La fiesta continuaba como si nada, pero dentro de mí, todo estaba cambiando.
La vi. Allí estaba ella. Sofía.
Y no estaba sola.
Aidan estaba a su lado, tan cerca que dolía. Había una energía entre ellos, algo más que palabras, más que una amistad. Una conexión que reconocí de inmediato porque yo también la había sentido una vez. Y ahora… parecía que ya no era mía.
¿Cómo pasó esto? ¿Cuándo dejará de ser el centro de su mundo?
Mi cuerpo se tensó. El vínculo entre nosotros se agitó, como un lazo que tiraba desesperadamente para no romperse.
Y entonces, la noche se estalló.
Un rugido rasgó el aire, sacudiendo las ventanas, y el caos se desató.
Me transformé sin pensarlo, mis instintos al mando. Todo era sangre, garras, aullidos y furia. Pero en medio del combate, mi mente solo gritaba un nombre: Sofía.
Luche sin descanso. Me abrí paso entre los renegados, y cuando por fin la vi, mi corazón se detuvo.
Ella estaba con él. De nuevo.
Más cerca. Más íntimos. Más conectados.
Y el vínculo... ese lazo sagrado que nos unía... vibraba de forma extraña. No estaba roto, pero ya no era el mismo.
Me acerqué corriendo, recuperando mi forma humana solo para gritar su nombre:
—¡Sofía!
Ella se giró, sorprendida, con los labios entreabiertos y los ojos brillando con emociones que no supe descifrar. Aidan se interpuso de inmediato, rugiendo, con los músculos tensos y los ojos dorados llenos de amenaza.
—¡No te acerques a ella! —gruñó.
Mi rabia hervía, pero no era por celos. Era por la pérdida. Por la posibilidad de haberla perdida por mi culpa.
Quise gritar, pero no pude. Todo lo que sentía se convirtió en pensamientos frenéticos:
¿Qué estás haciendo con él, Sofía? ¿Cómo puedes mirarlo así?
Ella me enfrentó con la barbilla en alto, y su voz fue un puñal directo:
—Tú fuiste quien me rechazó, Gabriel. Tú me rompiste. ¿Qué tienes tú que reclamarme?
Y entonces lo supe: tenía razón.
Fui yo. Yo la alejé. Yo no estuve cuando más me necesitaba.
Yo solo quería protegerte ... pensé, incapaz de decirlo en voz alta.
Pero lo que dijo después me quebró un poco más:
—El vínculo... todavía está ahí, pero se siente distinto. Más débil. Más... ajeno.
Mi pecho se comprimió. El lobo dentro de mí se retorció. Era verdad. El lazo temblaba, como si se estuviera deshilachando desde adentro.
Y aún así, todavía la deseaba. Todavía la amaba.
Sofía bajó la mirada por un instante. Parecía querer decir algo más. Sus labios temblaron ligeramente, como si contuviera palabras que pudieran cambiarlo todo.
Pero no habló.
Un rugido a la distancia, demasiado cerca, la hizo girarse bruscamente. Su cuerpo se tensó, y Aidan volvió a ponerse frente a ella.
Los enemigos se acercaban.
La oportunidad de hablar se desvaneció entre gruñidos, sombras y el olor metálico de la batalla.
Y mientras Aidan se transformaba de nuevo, preparado para protegerla, yo me quedé allí, con las palabras de Sofía ardiendo en mi pecho.