Ardiendo de deseo

1065 Words
El sonido de la batalla se fue desvaneciendo en la distancia, como un eco lejano que ya no podía alcanzarnos. Aidan y yo nos refugiamos entre los árboles, donde la luna apenas se filtraba entre las ramas. Ambos estábamos agitados, con la respiración entrecortada, el cuerpo tembloroso por la adrenalina… y por algo más. Me apoyé contra un tronco, tratando de recuperar el aliento, pero Aidan se acercó sin decir palabra. Sus ojos dorados brillaban en la penumbra, intensos, como si pudiera atravesarme. Me miró como si no hubiera nada más en el mundo, como si el caos no existiera más allá de nosotros. —Sofía… —murmuró, su voz ronca, cargada de emoción contenida—. Pensé que podía controlarlo, alejarme de tí. Pero no puedo. Quise responder, pero no lo hice. No sabía qué decir. Porque la verdad era que yo tampoco podía. Y eso me aterraba. Porque no era con Aidan con quien debía sentir esto. No era con él con quien tenía un vínculo predestinado. Ese lugar lo ocupaba Gabriel. Gabriel, con su mirada intensa, con la conexión ancestral que compartíamos, con esa fuerza invisible que me arrastraba hacia él desde el primer instante. Pero que ya no era mío. Pero con Aidan… Con Aidan era diferente. Más oscuro. Más físico. Más… incontrolable. Cuando me miró, sentí que todo en mí se derretía. Cuando me tocaba, incluso por accidente, algo dentro de mi pecho temblaba, como si mi cuerpo lo reconociera antes que mi mente. Y ahora, en medio del caos, con la sangre aún vibrando en mis venas, lo deseaba. Lo deseaba de una forma que no podía justificar. Era calor. Era peligro. Era una caída libre. Aidan alzó una mano, despacio, y me tocó el rostro con una caricia que me subió desde la mejilla hasta el estómago. Mis labios se entreabrieron sin quererlo, como si mi cuerpo le hablara en un idioma más antiguo que las palabras. Entonces, sus labios rozaron los míos. Al principio fue apenas un roce. Pero luego me besó de verdad, con hambre contenida, con una pasión que me sacudió hasta la médula. Y yo… lo dejé. Peor aún: lo deseé. Lo besé de vuelta como si me faltara el aire y él fuera la única forma de respirar. Nos devoramos entre besos. Mis manos buscaron su cuerpo casi con desesperación, recorriendo su pecho, su cuello, sintiendo su calor, su fuerza. Aidan me presionó contra él, su cuerpo duro y firme, su boca ahora recorriendo mi mandíbula, mi cuello, como si me marcara con fuego. —Eres fuego —susurró contra mi piel—. Y estoy ardiendo por ti. Un gemido ahogado escapó de mi garganta. Mi espalda rozó el tronco áspero, pero ni siquiera lo sentí. Solo sentí sus labios, sus manos, su respiración acelerada que se mezclaba con la mía. ¿Y Gabriel? ¿Y el lazo? ¿Y la lealtad? Todo eso se desdibujaba bajo las caricias de Aidan. En ese instante, solo éramos él y yo. Deseo y confusión. Piel y vértigo. No había futuro, ni promesas, ni culpa que pudiera detener lo que se despertaba entre nosotros. Aidan apoyó su frente contra la mía, con los ojos cerrados, su voz temblando. —No me importa lo que venga después. Solo apuesto mi alma a que esto... esto es real. Lo miré, mi interior en guerra. No podía decir que sí. Pero tampoco podía mentirle. Así que susurré lo único que sentía con certeza: —Lo es. Aunque no debería. El aliento de Aidan seguía caliente contra mi piel. Su cercanía me quemaba y me envolvía. Pero entonces, algo en el aire cambió. Un escalofrío me recorrió la espalda. Una presencia que conocía profundamente… y que, aun así, me provocó un nudo en el pecho. Gabriel. Salió de entre los árboles todo sucio. Su forma humana estaba cubierta de sangre y sudor, el pecho marcado por la batalla. Pero su mirada... su mirada iba directa a mí, cargada de furia, celos y algo más oscuro. —¿Qué demonios está pasando aquí? —gruñó. Aidan se puso entre los dos con un movimiento protector. La tensión en su cuerpo era casi eléctrica. —Llegas tarde —escupió, sin molestarse en cubrirse. Gabriel lo ignoró. Su mirada estaba fija en mí, como si intentara descifrar algo que no quería creer. Pero algo era diferente esta vez. No en él. En mí. La atracción seguía ahí. Lo sentí en la forma en que mi corazón reaccionaba a su voz, en cómo mi piel se tensaba al verlo. Pero el vínculo… ese lazo invisible que nos unía… ya no era lo mismo. Era como si una interferencia hubiera entrado entre nosotros. Un eco roto. Y Laisa, mi loba, lo sentía también. No se agitó como antes. No aulló por él. Solo observé... en silencio. Atenta. Gabriel dio un paso más hacia mí, y sus palabras llegaron con el peso de la desesperación. — ¿Me estás dejando, Sofía? ¿Por él? Mi mandíbula se tensó. —Y qué derecho tienes tú a preguntarlo? Él pareció quedarse sin aliento. Yo avancé, la voz firme aunque por dentro me temblara todo. —Fuiste tú quien me rechazó, Gabriel. Tú. El día que más necesitaba respuestas, me diste la espalda. Me hiciste sentir como si fuera un error. Como si nuestro vínculo fuera un castigo. Mi respiración era agitada, pero mis palabras ya no se detenían. —No vengas ahora a reclamar lo que tú mismo destruiste. —Sofía… —murmuró, dando un paso más. Y allí, tan cerca de él, lo sentí de nuevo. El deseo. La conexión. Pero también la fractura. El vínculo aún vivía, sí. Pero era como un hilo desgastado por el tiempo y el dolor. Y aunque una parte de mí seguía respondiendo a él —al calor de su piel, al peso de su mirada—, otra comenzaba a mirar en otra dirección. Aidán. Aidan que no me veía como una carga, sino como alguien que valía la pena proteger… y sentir. Un aullido desgarrador sonó a lo lejos. Aidan se tensó de inmediato. —Se acercan más… y esta vez no están solos —advirtió. Gabriel no se movió. Solo me miró, como si el tiempo se detuviera entre nosotros. Su voz fue apenas un susurro: — ¿Todavía me amas?— susurró. Pero no pude responderle.
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