contrastando con la calidez que todavía me recorría. Gabriel tenía un brazo bajo mi cabeza, su respiración era lenta, pesada, pero sus ojos ya no me miraban. Estaban fijos en el cielo, vacíos.
Sentí el cambio en él de inmediato.