Capítulo 2

2789 Words
Camino lentamente por el pasillo detrás de Einn, como si se tratara de un caballo viejo que lo llevan a los establos para asesinarlo. No puedo evitar sentirme nerviosa. Soy la nueva curandera del Konungr, por supuesto que debo sentirme nerviosa. La mayoría de las habitaciones se encuentran resguardadas detrás de mantas hechas de lana de oveja que dan privacidad a quien sea que duerma en aquellas habitaciones, excepto algunas cuyas entradas se encuentran protegidas por largos y delgados troncos de madera atados uno junto al otro. - Es aquí. Einn empuja los troncos que cubren la entrada al final del pasillo y ante mí se presenta una habitación lo suficientemente espaciosa como para caber toda la casa donde vivimos mamá, Liv y yo. El Konungr camina por la habitación hacia una pila de pieles perfectamente acomodadas, dando la forma de un rectángulo. Supongo que el Konungr debe dormir sobre algo mucho más cómodo que un montón de paja debajo de una manta. «A Liv le hubiese encantado descubrir como duermen los hombres poderosos de Garm» Einn deja caer su cuerpo sobre la pila de pieles de distintos animales, principalmente de oso. Al caer, produce un sonido estrepitoso que retumba en las paredes. - Yo… No estoy segura de lo que quiero decir. Jamás he estado en la alcoba de un hombre, excepto la de Grimr. - … quizá pueda dormir en alguna habitación vacía. La cabeza del Konungr se levanta para poder observarme con una expresión de confusión en su rostro. - Las únicas habitaciones vacías se encuentran en el ala este, junto a la cocina, pero no dormirás en ninguna de esas habitaciones. Es mi turno de sentirme confundida. «¿Acaso es tan egoísta?» - Entonces, ¿Dónde puedo dormir? - Tu trabajo es curarme, ¿no? Trago saliva cuando me percato del camino que está tomando esta conversación. - Así es, señor. Busco alguna solución para esta situación y finalmente, mi mirada cae en la puerta. - Puedo dormir en el pasillo. Si llega a sentirse mal, me podría avisar de inmediato. - No. Einn se levanta de la pila de pieles y con su mano derecha, toma una de las pieles de más arriba y la jala para arrojarla a un lado. - Dormirás ahí. Cierro mis ojos cuando me percato que no tengo salida. Me ofrecí para hacer este trabajo y ahora debo cumplir con mi palabra. - Yo… - No sentirás frío en la noche. La piel de lobo en el piso todavía conserva todo el pelaje del animal. Parece ser abrigada, sin embargo, todavía podré sentir la dureza del suelo. - Sí, señor. Me rindo a mi destino y acepto que soy la única culpable de esta situación. - ¿Necesita algo? Quizá agua o alimento. Mamá me dijo que obedeciera en todo el último día que la vi y planeo seguir su consejo. «Obedece, Nia» - Quiero descansar. Supongo que Einn quiere decir que me vaya, así que asiento y regreso por el mismo camino por el cual llegamos. Camino hacia la cocina, donde supongo que mamá habrá dejado todo lo que necesito y cuando llego allí me sorprende encontrar a una decena de personas. La mayoría se tratan de mujeres, sin embargo, observo a dos niños que se encuentran sosteniendo varias cebollas en sus manos. - ¿Quién eres? Una mujer un poco regordeta camina hacia mí en cuanto me descubre en la entrada. Sostiene una gran cuchara de madera con la cual me señala, mientras sus cejas se juntan, formando una expresión de ira en su rostro. - Soy Nia, hija de la curandera. - Entonces, ¿eres la causante de esos envases en mi mesa? La mujer señala con la cuchara los cuatro envases que, seguramente, dejó mamá sobre la gran mesa que rodean ocho personas, mientras se encargan de sus labores. - Yo… lo lamento. Ahora mismo los retiro. Corro para tomar los envases y sostenerlos todos entre mis brazos. Busco con la mirada algún lugar donde pueda colocarlos, sin embargo, todos parecen tener su espacio propio que abarca cada rincón de