-No puedo creerlo, Aidan -dice Agnes al otro lado de la línea- eres muy irresponsable.
-Lo siento, jefa. No volverá a pasar.
Después de llamarla para avisarle que me acababan de atropellar y me dieron unos días de reposo, ella sonaba muy molesta.
-Por supuesto que no -la oigo suspirar- de todas formas debes cuidarte, pero procura volver lo antes posible. Las cosas no se pagan solas.
-Claro. Volveré antes de que se hayan dado cuenta de que estuve ausente -le digo con convicción.
-Eso espero -me contesta y corta. Dejo el celular en la mesita de noche y me acuesto en mi cama. Aún me duele respirar. Me levanto la camiseta y veo un gran moretón en la parte izquierda de mi cuerpo. Debería ponerme hielo o algo, pero estoy tan cansado y adolorido que me quedo dormido.
Despierto adolorido y hambriento. Me pongo de pie lentamente y me preparo una taza de cereales con leche. Cocinarme algo ni siquiera se pasa por mi mente. El cuerpo me pesa demasiado y me duele todo. Como lentamente, sin poder sentarme por el dolor de las costillas. Vuelvo a acostarme y me duermo otra vez.
Así pasan dos días y siento que no estoy mejorando. Había pensado volver a trabajar en un par de días, aguantar el dolor no más, pero el moretón se hace más grande y oscuro y respirar se me hace cada vez más difícil. Agnes no ha venido a verme, así que he tenido que valerme por mí mismo. Estoy acostumbrado, en realidad, pero nunca me había dado tal golpiza. Digo, sí me han golpeado algunas veces, pero nunca terminé así de mal.
El tercer día tengo la tentación de ir al hospital nuevamente. No al que me llevó Raen, por supuesto, sino que al público de acá cerca. Pero no tengo las fuerzas para ir ni tampoco dinero para pagar un taxi.
¿Acaso he de morir así? Bueno, no sería tan malo. De todas formas mi vida no merece ser vivida. Y, siendo sincero, nadie extrañará a un chico que arrienda su cuerpo. Nunca nadie llora a las prostitutas. Morir debe ser genial, ¿no? Estar tranquilo para siempre, sin que nadie vuelva a tocarme ni a verme con un objeto.
Escucho que tocan la puerta. Agnes es malvada. Si tiene llaves, ¿por qué no abre ella misma? Quiere hacerme sufrir, estoy seguro.
Abro la puerta, pero no es Agnes ni mucho menos.
-¿Qué haces aquí? -digo con un tono más lastimoso de lo que pretendo.
-Vine a entregarte esto -dice Raen que está frente a mí con mi tabla. Pero no la rota, sino que está nueva. Sonrío ampliamente y doy un suspiro que es mi perdición, porque el dolor que había olvidado por un momento, vuelve con toda su intensidad.
-¿Cómo...? -intento preguntar, pero la voz no termina de salir de mi boca.
-¿Puedo pasar? -pregunta Raen.
Asiento con la cabeza y lo dejo pasar mientras cierro la puerta tras de mí.
El chico da una mirada a mi pequeño lugar y coloca la tabla apoyada en la pared.
-Hogar, dulce hogar -le digo en voz baja. Aún estoy de pie, porque no quiero acostarme con él aquí. Sería muy descortés. Bueno, tampoco es que él se vaya a sobrepasar conmigo, creo.
-No has comprado la medicación -dice tomando el papel de la receta que está sobre mi mesa de noche. Yo desvío la mirada.
Él se acerca a mí, pero no hace nada. Se queda algo incómodo.
-¿Qué tienes? -le digo.
-¿Puedo? -pregunta mientras toma mi camiseta. Yo asiento con la cabeza.
Entonces él la levanta un poco y ve el lamentable estado de mi cuerpo, con ese gran moretón, ahora de colores rojo y violáceo. Ahora se ve incluso más grande que cuando él me golpeó con el auto. Vuelve a cubrir mi cuerpo, toma la receta y sale rápidamente.
Respiro nuevamente. No me había dado cuenta de que había estado aguatando la respiración. Estoy acostumbrado a que me saquen la ropa, pero esta vez era diferente. No fue con lujuria, fue con preocupación. Dios, este chico... no sé qué tiene que siento que puedo confiar en él.
A los pocos minutos, Raen vuelve con una bolsa de papel en sus manos.
-Aquí tienes -me dice entregándomela- son medicamentos para el dolor y una crema para el moretón.
-Gracias -le digo.
-Deberías recostarte ahora.
