7: Lautaro

1459 Words
Al día siguiente: 19 de junio Como cada mañana, soy una de las primeras en llegar a la empresa. Es mi momento a solas, ese que uso para prepararme para cada paso que voy a dar. Tomo mi café mientras repaso la información que me enviaron de la oficina, y miro la hora una vez más: siete y treinta. Debe estar por llegar. El golpe en la puerta no se hace esperar, y le pido que pase con un simple gesto. Al verlo entrar, sonrió al verlo con su uniforme. Es una broma interna entre nosotros. —No sé cuánto tiempo más van a seguir creyendo que eres un cadete —le digo con una sonrisa, tratando de aliviar la tensión que me consume desde anoche. Lautaro me devuelve la sonrisa y se acerca a mi escritorio, dejando la caja sobre la mesa. Me da un abrazo de esos que me hacen falta, y por un segundo, todo lo demás desaparece. Me siento segura. —Lo tendrán que seguir creyendo, Zehra —me dice mientras nos soltamos. —¿Cuándo dejarás de llamarme así y me dirás hermana? —le pregunto, sin dejar de sonreír. Pero hay algo en su mirada, algo que me dice que la pregunta es más que una broma. Me mira a los ojos y su sonrisa se desvanece un poco, como si, por un momento, el peso de todo lo que compartimos se apoderara de él. —A pesar de lo que descubrimos, yo sigo siendo un agente de la DEA, y tú una colaboradora que se está arriesgando muchísimo —responde con un tono serio, pero lleno de comprensión. Asiento, indicándole que se siente. Cierra la puerta con llave como siempre, y se sienta frente a mí, su expresión ahora más grave. —Escuché lo que hizo Jordán. Los agentes que te seguían vieron todo —comenta, y puedo ver cómo se le aprieta el rostro, como si ya supiera lo que eso significa. —Está loco, pero no entiende lo que está pasando. Y detenerlo nos habría puesto en evidencia. Lo sabías —me defiendo, aunque mi voz no es tan firme como me gustaría. —Zeh, le vas a tener que contar todo. Si no quieres que arruine las cosas, tienes que ser honesta con él. Un hombre enamorado es capaz de todo —sugiere con gravedad. Me aprieto los labios, sintiendo una presión que me oprime el pecho. —Ya le conté parte de lo que estoy haciendo. Ya sabes… lo del asesinato de nuestro padre, todo eso. —mi voz tiembla, pero logro mantenerla firme. Lautaro niega con la cabeza y suspira. —Debes decirle todo. Tienes que decirle que soy tu medio hermano. Tienes que decirle que estás colaborando con la DEA, que tendrás que acercarte a tipos como Souza… No puede haber fallas, Zeh. Si él hace algo que nos ponga en evidencia, todos estaremos muertos —me pide, y siento un nudo en el estómago. —Lo sé… Solo dime una cosa —mi voz baja a un susurro—. ¿Lo confirmaste? Lautaro abre la caja que trajo consigo y saca un sobre que coloca frente a mí. Mi respiración se acelera al ver el contenido. —Esta es la verdadera autopsia de tu madre. Las pruebas que inculpan a Leonardo. Claro, él las desapareció, pero encontré las grabaciones del día que tu padre fue a declarar en su contra, para que lo metieran preso… pero como sabes, la policía trabaja para Leonardo —me cuenta, y una oleada de emociones se apodera de mí. —Estoy casada con el asesino de mis padres —susurro, sin poder mirar a Lautaro a los ojos. —Zehra… Creo que nuestro padre hizo negocios con él para descubrir la verdad. Creo que sospechaba que lo que le pasó a tu madre fue culpa de él. Cuando encontró las pruebas, quiso denunciarlo. Pero Leonardo lo mató —me cuenta, y por primera vez en mucho tiempo, las lágrimas caen sin que pueda detenerlas. —Sé que mi padre no fue un santo… pero tampoco merecía morir así —susurro entre sollozos—. Y mi madre tampoco… —mi voz se quiebra al final, y siento las manos de Lautaro envolver las mías, brindándome consuelo. —Zeh… Hablé con mi madre. Le dije que descubrí quién era mi padre —dice con voz baja, mientras sus ojos se fijan en los míos. —¿Y qué te dijo? ¿Te contó si mi padre lo sabía? —pregunto, ansiosa por entender la historia detrás de todo esto. —Se sorprendió, claramente. Pero me dijo que no lo sabía. Que cuando supo que estaba embarazada de mí, ya habían terminado, y nunca le dijo nada porque lo vio feliz con tu madre —relata con una mezcla de tristeza y resignación. Una parte de mí se rompe al escuchar su historia. Siento que lo estoy perdiendo de nuevo, y no quiero. —Lo siento. No sabes cuánto me duele que nunca lo supiera —confieso, la culpa atenazándome. —No importa ya —susurra, como si el peso de la verdad se hubiera hecho más liviano al ser compartido. Mira la hora y su rostro se endurece nuevamente. —No tenemos mucho tiempo. Tenemos que prepararte para hoy. ¿Estás lista? Asiento, aunque en el fondo, todo lo que siento es miedo. Miedo a lo que pueda suceder, pero también a lo que ya ha comenzado. —Sí, lo entiendo —respondo, y mi mirada se fija en la caja. Lautaro la abre nuevamente y saca un pequeño objeto que coloca sobre la mesa. —Cuando vayas con Souza, vas a intentar colocar este micrófono en alguna parte. Es diminuto, casi ni se ve, pero te permitirá escucharlo todo. Tendré gente siguiéndote hasta donde él te lleve. Se irán cambiando para no levantar sospechas, y cuando estén cerca de la casa o donde sea que te lleve, haremos una vigilancia aérea —me explica, y su tono es más frío ahora, más profesional. —Se van a dar cuenta si usan drones —anuncio, con una leve sonrisa nerviosa. No estoy tan segura de cómo va a funcionar todo esto. —No te preocupes. Son indetectables y parecen aves. Así que no te va a afectar. Además… —saca algo más de la caja—. También te voy a dar esto. Mis ojos se abren al ver el arma. No puedo evitar un escalofrío recorriéndome el cuerpo. —¡¿Qué?! ¡No! Yo no voy a usar eso —digo, levantándome de la silla. Lautaro me mira con calma, pero su expresión es firme. —Zeh, te enseñé a disparar para que, en caso de que debas hacerlo, sepas cómo. No puedo dejar que te pase nada. ¿Entiendes? —insiste, y su voz deja claro que no está pidiendo permiso. Con muchas dudas, agarro el arma. La miro, incapaz de comprender cómo llegué a esto. —Si me toca disparar, ¿qué pasará? No soy una agente real como tú… —comento en voz baja, sintiendo que la ansiedad se apodera de mí. Lautaro sonríe ligeramente, pero no es una sonrisa de consuelo. Más bien, de aceptación. —Ahora sí lo eres. La agencia aceptó darte su respaldo desde el momento en que te casaste con él. Saben muy bien por qué lo haces y que, de cierta manera, necesitas nuestra ayuda —me dice, y las palabras me golpean con más fuerza de lo que esperaba. —Es una locura. Yo soy empresaria… no esto —respondo, confundida, tratando de encontrar alguna lógica en todo lo que está pasando. —Es un paréntesis, Zeh. A veces, para hacer justicia, es necesario tomar decisiones difíciles —me dice, con la mirada fija en mis ojos. Bajo la cabeza, tratando de calmarme. La respiración me va volviendo más lenta, pero al final, no tengo otra opción. —Guárdala tú. Si Leonardo la encuentra, terminaré como mis padres —le pido con un susurro. —Lo haré —me asegura—. Y no te preocupes, estoy investigando por qué mató a tu madre. Todavía no tengo claro ese punto. Asiento, agradecida, pero el vacío en mi pecho no desaparece. —Está bien —respondo, mirando la hora. Es mejor que se vaya. Ya deben estar llegando todos. —Sí, tranquila. Cuídate, ¿sí? —me pide, con un tono protector que me hace sentir vulnerable. —Lo haré. Cuídate tú también, por favor —le digo, y lo observo salir por la puerta, mientras me quedo allí, sola con mis pensamientos. El peso de lo que me espera me agobia. Pero no puedo dar marcha atrás.
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