«¿El cielo tiene sabor?». Quizás no pueda responder eso con certeza, lo que sí sé es que mi propio y particular cielo tiene sabor a Amalia. Mi lengua ataca su intimidad sin compasión, el sabor del vino se combina con sus jugos y crea la mezcla perfecta, esa que no sabía que necesitaba con tanto ahínco. —Sabes a gloria, maldita sea. Mi voz sale distorsionada porque no puedo, no soy capaz de alejarme de su carne siquiera para poder hablar con normalidad; a duras penas respiro y con eso tengo suficiente. La botella sigue en mi mano libre, vertiendo de vez en cuando un poco más, mojando el mantel debajo de su trasero, corriendo entre sus dedos que ahora muevo a mi consideración y escurriéndose hacia ese punto todavía prohibido que algún día voy a tomar. «Su culo será mío también».