la cocina. Camino hacia donde se encuentra la misma mujer de antes, preparando la masa para hacer pan y trato de llamar su atención. - Disculpe… La mujer voltea para verme con una expresión de disgusto en su rostro. - ¿Qué quieres ahora? - ¿Sabe dónde puedo guardar mis envases? El rostro de la mujer se infla y se enrojece y cuando siento que está a punto de gritarme, la joven junto a ella interrumpe y se posiciona en medio de ambas. - Yo puedo decirte donde. Me toma del brazo para alejarme de la mujer y me lleva hasta unas repisas en la pared junto a la entrada. - Aquí solemos guardar la miel en envases, pero todavía no es primavera, así que no hay flores que las abejas puedan utilizar para hacer miel. La joven toma dos de los envases que sostengo y los coloca en el estante más bajo. Imito su acción y coloco los envases restantes junto a los otros. - Ignora a Trude, es lo que yo hago. Sigo la mirada de la joven y descubro que observa atentamente a la misma mujer que parecía molesta conmigo, a quien ahora conozco como «Trude». - No se lo digas a nadie, pero creo que debe conseguir un hombre que la acompañe en las noches. La joven se ríe por sus propias palabras, lo que provoca que también sonría. - Soy Unne. La joven se presenta antes de alejarse y regresar a sus labores que al parecer consisten en limpiar pescados. Me quedo en la misma posición por unos segundos, mientras trato de descubrir qué hacer. Si estuviese en casa tendría que preparar una canasta con pequeños ramos de flores de angélica para venderlos en el mercado, sin embargo, no estoy en casa y ahora debo ocuparme haciendo algo más. Camino hacia Unne, quien parece concentrada en sus labores y me posiciono frente a ella para llamar su atención. - ¿Puedo ayudar? - Por supuesto. Unne empuja el gran barril lleno de pescados muertos que por el olor supongo que los atraparon esta mañana y de inmediato tomo uno para empezar a limpiarlo. - Son muchos peces. - Tiene que serlo. Debemos preparar la comida para cuarenta y tres personas. - ¿Cuarenta y tres? No oculto mi sorpresa. Siempre me encargo de preparar la comida para mamá, Liv y yo, mientras ellas visitan a los enfermos y heridos. Nunca me ha parecido que cocinar sea una labor tediosa, sin embargo, no creo que disfrute de cocinar para cuarenta y tres personas. - Los ocho hersir que protegen el Trelleborg, los otros doce que entrenan y cuidan a los caballos, las nueve thralls que se encargan de limpiar y mantener todo ordenado, Alf, quien es el mejor amigo del nuevo Konungr, la señora Valeska, el Konungr, las cuatro cocineras y los seis ayudantes. Sumo en mi mente todas las personas que Unne menciona, sin embargo, solo consigo contar cuarenta y dos. - Creo que esas son cuarenta y dos personas. Unne empieza a contar con sus dedos para confirmar que tengo razón. - Te olvidas del antiguo Konungr. Trude, quien parece que ha escuchado toda nuestra conversación, decide intervenir. - ¡Oh! Por supuesto. Me sorprende que Unne haya olvidado tan fácilmente la existencia del antiguo Konungr, sin embargo, decido no comentar al respecto. - Debemos limpiar un pescado menos. Unne camina hacia donde se encuentra la pila de pescados que ya han sido limpiados y empieza a contar uno por uno. - Ella se quedará aquí hasta que el Konungr se recupere. Trude vuelve a señalarme con su cuchara de madera, aunque no despega su mirada de la cebolla que está cortando en trozos. - ¡Es verdad! Entonces siguen siendo cuarenta y tres. Unne sonríe como si hubiese descubierto tierra nueva, mientras empieza a limpiar otro pescado. Por su rostro puedo deducir que Unne tiene una edad muy cercana a la mía, quizá haya vivido un invierno más que yo. Una vez que terminamos de limpiar los pescados, Unne me enseña a preparar mantequilla para el pan. Mamá ya me había enseñado a preparar mantequilla, sin embargo, en