El resto del día fue para Pipa como un carrusel. Las horas pasaban entre el análisis de un caso prácticamente vacío, el sarcasmo de Castro, la ausencia de Lorenzo y de nuevo informes mal confeccionados y escasa recolección de pruebas. Pipa comenzaba a perder la paciencia, no quería confirmar la ineficiencia de la unidad, no quería volver a construir prejuicios acerca de las personas que veía a su alrededor, aunque actuaran contrariamente a lo que había imaginado. Tampoco podía contarles de dónde conocía al cómplice de Rolo, al menos no todavía. Necesitaba ganarse su confianza y a juzgar por el trato que estaba recibiendo, se sentía demasiado lejos de aquello. Miró su reloj por quinta vez en el día, las horas se movían con la presteza de un perezoso, aniquilando sus problemas de ansiedad

