El Sabor de lo Prohibido
El abrazo fue un ancla en medio de una tormenta. Para Lionel, era el primer contacto real, cálido y voluntario que sentía en años; un bálsamo que no sabía cuánto necesitaba hasta que lo tuvo.
Para Emilia, era un refugio inesperado, un gesto de solidaridad que se sentía peligrosamente íntimo.
El aroma de su perfume, una mezcla sutil de jazmín y profesionalismo, embriagó a Lionel, mientras que ella sintió la fuerza contenida en sus hombros, una solidez que desmentía la fragilidad de su silla de ruedas.
Pero los anclajes pueden arrastrarte al fondo o mantenerte a flote, y este tiraba en ambas direcciones.
Con una lentitud que erizó la piel de Emilia, Lionel retiró de su rostro un mechón de su cabello.
Sus ojos, antes nublados por la ira y la frustración, ahora ardían con una intensidad nueva, una llama que ella no había visto antes.
No era el fuego del enojo, sino el de una vida que se negaba a extinguirse. Sus dedos, que antes acariciaban su mano con calma, ahora la sujetaban con una posesión delicada pero firme.
—Emilia… —su voz fue un susurro ronco, el sonido de un hombre que redescubre su propia voz.
La atrajo un poco más, hasta que el espacio entre ellos se volvió inexistente. Emilia sintió el latido acelerado de su corazón contra su pecho, o quizás era el suyo propio, ya no podía distinguirlos.
El mundo se redujo a ese salón, a esos centímetros de piel, a la tensión eléctrica que vibraba en el aire.
Él inclinó la cabeza, y su aliento cálido rozó su mejilla. El tiempo se detuvo en ese instante.
Fue un beso que comenzó con la ternura de la gratitud y rápidamente se incendió con la desesperación de la soledad.
Los labios de Lionel, al principio vacilantes, buscaron los de ella con una urgencia que lo consumía todo.
Era el beso de un hombre que había estado muerto y volvía a la vida, un torrente de emociones contenidas: el dolor de su pérdida, la humillación de su dependencia, y ahora, el descubrimiento explosivo de un nuevo anhelo.
Por un instante, un instante que se sintió eterno, Emilia se dejó llevar. El profesionalismo se disolvió, las advertencias de Claudia se desvanecieron.
Respondió al beso, a la pasión cruda y honesta que sentía en él. Era un torrente que la arrastraba, una conexión profunda y visceral que la asustaba y la fascinaba a partes iguales.
Su mano, que había estado apoyada en su hombro, se aferró a él, sintiendo el músculo tenso bajo la camisa.
Pero tan rápido como la ola la envolvió, la resaca de la realidad la golpeó.
— ¿Qué estoy haciendo?
El pensamiento fue un grito helado en su mente. Él era su paciente. Ella, su enfermera. Esta línea no solo era prohibida, era un abismo.
La imagen de Claudia, con su sonrisa de desprecio, apareció en su cabeza diciendo:
— Reemplazante barata.
Esas palabras resonaron con la fuerza de un martillazo, llenándola de una vergüenza ardiente.
Se apartó bruscamente, con el rostro encendido y la respiración agitada.
—No. Lionel, no podemos… esto es… —susurró, con la voz temblorosa, entrecortada.
Se levantó de su regazo, tropezando hacia atrás como si la cercanía física la quemara.
El salón, que segundos antes era un nido de intimidad, ahora se sentía vasto y acusador.
Lionel la miró desde su silla, su pecho subiendo y bajando con fuerza. En su rostro no había arrepentimiento, sino una claridad asombrosa, una decisión forjada en el fuego de ese beso.
—Sí, podemos —afirmó él, y su voz ya no era la de un hombre quebrado, sino la de Lionel Márquez, el hombre que fue y que luchaba por volver a ser.
— Emilia, mírame… por favor, mírame.
Ella no se atrevía. Mantenía la vista fija en un punto abstracto de la alfombra, sintiendo el peso de la confusión y el temor.
—Esto… Esto es un error. Soy su empleada. Su condición…
—Mi condición no define quién soy —la interrumpió, su tono endureciéndose, pero no contra ella, sino contra la jaula que lo aprisionaba.
— Y tú no eres solo una empleada para mí. Eres la primera persona en años que me ha mirado como a un hombre. La primera que me ha hecho sentir como uno.
Se impulsó con las manos sobre las ruedas de su silla, acercándose a ella. Emilia retrocedió instintivamente.
