—¿Estás condicionando mi decisión? —Lo estoy, pero solo porque te amo y no quiero que ese imbécil vuelva a ponerte una mano encima, Amalia. No me juzgues por querer cuidarte, por favor. —¿Cuál es esa condición? —Tendrás un guardaespaldas —suelto sin rodeos, viéndola alzar ambas cejas debido a la impresión—. Contrataré a alguien que te acompañe todos los días a ese lugar, que te espere afuera y que te escolte de regreso a casa. —Apolo, yo no… —No acepto un no por respuesta. —Si acepto, ¿dejarás de estar molesto? —Es sí o sí —dictamino—. Y con respecto a tu pregunta… pues dime que sí. Dímelo y te prometo que te comeré a besos. «Dejar de estar molesto, aún no puedo». —Entonces sí —Me sonríe un poco—. Voy a ignorar que no me has respondido la pregunta, pero acepto la oferta ento

