Capítulo 6

1268 Words
“Yo no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón”. Jorge Luis Borges En una novela generalmente hay todo tipo de personajes, pero siempre existen algunos “tipo” que aparecen sin falta. Entre ellos estaban los Reyes. Ritualizados, respondían a patrones predeterminados dictados por el libreto, lo que los volvía incapaces de ver la verdad, aunque estuviera clara frente a sus ojos. Solo lo harían cuando, y si, la autora así lo decidiera. Triste destino el de estos personajes. Ahora, fieles a su estilo, todos cenaban felices e indiferentes ante la vida del m*****o restante de la familia. —Querida Nanci, ¿qué te ocurre? Te noto pensativa —preguntó Ignacio, el mayor de los hermanos. —Es solo que... mi hermana —respondió con un tono compungido, como si estuviera al borde de lágrimas desoladas. —Ah, hablas de esa ingrata —replicó Ignacio con desprecio, mientras el resto asentía con disgusto ante la tristeza de la niña provocada por la cruel Siobhan. —Mi niña, eres tan sensata, tan buena y dulce… —dijo Ámbar, la madre de la familia, mientras la adulaba—. Siobhan no merece tu preocupación. Ella es demasiado intrigante, una desvergonzada. Si tan solo fuera un poco más como tú… —añadió con un suspiro sin imaginar el verdadero peso de sus palabras. Pero claro, ya habrá tiempo para todo. —Esa Siobhan pronto regresará rogando perdón. No puede olvidar que sin nosotros estaría muerta de hambre. Al final, no es más que una campesina sin educación ni idea de cómo mantenerse sola —intervino Hernán, el menor de los hermanos, con un tono tan despectivo que parecía practicado. Nadie mostró incomodidad al respecto. Mientras tanto, el señor Reyes, padre de la familia, asentía sin emitir palabra, validando cada juicio vertido por su familia. Internamente pensaba que hubiese sido mejor no encontrar a su hija biológica; demasiado salvaje y ruda para pertenecer a una familia tan socialmente refinada. Este tipo de escenas eran comunes en los Reyes. Incluso los diálogos eran repetitivos. Se decían frente a Siobhan sin ningún pudor, pues para ellos no era nadie, y sus sentimientos no les importaban en lo absoluto. Nanci, astuta en su aparente dulzura, tenía por costumbre grabar estas interacciones cuando Siobhan no estaba presente y enviárselas por mensaje. Esta ocasión no fue la excepción: pronto, Siobhan recibió un video con la última reunión familiar. —Ja, ja, ja —la risa estruendosa de Siobhan resonó por todo el departamento. Si Marga hubiera estado presente, ya estaría preguntando qué sucedía. La joven no pensaba en Nanci. Sabía que siempre sería malvada y tonta. Lo que la hacía reír era ella misma, la anterior ella. Tenía en sus manos una herramienta poderosa para exponer, al menos parcialmente, a los Reyes. Ellos vivían de las apariencias, y no sería bien visto que se expresaran así sobre un m*****o de su propia familia. Esta nueva vida prometía ser muy divertida. “Bueno, Nanci, creo que aún no sabes con quién te has metido. Muy pronto conocerás a la nueva Siobhan, y no querrás descubrir de lo que soy capaz. Tú, los Reyes y ese cucaracho maldito pronto no podrán salir a la calle sin recibir insultos y desprecio”. Siobhan seguía riendo. Su prodigiosa mente imaginaba a todos esos seres despreciables cubiertos de restos de comida: tomates y lechuga en el cabello, huevos rotos en la ropa, basura en el rostro… los visualizaba como auténticos basureros ambulantes. “Así se verán por fuera, tal y como son por dentro”. Al día siguiente tenía una cita impostergable. Usó el coche de Marga, ya que aún no compraba uno propio. Se sentía plena y feliz. Marta nunca había conducido ni poseído un vehículo, y ahora podía desplazarse con soltura. No solo podía adquirir un auto de lujo, sino también un avión privado o viajar en primera clase al lugar del mundo que deseara. Y eso haría, inmediatamente después de acabar con todos aquellos nefastos. No demoró mucho en llegar a la casa de la anciana, pero disfrutó cada instante del trayecto. Todo era magnífico. Los edificios, las calles, los colores, las plantas… todo parecía sorprendentemente real. “Sí que eres buena escritora”, pensó para sí. Al llegar, recorrió el camino hasta la casa a pie, con un paso diametralmente opuesto al de Alexander. Mientras él solía andar con rostro molesto, ella caminaba feliz, concentrada en sentir el aire que ingresaba a su cuerpo. Lo disfrutaba intensamente. Pensaba que la gente no valora la suerte de poder simplemente respirar. Una epifanía la invadió: estar viva es un regalo milagroso, y ese regalo no debe ser desperdiciado. Había decidido que no se dejaría arrastrar por los nefastos. No atacaría, pero tampoco se dejaría de nadie. “Yo, Siobhan Xander, me dedicaré a ser feliz. Lo demás vendrá por añadidura” —pronunció en voz alta sin darse cuenta de que alguien la observaba. —Sio, mi niña —dijo la abuela con una sonrisa genuina. Su alegría era sincera, y Siobhan lo percibió al instante. —¡Abuela! —respondió con igual autenticidad. Amaría a todos quienes quisieron y ayudaron a la niña desdichada que fue, y mantendría lejos a quienes le hicieron daño. —Ven, siéntate conmigo... tenemos que hablar, mi niña. Siobhan se sentó con afecto junto a la anciana. Tomó su brazo y apoyó tiernamente la cabeza en su hombro. —Abu —comenzó con tono íntimo y cariñoso—, sé de qué quieres hablar… es sobre el matrimonio. Nunca apartó la cabeza del hombro mientras hablaba, comportándose como una verdadera niña. —Así es, pequeña… La abuela no permitirá que ese testarudo se case con otra mujer que no seas tú. —Abu… —insistió con el mismo tono—, si Alexander se casa conmigo obligado, solo me odiará. Me culpará por no poder estar con quien desea. Eso convertiría el matrimonio en un infierno. Además, la sociedad me tratará, como ya lo hace, como la desalmada que interfiere entre dos amantes... Guardó silencio por unos segundos. Carol, la abuela, meditaba sobre las palabras de su adorada Siobhan. La niña tenía razón. Pero sentía que había un motivo más profundo detrás de su negativa. —¿Esas son las únicas razones por las que no quieres este compromiso? —Mmm —Siobhan pensó brevemente—. La verdad, Abu, sí. Después del último accidente, en el que casi muero, comprendí que no es sano estar enamorada de un hombre tan obtuso como tu nieto. Finalmente soltó la bomba. —Me refiero a que es incapaz de ver la verdad, aunque la tenga frente a él, picándole la nariz. Está tan metido en su discurso de “mi salvadora” que no ve nada más. Las palabras salieron como una avalancha. Dejaron muda a la anciana, y a la joven, preocupada por la reacción. “¿Acabo de decirle a la abuela que su único nieto, la luz de sus ojos, es un idiota?”, pensó, alarmada. —Ja, ja, ja —la risa contagiosa de la anciana llenó la casa—. Tienes razón, mi nieto se comporta como un idiota. Esa mujer lo tiene hechizado y obligarlo sería condenarte a una vida miserable sin culpa alguna. Tranquila, la abuela Carol se encargará. Acto seguido, sin perder tiempo, tomó el teléfono. —Alexander, hijo, no te obligaré a casarte con Siobhan. Puedes elegir libremente con quién compartir tu vida. Al fin y al cabo, será tu propio infierno.
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