Capítulo 4
Capítulo 4
La decisión de seguir a pesar de...
El jardín comenzaba a despertar con los primeros brotes de primavera. Emilia regaba las hortensias en el invernadero lateral cuando escuchó el motor de un auto lujoso acercarse por el camino empedrado.
No esperaba visitas. La hija de Lionel estaba de viaje y nadie había anunciado una reunión médica. Frunció el ceño y dejó la regadera a un lado.
Entonces lo vio.
Santiago.
Con su traje gris claro, gafas oscuras y ese andar seguro que exudaba éxito. Sonreía. Siempre sonreía como si el mundo le perteneciera.
—¡Emilia! Qué grato verte otra vez —dijo, quitándose las gafas.
—¿Qué hace aquí, licenciado? —preguntó ella, secándose las manos con un paño.
—Vine a hablar con Lionel sobre unos documentos pendientes. Pero… sinceramente, también esperaba verte —dijo sin rodeos.
Emilia se tensó. No le gustaba cómo la miraba, ni la manera en que sus palabras parecían siempre tener doble intención.
—El señor Lionel está descansando. No sé si pueda atenderlo.
—No hay problema. Puedo esperar. ¿Te parece si charlamos mientras tanto?
Emilia se cruzó de brazos. Sabía a dónde quería llegar, y lo peor era que en ese mismo instante, Lionel los observaba desde su ventana del segundo piso.
En el interior, Lionel cerró el puño sobre el apoyabrazos de su silla. El nudo en su garganta era ridículo, casi infantil, pero real. El abogado no necesitaba estar allí. Y mucho menos coqueteando con Emilia como si no supiera lo que eso provocaba en él.
—Maldito oportunista… —murmuró.
Recordaba perfectamente el día que Santiago le confesó, hace años, que las mujeres dulces como Emilia eran su debilidad.
"Mujeres con mirada de calma. Las que parecen inocentes, pero te desarman", había dicho entre risas.
Y ahora estaba allí, parado frente a ella, hablando como si no hubiera pasado nada.
—¿Qué es lo que realmente quiere? —preguntó Emilia al notar que la conversación iba de banalidades a algo más incómodo.
—¿Puedo ser honesto?
—Por favor.
—Desde que te vi, no he dejado de pensar en ti —dijo, acercándose un paso más—. Sé que estás trabajando aquí y que Lionel... es un hombre con muchas necesidades. Pero tú mereces más que cuidar a alguien como él. Mereces una vida donde tú también seas cuidada.
Emilia retrocedió, indignada.
—No me conoce lo suficiente para hacer ese tipo de suposiciones.
—¿Y si te invito a salir? Algo sencillo. Una cena, una conversación. Solo nosotros.
Ella lo miró con firmeza.
—Estoy aquí para cuidar de su cliente, no para mezclarme en juegos incómodos. Y lo que usted insinúa... es una falta de respeto tanto para mí como para el señor Márquez
En ese momento, Lionel bajó.
No había bajado en semanas, pero la rabia lo impulsó. Con dificultad, bajó en el elevador oculto que casi nadie usaba y apareció en el recibidor en silencio, hasta quedar justo detrás de Santiago.
—Suficiente.
Santiago giró, sorprendido. Emilia también.
—Lionel… no sabía que podías bajar tan rápido.
—Y tú no deberías estar aquí si no fuiste citado. Firma los documentos, y lárgate.
Santiago arqueó una ceja, divertido.
—Vaya... ¿Celoso, jefe?
Lionel sonrió, pero fue una sonrisa oscura.
—Te advierto algo, Santiago. Lo último que harás en esta vida es jugar con alguien que me importa.
Santiago lo miró por un segundo más. Luego giró hacia Emilia.
—Piénsalo. Si algún día te cansas de vivir entre ruinas… llámame.
Y se fue.
Emilia no sabía qué decir. Pero Lionel sí.
—Lo siento. No debería haberte puesto en esa posición.
—No fue su culpa —dijo ella, tocándole suavemente el hombro.
Él la miró, y por un instante, no hubo heridas ni sillas de ruedas, ni pasados oscuros. Solo dos personas… viendo algo crecer entre ellas.
Pero en el auto, Santiago hablaba por teléfono.
—Sí… ya se notó la g****a. Solo necesito empujar un poco más.
Una voz femenina respondió desde el otro lado, con frialdad:
—Hazlo. Emilia no debe quedarse con él. Haré lo que sea para sacarla de esa casa.
Y en la casa Márquez … el verdadero conflicto apenas comenzaba.
Tras la tensa visita de Santiago, Lionel aún no ha logrado borrar de su mente la incomodidad que le provocó verlo tan cerca de Emilia. Esa noche, ya más tranquilo, escucha voces en la planta baja. No esperaba visitas.
Su hija había llegado de su viaje y había venido a verlo… pero no sola, traía compañía.
La voz de su hija lo llamabs desde la escalera.
—Papá… traigo visita.
— Yo subiré primero querida – dijo — Después de que hable con él, subirás a ver a tu padre.
Lionel escuchó y frunce el ceño. Lanzó una mirada hacia Emilia, que estaba organizando unas medicinas sobre la mesa auxiliar.