esta ocasión se trata de una gran cantidad, por lo que se necesita de varias pieles de animales donde se debe batir la nata. Finalmente, la comida está lista y varios de los ayudantes empiezan a servir el pescado y las verduras en varias decenas de platos. - ¿El Konungr comerá en la mesa? La pregunta de Unne es lanzada al aire, sin embargo, soy yo quien le responde. - Le preguntaré enseguida. Camino por el pasillo, atravieso el salón y llego al ala oeste, donde al parecer se encuentran todas las habitaciones de los hersir más leales al antiguo Konungr y que jamás eligieron una esposa. Llamo a la puerta con miedo de despertar al Konungr, sin embargo, de inmediato escucho un «adelante» desde el interior. Empujo la puerta e ingreso. - ¿Desea comer en la mesa junto al resto, Konungr? De inmediato recibo una mirada asesina por su parte. - ¡Mi brazo está envuelto en plantas! ¡¿Por qué querría que todos mis hombres me vean herido y débil?! Retrocedo debido a su grito inesperado y cuando estoy a punto de responderle, recuerdo las palabras de mamá. «Obedece, Nia» Muerdo mi labio inferior para reprimir mis palabras y asiento antes de regresar al pasillo. Al llegar a la cocina, parece que Unne y Trude estaban esperando la respuesta del Konungr. - El Konungr prefiere comer en su habitación. Trude voltea para ver a Unne y de inmediato la apunta con la cuchara. - Unne, coloca la comida del Konungr en un platel y llévale su comida. «¡¿Por qué querría que todos mis hombres me vean herido y débil?!» Sus palabras retumban en mis oídos, mientras observo a Unne colocar la comida del Konungr en un trozo de madera que ha sido aplanado por arriba y por abajo, supongo que algún artesano lo hizo. - Es mejor que yo se lo lleve. Unne y Trude me observan como si me hubiese convertido en un Fenrir o algún otro monstruo. Por un momento noto un atisbo de ira en la mirada de Unne, sin embargo, es tan fugaz que supongo que lo he imaginado. - El Konungr prefiere que nadie lo vea por el momento. Ambas parecen entender de lo que hablo, así que Unne me entrega el trozo de madera con la comida del Konungr, lo que ahora sé que se llama «platel». Regreso a la habitación del Konungr y una vez más llamo a la puerta. - Sé que eres tú, pasa. Obedezco y empujo la puerta para ingresar con la comida. - Colócala ahí. El Konungr señala una pequeña mesa que no había notado en la esquina de la habitación y obedezco su orden de inmediato. - ¿Dónde está tu comida? Volteo para verlo, mientras se levanta de la pila de pieles y empieza a caminar hasta la mesa. - ¿Mi comida? - No esperarás que coma solo, ¿o sí? No me grita como la última vez, sin embargo, me percato que empieza a enfurecerse de nuevo. - No, señor. Camino apresuradamente a la cocina, donde parece que Unne y Trude han empezado a comer alrededor de la gran mesa. - El Konungr quiere que lo acompañe en la comida. Trude me observa de nuevo como si me hubiese convertido en Fenrir, no obstante, Unne parece haberse anticipado y me entrega otro platel que contiene mi comida. De nuevo, noto una mirada extraña por parte de Unne, sin embargo, en esta ocasión pareciera que se trata de desprecio y no de ira. Una vez más regreso a la habitación del Konungr, aunque en esta ocasión, recuerdo sus palabras y simplemente empujo la puerta. - Perfecto, ahora podemos comer. Me sorprende que el Konungr no ha empezado con su comida todavía. Coloco el platel encima de la mesa al otro extremo de Einn y me acomodo en la pequeña silla. Imito al Konungr y empiezo a alimentarme, mientras observo todo a mi alrededor. Varias lámparas de aceite cuelgan de cadenas de hierro del techo y una chimenea llena de cenizas es lo más destacado de la habitación. Supongo que, por la noche, toda la habitación estará iluminada. Dos baúles de gran tamaño reposan junto a la pila de pieles y unos largos