Levanto la mirada no porque me lo ordene, sino porque su necesidad me llama, me pide entenderlo, compadecerlo. Por más que me siga diciendo que todo acabó cuando él lo decidió así. —Te pido perdón por no haberte dicho. —Sigo, a pesar de su orden. Su mirada se vuelve turbia y un gesto casi doloroso contorsiona su rostro. Tiembla. Apolo tiembla sentado en el sofá y mirándome, solo mirándome. —Basta —repite. Lo hace entre dientes, mueve su cuello a un lado y a otro. Pestañea. Pestañea lágrimas que logro ver también—. No me digas todo esto como si estuvieras exponiendo un maldito caso en un juzgado. Veo hielo en sus ojos ahora. El mismo que le había estado mostrando. Y lo entiendo. No lo juzgo. —Mírame a los ojos y repíteme que tuve la oportunidad de ser padre —exige, pero su voz se rom