—¿Quién es? – preguntó milia
Antes de que pudiera obtener respuesta, el eco de unos tacones firmes cortó el silencio de la casa. La figura de una mujer alta, vestida con un conjunto sastre oscuro y cabello recogido con precisión, apareció en el umbral.
—Hola, Lionel —dijo con voz grave, imperturbable—. Espero no interrumpir tu... recuperación.
El corazón de Lionel se tensó. Emilia alzó la vista, sintiendo un escalofrío sin saber por qué.
—Claudia... —murmuró él, sorprendido—. ¿Qué estás haciendo aquí?
Claudia esbozó una sonrisa que no alcanzó sus ojos. Su mirada se posó sobre Emilia con una mezcla de desprecio y evaluación silenciosa.
—Solo vine a ver cómo estabas. Aunque... —sus ojos se clavaron en los de Lionel— al parecer, ya no necesitas de nadie. Tienes... compañía.
—Ella es mi enfermera —respondió Lionel, con un tono firme.
—¿Enfermera? —repitió Claudia con una ceja alzada, girándose lentamente hacia Emilia—. Qué conveniente. ¿Sabes, querida? A veces el uniforme no basta para esconder las verdaderas intenciones.
Emilia sintió un nudo en la garganta, pero se mantuvo erguida.
—Yo solo hago mi trabajo, señora —dijo con educación.
—Oh, no lo dudo. Pero… algunos trabajos no deberían incluir sentimientos, ¿verdad?
Lionel soltó el freno de su silla y rodó hacia Claudia, deteniéndose a medio metro de ella.
—No estás aquí por cortesía, Claudia. ¿Qué buscas?
Ella se inclinó un poco hacia él, y sus palabras salieron suaves como una daga:
—A defender la memoria de mi hermana. Y a evitar que otra mujer destruya lo poco que queda de tu dignidad.
Claudia lanzó una última mirada a Emilia, cargada de veneno elegante, y giró hacia la puerta.
Antes de marcharse, se detuvo, como si dejara una bomba:
—Esto... apenas comienza Lionel.
Y con un chasquido de sus tacones, desapareció en la oscuridad del pasillo.
La casa Márquez había recobrado su silencio, pero en la habitación de Lionel resonaban aún las palabras de Claudia: “Esto apenas comienza”. Él permanecía sentado en su silla de ruedas, ante la chimenea ya fría, con la mirada fija en las llamas muertas y el rostro húmedo. El fuego no ardía, pero dentro de su pecho un calor extraño removía cada rincón de su memoria.
Se apoyó con lentitud en el apoyabrazos, respirando hondo. Su mirada se desvió hacia la mesita lateral, donde descansaba una fotografía de su esposa sonriente, tomada en aquel mismo invernadero años atrás.
Con sus dedos temblorosos acarició el cristal. Sintió un nudo en la garganta al recordar su nombre: Sara. La culpa, como un peso abisal, volvió a empujarlo hacia abajo. ¿Cómo atreverse a sentir algo por Emilia, si aún llevaba tatuado el dolor de quien no supo proteger?
La luz tenue de la lámpara proyectaba sombras danzantes en las paredes. Lionel cerró los ojos y, por un instante, creyó escuchar la risa de Sara entre las hortensias. Se obligó a imaginarla ahí, inclinada sobre las flores, feliz y despreocupada. Aquella visión lo desgarró: era la prueba de que el pasado no se marchaba por completo, ni siquiera con el paso del tiempo.
Un sollozo escapó entre su pecho. Se encorvó, llevando la frente al respaldo de la silla. Cada latido retumbaba con fuerza, como un tambor en mitad de la noche. Recordó la última discusión antes del accidente, las palabras duras que nunca alcanzaron a pronunciarse. Y comprendió que el rencor de Claudia nacía del dolor, del miedo a que él siguiera adelante sin ella, sin Sara.
El eco de unos pasos suaves llegó hasta la puerta. Lionel alzó la vista con premura, pero el umbral permaneció vacío. Solo vio el reflejo de su silueta en el cristal frío. Entonces, en la penumbra, percibió el aroma familiar: té de romero y fortaleza.
Cerró los ojos una vez más, dejándose invadir por el recuerdo de Emilia: su voz serena, su sonrisa sin lástima, aquella forma única de verlo como un hombre, no como un paciente.
Se irguió con esfuerzo y, con la mano temblorosa, tomó la fotografía de Sara. La acercó al rostro, buscando en esa imagen un permiso para avanzar.
— No te traiciono Sara – murmuró en un susurro casi inaudible.
— Solo intento sanar y seguir viviendo.
Por fin, vencido por la mezcla de dolor y culpa, deslizó la foto en el cajón. Una nueva chispa —esta vez de esperanza— se encendió en sus ojos.
Sabía que los fantasmas del pasado seguirían acechando, pero también comprendió que, para regar la semilla de lo que nacía en él por Emilia, antes debía reconciliarse con su pasado y eso no era tan fácil, pero estaba dispuesto a intentarlo.
Aquella noche, Lionel decidió no huir más de sus recuerdos. A pesar de perseguirlo hasta en sus sueños, iba a poner sus energías en volver a ser el hombre que había sido antes.