Luke conocía a cada uno de los miembros mayores de su familia muy bien, y no podía mentir: los respetaba, pero muchos no le agradaban, para nada. Su tía era una dama en todo el sentido de la palabra, y representaba al pecado de la lujuria con todas sus letras. —Tu padre estaba furioso —murmuró Corina. Ella movió su mano al otro muslo del rubio y la subió con lentitud, hasta pasarla por debajo del saco y sobre la camisa, en una caricia traviesa. —Yo lo estaba… así que no lo dudo de él —comentó Luke, sin aparentes molestias por lo que la dama hacía. —El Patrizio de la quinta generación de nuestra familia, la octava descendiente, y el Príncipe de los Kyburg, fueron atacados la misma noche por mercenarios de nuestra r**a… —habló la rubia con voz provocativa, rara dado su mensaje y, deshaci