Yo asiento con la cabeza y le obedezco. Él se sienta en la cama junto a mí.
-¿Por qué haces esto? -le pregunto.
-Que estés así es mi culpa -contesta.
-También es culpa mía -replico- yo fui quien se cruzó en tu camino.
-Quizás -dice tomando la crema para los moretones- pero ahora lo importante es que debes ponerte bien... ¿podría... ponerte esto?
Asiento con la cabeza y levanto mi camiseta. Él abre el recipiente y toma un poco de esa sustancia semisólida y la pasa con suavidad sobre mi cuerpo. No puedo evitar hacer una mueca de dolor.
-Lo siento -me dice deteniéndose en el acto.
-No, no te preocupes, no me duele, de verdad. Por favor, sigue -le digo y él me hace caso. Continúa aplicando el ungüento hasta que cubre toda la piel violácea. Mi estómago suena.
-¿Tienes hambre? ¿Quieres que pida algo? -me pregunta.
-No, estoy bien -le digo, pero mi estómago vuelve a sonar. Dios, que vergüenza. Él me mira con los ojos entrecerrados y toma su celular.
-¿Te gusta la pizza? -pregunta y yo asiento con la cabeza- qué ingredientes quieres.
-¿Estás seguro? -insisto.
-Aidan, recuerda que soy un niño rico -me dice con una sonrisa. Le sonrío de vuelta. Es verdad.
-Entonces... queso, aceitunas, champiñones emmm... palmitos... cebolla -enumero, intentando pensar en más ingredientes.
-¿Carne? -pregunta.
-No como carne- le respondo.
-Ah.
Entonces llama a la pizzería y pide una familiar con todos esos ingredientes. También una gaseosa, palitos de ajo y de queso, rolls de canela y hasta papas fritas.
-En veinte minutos debería estar aquí el pedido -me dice después de cortar.
-Genial. Gracias -le contesto.
-Así que no comes carne. Supongo que pollo y pescado tampoco -comenta.
-Supones bien. Todos son animales y no como animales que tuvieron una vida de mierda. Si puedo evitar que al menos una vaca o un pollo venga a este mundo a sufrir encerrado, siendo engordado sin poder disfrutar su vida, entonces lo haré. Es mejor no nacer a estar aquí solo sufriendo, ¿no crees?
Raen solo asiente con la cabeza y nos quedamos en silencio algunos minutos.
-Nunca había conocido a alguien vegetariano -me dice- Bueno, en realidad sí, pero no con tu pensamiento. Siempre era para perder peso o cosas así.
-Y qué crees.
-Que tienes un buen punto -me contesta- con una frase me has dado más para pensar que todas las conversaciones que he tenido con mis compañeros de clase.
Me río un poco.
-Deberías tomar las pastillas para el dolor -dice Raen y va a la cocina, toma un vaso, lo llena de agua y me trae unas píldoras que saca de la bolsa de papel.
-¿Estas están bien? -le pregunto mientras intento sentarme, aguantando lo más que puedo el dolor.
-Sí. Mira, estas debes tomarlas dos veces al día, y las de acá en las noches -me dice apuntando cada pastilla.
Entonces me las trago y en menos de cinco minutos, el dolor baja como si fuera un milagro.
Tocan la puerta y me sobresalto.
Raen va a abrir. Claro, la pizza y todo lo demás. Pone todo sobre la mesita de noche y otras cosas en el suelo. Trae un vaso para él y comenzamos a comer. Cada mordisco se siente como la gloria.
Doy un vistazo a la cuenta. Todo esto salió lo que gano en una semana. Pero a Raen no le importa, así que a mí tampoco. Entonces me fijo en la fecha y mi corazón da un salto y me atraganto un poco.
-¿Estás bien? -me dice Raen.
-Sí, sí. Lo siento -respondo y sigo comiendo con una gran sonrisa.
No me había dado cuenta, pero hoy es mi cumpleaños y, por primera vez en muchos años, siento que estoy celebrándolo. Desde que vivo al alero de Agnes que no hago nada especial para esta fecha, porque no lo sentía necesario. Ella tampoco sabe que yo nací un día como hoy. Nunca se lo dije ni tampoco nunca me preguntó, solo esperó un par de años desde que me encontró hasta ponerme a trabajar, calculando que si me encontró con doce, a la misma fecha dos años después, tendría catorce.
-Creo que esta es mi nueva pizza favorita -me dice Raen relamiéndose.
-Es la mejor que he comido nunca -le confieso.
Y es verdad. No solo por el sabor, sino por la compañía.
-Gracias, Raen.