Niego, no puedo quedarme con esta, así que me devuelvo a la sala con Amalia detrás de mí insistiéndome con risa contenida que salgamos de una vez. Cuando llego a la sala, ellos siguen riéndose. Los señalo, los miro con ganas de matarlos, jurando que me las voy a cobrar. —Ella los va a demandar por difamación —Señalo a Amalia a mi lado y ella me mira como si me acabara de salir un ojo en la frente—. Porque no somos unos descarados. Somos unos románticos empedernidos —proclamo con una enorme sonrisa—. Y tranquilo, hermano. Yo te compro un sofá cuando vuelvas a Nueva York. Pero solo cuando vuelvas, porque créeme que lo voy a seguir profanando las veces que quiera hasta que el aceite se acabe. —¡Apolo! —grita Amalia dándome un manotazo en el brazo y sale de la sala ensimismada. —Vete a

