Mis dedos resbalan en su interior. Amalia no es la única que está temblando. Soy un puto crío en medio de su adolescencia, esa etapa donde ver a una mujer sexy era antecedente de una noche catastrófica con la mano, a falta de verdadera acción. Amalia está deshecha contra esa pared, lo único que la sostiene son mis caderas y la mano que permanece en su interior. Los jugos le resbalan por las piernas y mojan mi pantalón, ¡carajo!, es que no puede haber más perfección que esta justo ahora. ¿Quería comenzar la noche así? Definitivamente no. Pero, de qué sirve tener un plan perfectamente trazado si la mujer a la que quiero complacer con todo esto, me pide, me ruega, que deje todo de lado y me la folle hasta dejarla sin sentido ahora mismo. Yo soy hombre de una sola mujer y su palabra

