—¿Siempre has olido a jazmín, Amalia? —Rozo mi nariz un poco más, aspiro otra vez. —Me gusta la flor de jazmín… su aroma también. —¿Nunca lo habías notado antes? Me siento miserable por eso, pero no puedo mentirle. —Perdóname por haber estado perdido tanto en mí mismo como para no retener tu deliciosa aroma. Y sí, otra vez vuelvo a rozar mi nariz por su cuello, disfrutando cómo lentamente ella me da acceso, moviendo su cabeza de lado a lado. —Pero en ti… —susurro muy bajo sintiendo la calidez de mi aliento chocar con su blanca piel—. Solo en ti, Amalia. Su réplica es un lento, pero significativo suspiro. Termino mi momento de delicioso placer con un casto beso que la sobresalta un poco, pero no se aparta. Me encanta que a pesar de estar un poco nerviosa, ella sigue confiando en