—No me tengas miedo —dijo él, su voz suavizándose—. Por favor. No temas por lo que acaba de pasar. Teme por lo que podríamos perder si no volvemos a dejar que pase.
—Tengo miedo de todo —confesó ella en un hilo de voz—. De Claudia, de lo que insinuó de Santiago… de perder mi trabajo, mi dignidad.
—Yo te protegeré —declaró Lionel con una convicción que la sacudió—. No dejaré que nadie te haga daño. Ni mi cuñada con su veneno, ni ese abogado con su sonrisa de depredador.
— Pero necesito saber una cosa, Emilia. Y necesito que seas honesta. Cuando te besé… ¿no sentiste nada?
El silencio fue su respuesta. Un silencio cargado de verdad, de una afirmación que se negaba a verbalizar.
—Necesito… necesito pensar —dijo finalmente, dándose la vuelta—. Con su permiso señor Márquez.
Salió del salón casi corriendo, sin mirar atrás. Dejó a Lionel solo, con el sabor de sus labios aún en la boca y una determinación de hierro en el corazón.
Para Lionel ya no se trataba de sobrevivir en su mansión; ahora se trataba de vivir de nuevo. Y para él, la vida, en ese momento, tenía el nombre de Emilia. Y no la dejaría escapar. Lucharía por ella.
Por lo que sabía que ambos compartían.
Mientras tanto, el elegante coche n***o de Santiago se detenía frente a una cafetería discreta en el lado opulento de la ciudad.
El mensaje había sido tan predecible como la salida del sol. Claudia no era una mujer que dejara las cosas al azar, y mucho menos cuando se sentía desafiada.
La encontró en una mesa al fondo, oculta de las miradas indiscretas. Llevaba unas gafas de sol de diseñador, a pesar de la luz tenue del local, y golpeaba rítmicamente la mesa con una uña perfectamente esmaltada en rojo sangre.
—Tardaste mucho —dijo sin mirarlo, su voz era un siseo helado.
—El tráfico de los justos es lento —replicó Santiago, sentándose frente a ella con una sonrisa encantadora que no llegó a sus ojos.
— Pareces alterada, Claudia. ¿El cordero por fin mostró los dientes?
Ella se quitó las gafas, y sus ojos que eran dos fragmentos de hielo, lo fulminaron.
—No te burles, Santiago. Lo que vi no fue un cordero. Fue un hombre defendiendo a su nueva… mascota.
— Y la forma en que ella lo miraba… hay algo entre ellos. Algo más que una relación de enfermera y paciente. Los interrumpí en un momento muy íntimo.
La sonrisa de Santiago se borró. Su mandíbula se tensó sutilmente. La idea de Lionel, el hombre roto en la silla de ruedas, tocando a Emilia, le provocó una oleada de repulsión y un instinto de posesión feroz.
Emilia era un paisaje virgen que él había descubierto, un trofeo que había decidido reclamar. La idea de que otro, y sobre todo ese otro, llegara primero era inaceptable.
—Explícate —ordenó, su tono casual volviéndose cortante.
—Él la defendió de mí. Me echó de su propia casa, prácticamente. Y ella… ella se quedó a su lado, como una leona guardiana. Había una tensión entre ellos que podía cortarse con un cuchillo. Estoy segura de que esa mosquita muerta lo está seduciendo. Busca el dinero, el apellido Márquez.
—Quizás —dijo Santiago, tamborileando sus propios dedos sobre la mesa, imitando su gesto, pero con más control.
— O quizás Lionel simplemente está desesperado por cualquier tipo de afecto. De cualquier modo. Creo que la situación ha cambiado Claudia. No podemos permitir que esa mujer eche raíces en la cabeza de Lionel.
—¿Y qué propones? —espetó Claudia—. Mi hermana murió por la imprudencia de ese hombre. Pasó años viéndola marchitarse a su lado, hasta que ese accidente se la llevó. No permitiré que él encuentre la felicidad con una arribista cualquiera.
— Él merece pudrirse solo en esa mansión. ¡Es su penitencia!
—Y yo quiero a Emilia —dijo Santiago, su voz bajando a un registro más lascivo y oscuro—. La quiero dócil, agradecida… y en mi cama.
— Tu objetivo es la miseria de Lionel. El mío es el placer con su enfermera. Nuestros intereses convergen. Tenemos que sacarla de esa casa.
Claudia lo estudió, una chispa de malicia en su mirada. —Bien. ¿Y cómo?
Santiago se reclinó en su silla, recuperando su aire de superioridad. La maquinaria de su mente legal y retorcida ya estaba en marcha.