troncos de madera colocados en cada extremo de la habitación. Detrás de la pila de pieles cuelgan varias espadas y un par de escudos que supongo necesita el Konungr para defenderse ante un ataque inesperado. - Entonces, eres la hija de Erna. Me toma por sorpresa la repentina conversación que quiere iniciar el Konungr, por lo que no responde de inmediato. - Sí, Konungr. - Creí que Erna solamente tenía una hija. Supongo que Einn no me recuerda. He cambiado desde la última vez que nos vimos. Mi cuerpo ya no es el de una niña que vivía en una isla donde apenas había comida para todos. - Supongo que mamá no suele hablar mucho de mí o de mi hermano. - ¿Erna tiene un hijo? - Sí, Konungr. Grimr está en el campamento de entrenamiento para convertirse en un hersir. Mis palabras llaman su atención de inmediato. Supongo que mamá jamás le mencionó a nadie sobre Grimr. - ¿Cuántos inviernos ha entrenado el hijo de Erna? - Tres. - Eso quiere decir que el próximo invierno tendrá que demostrar lo que ha aprendido ante mí. Sé que solamente se trata de una pelea de demostración, sin embargo, los hersir deben asistir a las campañas de conquista y defender a Garm, donde realmente pelearán y tendrán que asesinar a personas. - Sí, señor. Einn da por terminada la conversación y continúa alimentándose hasta que toda la comida ha desaparecido del platel. No puedo comer con la misma velocidad que el hombre frente a mí, por lo que me alimento en silencio hasta que siento una mirada sobre mí. Al levantar el rostro encuentro que el Konungr me observa con los ojos entrecerrados como si estuviese planeando la manera de asesinarme o quizá solamente me sienta intimidada por él. «Por supuesto que intimida» Su cuerpo es tan grande como la pila de pieles en donde duerme. He escuchado historias sobre el Konungr Niels que relatan su valentía durante la guerra contra el clan de Angrboda veinte inviernos atrás. Es comprensible creer que su hijo es capaz de asesinar a cien hombres él solo, al igual que lo hizo su padre. Me aclaro la garganta antes de levantarme de mi asiento y recoger los plateles junto a los cubiertos y los platos. - Regresaré todo esto a la cocina. - Espero que en esta ocasión no demores tanto. Se supone que estás cuidando que la herida no se infecte, no paseando por mi casa. De nuevo, muerdo mi labio inferior y me reservo mis comentarios. Salgo de la habitación y camino hacia la cocina, donde Unne me arranca los plateles de las manos y en seguida los arroja a un barril lleno de agua, donde supongo que se encargarán de limpiar los trastes. - ¿Todo está bien? Unne parece notar las marcas en mi labio, ya que se queda observándolo por un largo tiempo. - ¿Cuál es el castigo por desafiar al Konungr? En un principio Unne no entiende mi pregunta, sin embargo, tan pronto como lo hace, empieza a reírse a carcajadas. - El sol todavía no se oculta y ya quieres desafiarlo. Unne no puede dejar de reírse o al menos eso parece. Atraemos las miradas de todos en la cocina, por lo que debo intervenir. - No te rías, Unne. - Lo lamento, lo lamento. Finalmente, Unne se recompone y deja de reírse. - Es el nuevo Konungr. Siempre actúan de esa manera, como si dominaran en cada rincón del mundo. - ¿El Konungr Niels también era así? - Con todos los pueblos que atacó y las personas que asesinó era comprensible que se sintiera invencible. En ese momento recuerdo que nadie me ha dicho la manera en la que el antiguo Konungr falleció. - ¿Sabes cómo murió el Konungr? - Trude dice que escuchó a los hersir decir que cayó del caballo y murió de inmediato. - ¿Crees que esa sea la verdad? - Créeme, si hubiesen asesinado al Konungr nadie estaría festejando a su sucesor. Supongo que Unne tiene razón. Ni siquiera su hijo estaría tan relajado por el repentino fallecimiento de su padre.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD