Estoy en medio del abrazo con mis padres, sintiendo el calor y el consuelo que siempre me han brindado. Las lágrimas caen libremente por mis mejillas mientras me apoyo en ellos, dejando salir todo el dolor que he acumulado durante estos tres largos años. A pesar de haber estado durante todo el vuelo con un cúmulo de emociones en mi pecho, creí que las podía retener y controlar. Me mentalicé en mantener el control, en que las ganas de llorar, la culpa, el mismo dolor de la pérdida que ellos desconocen, no me dominaran. Ya que había atravesado lo peor al confesárselo al mismo Apolo, creí que al hacerlo con mis padres, sería menos doloroso. Pero no es así. Duele, sigue doliendo como la primera vez. Pero el dolor es diferente, no es un dolor que acusa, que culpa. Es un dolor que estaba re