—Las enfermeras tienen códigos de ética muy estrictos. Una relación personal con un paciente es causal de despido inmediato y, en algunos casos, de la revocación de su licencia.
— No necesitamos pruebas fehacientes. Solo necesitamos sembrar la duda. Una acusación anónima a la junta de enfermería. Un rumor bien colocado entre el personal. O quizás… algo más directo.
Su mirada se volvió depredadora. —Voy a hacerle una oferta que no podrá rechazar. La presionaré. La acosaré sutilmente. Haré que la atmósfera en esa casa sea tan irrespirable para ella que mi oferta de "salvarla" le parecerá la única salida. Cuando esté acorralada, vendrá a mí.
—¿Y si elige a Lionel en lugar de a ti? —desafió Claudia.
Santiago soltó una risa corta y sin alegría.
—¿En serio? ¿A un lisiado amargado en una silla de ruedas en lugar de a mí? Querida Claudia, subestimas mi poder de persuasión. Y subestimas la debilidad de una mujer sola y asustada.
—Hazlo entonces —concedió Claudia, poniéndose de nuevo las gafas de sol, como una máscara—. Sácala de mi vista. Sácala de su vida. Pero hazlo rápido.
—Considera a la dulce Emilia como un problema en vías de solución —aseguró Santiago, levantándose—. Y cuando sea mía, te lo haré saber. Quizás hasta te envíe una foto.
Dejó un par de billetes sobre la mesa y se marchó, dejando a Claudia con una sonrisa satisfecha y venenosa.
La guerra por la mansión Márquez y sus ocupantes acababa de declararse en un segundo frente.
Mientras eso pasaba, Emilia llegó a su habitación con el corazón martillando en las sienes. Cerró la puerta y se apoyó en ella, como si pudiera impedir que la realidad del mundo exterior la alcanzara.
Se miró en el espejo del armario. El rostro que le devolvió la mirada era el de una extraña: las mejillas sonrojadas, los labios ligeramente hinchados, los ojos desorbitados por el miedo y una emoción que no se atrevía a nombrar.
Se tocó los labios con la punta de los dedos. El fantasma del beso de Lionel seguía ahí. Podía sentir su desesperación, su calor, su fuerza. Y lo peor, lo más aterrador, era que una parte de ella lo había deseado. Había respondido.
La vergüenza la inundó. Caminó de un lado a otro de la pequeña habitación. Era una profesional. Había construido su carrera sobre la base de la compasión, la distancia y la ética.
¿Y ahora? Ahora había destrozado esas reglas por un momento de debilidad, de pasión prohibida.
— Confíe en usted mismo, Lionel –, le había dicho ella. Y él lo había hecho. Había confiado en el impulso que ella misma había despertado.
¿Era su culpa? ¿Era una seductora, como decía Claudia?
No. Se detuvo en seco. Ella no era eso. Había visto a un hombre sufriendo, y había intentado consolarlo. Pero la línea entre el consuelo y el deseo se había vuelto borrosa, inexistente.
Y ahora estaba atrapada. Si se quedaba, ¿cómo podría mirarlo a los ojos cada mañana, fingiendo que nada había pasado?
Cada roce, cada cuidado, estaría teñido por el recuerdo de ese beso. Y si se iba…
La idea de huir era tentadora. Hacer las maletas, llamar a la agencia, decir que la situación era insostenible.
Pero la imagen de Lionel, diciendo: Yo te protegeré, la detuvo.
Nadie le había dicho eso nunca. Y la idea de dejarlo solo, a merced de la amargura de Claudia y la lujuria de Santiago, le provocaba una punzada de dolor.
Se sentó en el borde de la cama, con la cabeza entre las manos. Estaba en una encrucijada imposible. Quedarse era arriesgar su carrera y su corazón. Irse era abandonar a un hombre que, por primera vez, empezaba a luchar por salir de su oscuridad.
Y en el fondo de su miedo y su confusión, una pequeña llama de emoción se encendió. La emoción de ser deseada, de ser vista como una mujer, no solo como una enfermera.
Una emoción peligrosa, vibrante y absolutamente aterradora.
Abajo, en su despacho, Lionel Márquez no sentía miedo. Sentía una claridad que lo consumía. Tomó el teléfono y marcó un número de memoria.
—Laura —dijo cuando su hija que la había contratado contestó—. Necesito que vengas. Tenemos que hablar. No sobre los negocios. Sobre mi vida. Y sobre Emilia.