Acelero el motor cuando Amalia me señala la autopista que da hacia la casa de sus padres. Desde que salimos de la casa de Eros hay un electricidad en medio de los dos que se siente jodidamente bien, una que me hace sonreír como un tonto. Mi musa entrelaza su mano con la mía, coloca un poco de música y tatarea muy relajada mientras admira el paisaje de lado a lado. Hay momentos en los que se ríe, otros donde se deja caer en mi hombro mientras me habla de su infancia aquí en Italia. Yo no deje de preguntarle lo que sea que me cruza por la cabeza, porque simplemente quiero oír su voz, quiero oír más de ella, saber todo lo posible en el camino. Y durante el mismo viaje no dejo de preguntarme si esto es real, si así se siente estar presente y no perdido en la mierda que me metía. No dejo de

