XIII. Peligro

1108 Words
-No puedes decirle a Nadie, Aidan -me dice Ayla en voz baja mientras estamos en los vestidores- promételo. -Te lo prometo. Tú tampoco puedes decirle nada a nadie -le respondo. Encontrármela trabajando en casa de Raen fue una sorpresa para ambos. Nunca habría pensado que uno de sus trabajos sería allí. Ayla asiente con la cabeza y sigue arreglándose. A ninguno de los dos le conviene que nadie sepa que nos conocemos, ni mucho menos porque ambos trabajamos en este burdel. Pero haberme encontrado con ella me hizo pensar que yo también podría encontrarme algún trabajo de medio tiempo con horario flexible. En el pasado intenté buscar algo, pero necesitaba el permiso de Agnes como tutora mía, pero ella no quiso dármelo, porque tenía unos quince años y, según ella, podría decir por descuido que mi otro trabajo era arrendando mi cuerpo. Y eso, obviamente, es ilegal. Pero ya soy casi mayor de edad, así que no creo que haya problemas. Después de haber tenido un par de clientes esta tarde, me pongo mi ropa de diario y espero a que Agnes esté desocupada para poder hablar con ella. Cuando ya todos los chicos y chicas se van, me acerco a la jefa. -¿Agnes, puedo hablar contigo? -le digo asomándome a su despacho, un lugar pequeño pero acogedor. -Claro, Aidan. Pasa. Entro y me siento frente a ella. -Quisiera tener otro trabajo -le digo sin rodeos. Ella me mira y frunce el ceño, entonces me doy cuenta de mi error- digo, otro aparte de este. Ella se relaja un poco, pero sigue con su expresión enojada. -Lo siento, Aidan, pero no -contesta mientras sigue revisando unos papeles que están sobre su mesa. -¿Por qué no? -le pregunto. -Porque necesito que te concentres para dar un buen servicio a nuestros clientes. -¡Pero eso ya lo hago! Y si tuviera otro trabajo no afectaría... -No puedes, Aidan, entiende. Nadie te contrataría porque dejaste la escuela muy joven. -Hay ucha gente que no tiene estudios y aún así trabaja -le replico- además no quiero algo que necesite un título. Atender en un minimercado o en algún café, algo simple. -No, Aidan, lo siento. Ya casi eres mayor de edad y cuando eso pase, vas a trabajar a tiempo completo -me dice seriamente, mirándome a los ojos. -...¿Qué? -Eres bueno para esto. Los clientes casi siempre quedan felices contigo y muchos pasan por alto que seas hombre, incluso aunque no lo hayan pedido. -Pero cuando sea mayor de edad podría tener otro trabajo... -¿Y cómo piensas pagar el alquiler? ¿La comida? ¿La ropa? Me debes mucho, Aidan. Mucho. Y debes pagarme. De alguna forma, sus palabras atraviesan mi corazón. ¿Así que eso era todo? ¿Solo somos un prestamista y su deudor? Todos estos años pensé que ella tenía algún tipo de afecto por mí, pero creo que me equivoqué. -Sí, Agnes -le digo mecánicamente. -Si no tienes nada más que decirme, puedes irte -me dice. Yo asiento con la cabeza y salgo rápidamente. Al llegar a casa, me tiro sobre la cama. Tengo ganas de llorar. Me siento tan, tan solo. Me levanto y voy a la cocina. Debo cocinar algo, así tomo unas zanahorias, las lavo y pelo y empiezo a cortarlas, mientras mi mente divaga. Entonces siento un corte en mi dedo índice. -Mierda -murmuro mirando la herida, de la cual sale un poco de sangre. Por alguna razón el dolor de esa cortada me alivia un poco. Me lavo y me pongo una curita. Cuando tengo todo listo, me siento a comer. Entonces, mi celular vibra. Un mensaje de Raen. Nos mensajeamos cerca de una hora. Él me cuenta su día y yo le cuento ya voy por la mitad del libro, que finalmente me trajo hace un par de días. No le cuento de mi trabajo ni lo de Agnes, no creo que le interese. Al día siguiente debo ir a trabajar nuevamente, pero esta vez en la mañana. Saludo a Agnes y ella me devuelve el saludo con normalidad. Nunca lo había notado o al menos no le había tomado asunto, pero ella nunca me sonríe. Después de estar vestido y arreglado para recibir a los clientes, me quedo en el hall junto a Danielle, Carmen y Joan. Como ya casi estoy curado de los golpes del atropello, puedo atender a dos o hasta tres hombres al día. El primero que me lleva es un político muy renombrado. Vaya, si los medios supieran que a este tipo le gusta acostarse con chicos menores de edad se armaría un escándalo, sobre todo porque es del partido más conservador y se dice muy católico y pro familia, anti homosexuales... quién lo diría. Después de estar con ese tipo, me doy una ducha, me arreglo nuevamente y vuelvo al hall, donde solo está Danielle. Conversamos un poco, me cuenta de su bebé que ahora arma frases completas y empezó a caminar. Me encanta el brillo en sus ojos cuando habla de su hijo. Entra otro cliente, un hombre corpulento con traje. Mira en nuestra dirección e inmediatamente lo oigo decir "el pelirrojo". Agnes me da una mirada significativa, así que me pongo de pie, le tomo la mano y lo llevo a una de las lujosas habitaciones disponibles. Cuando entramos, voy directamente a la cama, como siempre, y lo espero sentado. -Es un buen lugar -dice el hombre mirando alrededor. -Pues sí, el mejor, diría yo -le respondo. -Un lujo -dice mirándome con lujuria. Yo le sonrío y asiento con la cabeza. Esas miradas ya me las sé de memoria, y a pesar de que me desagradan, parte de mi contrato es fingir que las adoro. El hombre se acerca a mí y me tira a la cama sin cuidado y me sujeta ambas manos por sobre la cabeza. -Debes tener mucha experiencia -me dice. -La necesaria -le respondo. -Es una delicia que un jovencito como tú tenga este trabajo -sigue hablando y yo le sonrío. Dios, cuánto más va a hablar. Estamos perdiendo tiempo. -Nunca serás más que una puta, Aidan. Entonces me quedo pasmado. -¿Cómo sabes mi nombre? -pregunto con el ceño fruncido. Agnes nunca dice nuestros nombres a los clientes, y ellos tampoco se interesan. El hombre se ríe fuerte y me suelta. Me siento en la cama y él me mira fijo, colocando su dedo sobre los labios, en señal de silencio y me guiña un ojo. Antes de que me de cuenta, él sale de la habitación, dejándome solo y más confundido que nunca. ¿Qué fue todo eso?
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