El juramento El amanecer en la mansión Márquez solía ser lento, casi perezoso. La luz dorada se filtraba por los ventanales del ala este, llenando los pasillos de un resplandor que suavizaba hasta las aristas más duras del mármol. Pero esa mañana, algo se sentía distinto. Lionel se despertó con la sensación incómoda de que algo faltaba. No era el ruido lo que lo había despertado… sino la ausencia de él. El silencio se sentía más profundo, más vacío de lo normal. Se incorporó en la cama, frotándose el rostro. El instinto lo llevó a mirar el reloj de la mesita: las 6:15. Demasiado temprano para que Emilia estuviera de pie sin que él lo supiera. Ella había estado algo esquiva la noche anterior y eso le inquietaba. Se levantó, se puso una camiseta y un pantalón cómodo, y salió al pasil

