— ¿Gabriel? —pregunté, tocando suavemente su pecho.
Él se apartó con una lentitud casi dolorosa. Se sentó, dándome la espalda. El silencio entre nosotros se volvió insoportable.
—No debería haberlo hecho—murmuró, más para sí mismo que para mí.
Me incorporé, cubriéndome instintivamente con la chaqueta que me lanzó sin mirarme.
—¿De qué hablas?
—Esto… —dijo, girándose apenas—. No significa que pueda quedarme. No cambia lo que soy... ni lo que te hice.
—¿Me estás rechazando otra vez? —mi voz tembló.
Gabriel cerró los ojos con fuerza.
—No es un rechazo… Es una despedida. Lo que compartimos… fue un error. Uno hermoso. Pero un error.
El dolor fue instantáneo. Laisa aulló dentro de mí, un sonido lastimero, desgarrador.
—No vuelvas a buscarme, Sofía. Es lo único que puedo hacer por ti. Protégete de mí mismo.
Y sin darme tiempo a responder, se transformó. En segundos, su lobo desapareció entre los árboles, dejando tras de sí solo el eco de su partida… y un corazón roto por segunda vez.
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Gabriel pertenece a la manada vecina, Bosque Profundo. Es el hijo del alfa actual, Roger Wood, un hombre de presencia imponente y mirada calculadora. A diferencia de mi manada, Luna Rosa —tradicional, estructurada y regida por antiguas normas lunares— la suya es todo lo contrario. Bosque Profundo es moderno, abierto, ambicioso. Viven mezclados con los humanos, manejan negocios, empresas transnacionales, y muchos de sus miembros incluso asisten a universidades fuera de la reserva.
Nosotros cultivamos la conexión espiritual con la Diosa, la luna, el linaje… ellos cultivan poder en el mundo humano.
Conocí a Gabriel por primera vez el día de mi cumpleaños número dieciocho. Una fecha que cualquier loba espera con emoción: la edad en la que la conexión con tu loba interior se vuelve completa, cuando el vínculo predestinado puede revelarse. Ese mismo día, nuestra manada organizó una reunión de élite entre alfas. Luna Rosa recibió a líderes de diferentes territorios, incluidos los de Bosque Profundo.
Recuerdo haberlo visto cruzar los portones con su padre, vestido de n***o, con esa arrogancia natural que parecía parte de su piel. Nunca imaginé que fuera él. Que ese desconocido de otra manada, tan distante a mi mundo, pudiera ser la pieza que faltaba en mi alma.
Cuando mi loba lo reconoció… todo cambió.
Al menos, pensé, al ser de otra manada no tendría que verlo con frecuencia. Él no asistía a la preparación de la reserva, ni compartíamos entrenamientos o patrullas. Creí que eso haría las cosas más fáciles después del rechazo. No tener que cruzarme con él, no escuchar su voz ni sentir su aroma mezclado con el bosque.
Pero me equivocaba.
Porque el vínculo no necesita cercanía física para doler. Su ausencia pesaba más que su presencia. Y aunque no lo veía… lo sentía.
Como si una parte de mí quedaría atrapada en Bosque Profundo… con él.
Han pasado tres meses desde la última vez que vi a Gabriel.
Tres meses desde aquella noche en el bosque... desde el beso que lo cambió todo y el silencio que lo destruyó después. Desde entonces, he hecho lo imposible por reconstruirme, pieza por pieza, aunque algunas partes de mí sigan faltando.
Ya casi es junio, y la brisa trae consigo no solo el aroma del cambio de estación, sino también la esperanza de algo nuevo. Espero con ansias una respuesta de la universidad más prestigiosa del país A. Hace apenas una semana presenté los solicitudes de ingreso para la carrera de medicina, una meta que he tenido desde antes de conocer a Gabriel, pero que ahora se ha convertido en mi tabla de salvación.
Al principio, como era de esperarse, mi padre se opuso. Y Lucrecia, mi madrastra, tampoco ocultó su desacuerdo. En Luna Rosa, la tradición dicta que nuestras obligaciones están con la manada, no con el mundo humano. Pero supongo que hasta ellos se dieron cuenta de que algo en mí se había roto más allá de lo reparable.
Me vieron apagada. Silenciosa. Distante.
Y tal vez, solo tal vez, sintieron culpa. O simplemente no supieron qué más hacer.
Así que me apoyaron. Con reservas, sí, pero lo hicieron.
Salir de la reserva se ha vuelto mi nuevo objetivo. No solo porque quiero ser médico… sino porque necesito empezar de nuevo. Lejos de los bosques que aún susurran su nombre. Lejos de los recuerdos. De lo que pudo ser y no fue.
Aunque una parte de mí sabe que, incluso allá afuera, no dejaré de sentirlo.
Porque hay vínculos que ni el tiempo, ni la distancia, ni siquiera un rechazo, pueden arrancar del alma.
La mañana comenzó como cualquier otra.
El sol apenas asomaba entre las copas de los árboles cuando bajé a la cocina, todavía en pijama, el cabello alborotado y los ojos hinchados por haber dormido mal… otra vez. El silencio en la casa era casi reconfortante. Lucrecia había salido temprano y mi padre estaba en una reunión con los betas del consejo. Solo quedaba yo… y la espera.
