Grito. Es un sonido atronador que sale de lo profundo de mi garganta y me encojo en el lugar porque eso no lo esperaba. Escuece, joder. Demasiado. La palma de su mano se mantiene alejada de mi piel expuesta, que pica y arde. Mi cabeza no puedo moverla, Yael me sostiene por el cabello y se ocupa de mantenerme en la misma posición. —La copa... —me recuerda. Y yo miro con algo de pánico al vino que se ve intacto, por suerte. Pero el segundo de entretenimiento me cuesta otro grito. —Esto es porque no me hablaste en todo el viaje de regreso —exclama con fuerza cuando su mano vuelve a impactar con rudeza en mi carne y mi espalda se arquea en consecuencia. Mi garganta quema con el grito que es inevitable. Siento que mi voz rebota en las paredes, no tengo idea si se escucha más allá. N

