Blaise no los miraba, pero no era necesario. El aroma de la sangre de Luke entraba en él, y lo hacía desearla mucho más de lo normal, hasta casi enloquecer un pedazo de sus pensamientos. Trataba de no darle importancia porque, desde que lo conocía, desde siempre, los Flabiano eran así con él. Eran una familia extraña a fin de cuentas. Los chupeteos de la sangre rebotaron en sus oídos, y los siseos de Luke se le sumaron, también exhalaciones leves. Blaise apretó las mandíbulas, consciente de que los Veneto sucumbían, aún si no lo deseaban, ante las mordidas de los de su propia familia, mucho más si eran mayores en edad y generación y, de nuevo, por quién sabe cuál vez en su vida, deseó ser él quien lo mordiera, quien chupara su sangre y la tragara, quien produjera esos gruñidos guturales

