El Eco de la Tormenta El grito de Claudia, un alarido de furia y frustración animal, fue ahogado por la rápida y eficiente intervención de los agentes de Montesinos. En un instante, el caos se apoderó del salón de Lionel. Un oficial la sujetó por los brazos, neutralizando su ataque antes de que pudiera siquiera rozar a Lionel. Ella se retorció, una furia impotente, con los ojos inyectados en sangre fijos en él, escupiendo promesas de venganza que se perdían en el eco de la confesión que acababa de salir de sus labios. —¡Asesiné a mi propia hermana por ti! —repitió, su voz quebrada por el odio—. ¡Te di todo! ¡Y preferiste a esa! ¡A esa maldita enferma! La quería muerta. ¡MUERTA! Lionel permaneció inmóvil, un témpano de hielo en medio de un infierno. Las palabras de Claudia no eran

