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1035 Words
Sabía que debía parar con esto o no terminaría bien. Debía evitar a Ethan. Llevaba días dándole vueltas a todo lo ocurrido. Cada vez que cerraba los ojos, lo veía. Su risa, sus manos, la forma en que me miraba como si pudiera leer lo que ni yo entendía. Y aunque intentaba convencerme de que había sido solo un impulso, sabía perfectamente que había algo más ahí… algo que me estaba consumiendo por dentro. El viernes decidí no ir a cuidar a los niños. Le escribí a la señora Gabriela que necesitaba quedarme en la cafetería para ayudar a Oliver con unos pedidos. No era mentira, pero tampoco toda la verdad. La realidad era que no quería verlo. No quería arriesgarme a caer otra vez. Me refugié en la cocina, entre el ruido de la batidora y el olor a café recién molido. Era el único lugar donde todo parecía tener sentido. O eso quería creer. Oliver apareció en la puerta con una bandeja y esa mirada suya que siempre logra incomodarme cuando me lee demasiado bien. —¿Todo bien? —preguntó mientras dejaba unos vasos sobre la mesa. —Sí… claro —respondí, fingiendo concentración en la masa que mezclaba. —Ajá. Y yo soy el presidente del país —dijo con una sonrisa escéptica—. Desde que llegó ese tal Ethan, no has sido la misma. —No hay “ese tal Ethan” —mentí. —¿Ah, no? —cruzó los brazos—. Porque juraría que cada vez que suena el teléfono miras como si fuera él. Y si no lo es, se te cae el alma. —Estás exagerando —respondí, intentando reír, pero sonó más triste de lo que esperaba. —Mira, no me interesa meterme en tu vida, pero… —suspiró, bajando el tono—. No quiero que termines mal. Ya te vi en ese modo antes, y no fue lindo. Solté la cuchara y lo miré directo a los ojos. —Descuida, estaré bien. Oliver no dijo nada más, pero su expresión lo dijo todo: no me creía ni una palabra. ⸻ Esa noche la cafetería estaba más vacía que de costumbre. El reloj marcaba las nueve y media, y solo quedaban los últimos clientes. Afuera llovía con fuerza, y el sonido de las gotas golpeando el ventanal era casi hipnótico. Limpiaba una mesa cuando mi teléfono vibró. Un mensaje. Ethan: Leah está preguntando por ti. Yo: Te equivocaste de contacto. Ethan: No. Sé perfectamente con quién hablo. Solté el aire en un suspiro. No contesté más. Apagué la pantalla, pero pasaron menos de treinta segundos antes de volver a encenderla, solo para mirar si había otro mensaje. No lo había. Me odié un poco por eso. ⸻ El lunes había vuelto todo a la normalidad. O al menos, eso intentaba convencerme. Había terminado mi turno en la cocina y me dirigía a casa de la señora Gabriela. Solo debía cuidar a los niños un par de horas; Ethan llegaría después. Aquello parecía una buena excusa para mantener las cosas bajo control, sin momentos incómodos, sin miradas que dijeran demasiado. Las dos horas pasaron rápido. Leah hacía sus deberes mientras Martín jugaba con sus figuras de acción. Era imposible no encariñarse con ellos; me recordaban a lo que alguna vez quise tener, una rutina tranquila, sin sobresaltos. Ayudé a Leah a terminar sus ejercicios de matemáticas y después hicimos unas gelatinas de colores que quedaron preciosas. La niña rió cuando intenté voltear una y se desarmó por completo sobre la mesa. Nos reímos las dos, y en ese instante pensé que eso era justo lo que necesitaba: algo simple, sin complicaciones. Eran las siete y media cuando escuché la puerta abrirse. Ethan. —Hola —dijo con voz tranquila, dejando las llaves en el mueble de entrada. Vestía una camisa remangada y traía el cabello húmedo, como si acabara de salir de la ducha. Tragué saliva y me obligué a mantener la compostura. —Hola —respondí, sin dejar de recoger los moldes de gelatina. —¿Qué tal todo? —Tranquilo. Los niños se portaron bien —dije, con un tono neutro que me costó más de lo que aparentaba. Leah corrió hacia él y lo abrazó. Ethan la alzó con facilidad, girándola en el aire mientras ella reía. La escena era tan familiar, tan cálida, que por un segundo olvidé por qué quería alejarme. —Mira, Ethan —dijo Leah, mostrándole el desastre colorido en la mesa—. Hicimos gelatinas. Bueno… más o menos. —Parece un campo de batalla —rió él, mirándome—. Pero se ven deliciosas. —Gracias —contesté, sin poder evitar una sonrisa. —¿Te quedas a cenar? —preguntó, con ese tono casual que sabía exactamente cómo ponerme nerviosa. —No. Ya terminé por hoy. Comencé a guardar mis cosas en silencio, tratando de que no notara el temblor en mis manos. —¿Te llevo? —ofreció, acercándose un poco más. —No, gracias. Prefiero caminar. —Amelie… —empezó, pero me giré antes de que pudiera continuar. —De verdad, Ethan. No quiero que se malinterprete nada. Está todo bien. Nos vemos mañana. Tomé mi bolso, me despedí de Leah y Martín, y salí sin mirar atrás. Pero al cruzar la calle, lo escuché llamarme. No me di vuelta. Porque sabía que si lo hacía, todo volvería a empezar. ⸻ Esa noche, al llegar a casa, dejé el teléfono sobre la mesa y me derrumbé en el sofá. Pensé en él. En todo lo que había pasado. En lo fácil que sería volver a caer. Y me juré, una vez más, que no lo haría. Que esta vez sí iba a mantenerme firme. Pero cuando sonó el celular y vi su nombre en la pantalla, sentí que todas mis promesas se volvían frágiles como el cristal. No atendí. Solo dejé que sonara. Una y otra vez. Hasta que finalmente se hizo silencio. Y en ese silencio, me di cuenta de que huir de Ethan no era tan simple como dejar de verlo. Porque el problema no era él. El problema era todo lo que me hacía sentir cuando estaba cerca.
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