Una semana.
Una semana desde que presenté los solicitudes de ingreso. Y aunque trataba de convencerme de que todo estaba en manos del destino, de la Diosa, de quien fuera… la verdad era que el estómago me dolía de ansiedad.
Me serví un café y me senté frente a la ventana. Afuera, los árboles se mecían suavemente, y por un segundo, pensé que quizás el universo me estaba regalando un momento de paz.
Entonces escuché el golpeteo en la puerta principal.
Fui a abrir, sin pensar mucho, y allí estaba: un mensajero de la oficina de correos humanos que a veces hacían entregas dentro de la reserva. Me entregó un sobre color marfil, sellado con el logo dorado de la Universidad Nacional del País A.
Mis manos comenzaron a temblar.
Volví a la cocina con el sobre pegado al pecho, como si se tratara de algo frágil, vivo. Me senté lentamente, lo observé unos segundos más… y lo abrí.
"Estimada Sofía Díaz, nos complace informarle que ha sido admitida en la Facultad de Medicina de nuestra institución para el próximo ciclo académico..."
Las palabras comenzaron a emborronarse. No por el papel. Por las lágrimas que, sin darme cuenta, comenzaron a caer.
Lo logré.
Me aceptaron.
Después de todo el dolor, después del rechazo, del silencio de mi loba, del vacío en el pecho… algo finalmente estaba saliendo bien. Mi sueño estaba a punto de volverse realidad.
Me levanté, corriendo por la casa, gritando entre risas y sollozos. Laisa rugió dentro de mí, por primera vez en mucho tiempo. No con rabia… sino con alegría. Era como si, por fin, un nuevo camino se abriría ante nosotras.
Mi padre me abrazó cuando llegó y vio la carta. Incluso Lucrecia me felicitó, con una sonrisa que parecía más genuina de lo normal.
Esa noche, mientras todos dormían y la luna se alzaba redonda sobre el bosque, salí a caminar sola.
Me senté junto al lago, donde solía ir de niña, y miré mi reflejo en el agua. Ya no era la misma. Y eso estaba bien.
—Me voy, Gabriel —susurré al viento—. No sé si algún día volverá. No sé si tú también lo sientes aún… pero yo tengo que seguir.
Y justo cuando me levanté para marcharme, una ráfaga de viento me rozó la espalda.
Y con ella… su aroma.
Cedro. Lluvia. Fuego.
Me giré en seco, el corazón latiéndome con fuerza, los ojos escaneando la oscuridad.
-¿Sofía?
La voz era inconfundible.
No... no ahora. No después de todo. No cuando por fin empezaba a soltarlo.
Gabriel emergió de entre los árboles, su mirada fija en mí, cansada… y desesperada.
—Tenemos que hablar —dijo con voz baja—. Antes de que te vayas.
Allí estaba él.
Gabriel.
Saliendo de entre los árboles como si nunca se hubiera ido. Como si tres meses de silencio no hubieran sido una eternidad. Como si pudiera aparecer con solo pronunciar mi nombre y todo volviera a girar a su favor.
Pero esta vez… no era la misma Sofía.
Mi cuerpo entero se tensó, no por miedo, sino por resistencia. Laisa se removió en mi interior, confundida, ansiosa… pero en silencio. Incluso ella sabía que esto era distinto.
—Tenemos que hablar —repitió él, más cerca ahora, con los ojos brillando bajo la luz de la luna.
Yo no me moví. Lo observé, con el corazón latiéndome fuerte, pero el rostro firme.
—Hablar? —pregunté en voz baja—. ¿Ahora?
Gabriel frunció el ceño, como si no esperara esa respuesta. Como si esperara que me lanzara a sus brazos, como aquella noche en el bosque. Como si no hubiera destruido algo sagrado entre nosotros.
—Sofía, por favor. No es lo que piensas. Yo…
—No me interesa lo que sea —lo interrumpí, con calma, pero con filo—. Tuviste tiempo. Tres meses. Y elige el silencio.
Se acercó un paso más, su expresión desesperada.
—No podía… había cosas que no podía contarte entonces. Pero ahora todo cambió. Y tú te vas…
—Exactamente —dije, firme—. Yo voy. Porque me elegí a mí. Y no pienso deshacer todo lo que reconstruí solo porque tú has decidido, de pronto, que ahora sí estás listo para hablar.
Sus labios se entreabrieron. No encontré palabras.
Yo di un paso atrás. No por debilidad, sino por límite.
—No me sigas, Gabriel. No intentes arreglar lo que tú mismo rompiste. No es orgullo... es dignidad. Y la mía me costó sangre, lágrimas… y noches enteras vacías.
Laisa, por fin, habló dentro de mí. Su voz era suave. Serena.
"Bien hecho".
Le di la espalda.
Caminé lejos del lago, de su aroma, de sus ojos llenos de lo que pudo ser. Y por primera vez desde aquel rechazo… no me dolio.
Porque por fin entendí que hay amores que se sienten eternos… pero no están destinados a quedarse.
Y a veces, la mayor prueba de amor… es no volver atrás.