Una mirada que quema

1516 Words
No dormí esa noche. Cerraba los ojos y solo veía sus colmillos brillando en la penumbra, sus ojos rojos atravesándome como fuego. Lo lógico habría sido olvidarlo, convencerme de que todo había sido una alucinación provocada por el cansancio. Pero en el fondo sabía que no. Lo había visto con claridad. El chico nuevo no era humano. Me repetí que debía alejarme, que cualquier contacto con él significaba peligro. Sin embargo, al llegar a la universidad al día siguiente, mis ojos lo buscaron entre la multitud antes siquiera de que yo lo aceptara. Y allí estaba. Sentado en una de las bancas del jardín central, con un libro abierto en sus manos. Su porte era tan impecable, tan fuera de lugar entre el bullicio juvenil, que parecía una escultura viva. Nadie se atrevía a acercarse a él. Era como si el aire a su alrededor fuera más frío, más denso. Y aun así, yo no podía apartar la mirada. Hasta que, de repente, él levantó los ojos del libro y me encontró. Ese contacto visual fue un golpe directo al corazón. Sentí como si una corriente eléctrica me recorriera, dejándome sin aliento. Su mirada era ardiente, casi dolorosa, como si pudiera quemarme por dentro. Y lo peor era que no quería mirar hacia otro lado. —Valeria, ¿me estás escuchando? —Clara agitaba una mano frente a mí. Parpadeé, saliendo de mi trance. —¿Eh? Sí… sí, claro. Ella suspiró, exasperada. —No paras de mirar al chico nuevo. Te lo juro, si no hablas con él pronto vas a volverte loca. —No puedo —susurré. —¿Por qué? —insistió, con esa curiosidad entrometida que tanto la caracterizaba. Porque es un vampiro, pensé. Pero no podía decirlo en voz alta. ¿Cómo sonaría eso? Clara pensaría que me había vuelto completamente paranoica. —Porque no quiero —mentí. Clara rodó los ojos. —Tú te lo pierdes. Aunque, para ser honesta, ese tipo me da mala espina. Demasiado perfecto, demasiado silencioso. Es como si no fuera… real. Sus palabras me hicieron estremecer. No eran tan lejanas de la verdad. El resto del día pasó en un torbellino de clases y apuntes, pero mi mente seguía atrapada en ese cruce de miradas. Era como si me hubiera dejado una marca invisible, un fuego latente bajo la piel. Al salir de la última clase, decidí tomar un atajo hacia la salida trasera del campus. No quería arriesgarme a toparme con él otra vez. Pero el destino parecía jugar en mi contra. —Deberías tener más cuidado al caminar sola. Me detuve en seco. Su voz grave y seductora resonó justo detrás de mí. Giré lentamente, y ahí estaba. A pocos pasos, con las manos en los bolsillos de su chaqueta negra, observándome como si yo fuera el centro de su universo. —¿Me estás siguiendo otra vez? —pregunté, intentando sonar firme. Él inclinó ligeramente la cabeza, sin apartar sus ojos de los míos. —No. Solo estoy donde necesito estar. —¿Y necesitas estar aquí, conmigo? —repliqué, aunque mi voz temblaba. Una sonrisa ladeada se dibujó en sus labios. —Tal vez. Sentí el corazón acelerarse, un tambor descontrolado en mi pecho. Su mirada no se apartaba de la mía, y cuanto más me sostenía, más difícil me resultaba respirar. Era como si me atrajera, como si me arrastrara a un abismo oscuro y ardiente al mismo tiempo. Di un paso hacia atrás, intentando mantener distancia. —No deberías hablarme así. Ni mirarme así. Él avanzó un paso, reduciendo el espacio entre nosotros. —¿Y cómo debería mirarte, Valeria? Mi nombre en su boca sonaba distinto. Más intenso, más íntimo. Como si me perteneciera. —Como lo haría cualquiera —dije, aunque mis palabras eran apenas un murmullo. Él se inclinó un poco, lo suficiente para que la distancia entre nuestros rostros fuera mínima. Sus ojos brillaban, encendidos, peligrosos. —Yo no soy “cualquiera”. El aire se volvió espeso, sofocante. Su presencia me envolvía, me atrapaba sin darme espacio para huir. Y aunque una parte de mí gritaba que corriera, otra parte… otra parte ardía por quedarse. Él extendió una mano, como si quisiera tocarme, pero se detuvo en el último segundo, los dedos suspendidos a centímetros de mi piel. Esa pequeña distancia me quemaba más que cualquier contacto. —¿Qué quieres de mí? —pregunté, con la voz quebrada. Sus labios se curvaron apenas. —Eso aún no lo sabes, Valeria. Pero lo descubrirás. El aire estaba cargado de un silencio extraño. Ni un pájaro, ni un susurro del viento, ni el murmullo lejano de estudiantes. Solo nosotros dos, en ese pequeño espacio donde la distancia entre él y yo parecía imposible de soportar. —Debes alejarte de mí —le dije, con la voz más firme que pude reunir. Él ladeó apenas la cabeza, como si eso le resultara gracioso. —¿Alejarme? Pero si acabas de acercarte. —Su sonrisa, tan ligera y peligrosa, hizo que un escalofrío recorriera mi espalda. Me mordí el labio inferior, intentando no delatar lo que sentía. Había algo en él que me atraía de forma irracional, algo que me mantenía paralizada, cautiva de su presencia. Era como un fuego que me consumía desde adentro. —No soy un juego —susurré, aunque el temblor en mi voz delataba lo contrario. —Tampoco yo —replicó, con suavidad, pero cada palabra parecía pesar toneladas. Se acercó otro paso, y pude percibir un aroma extraño, dulce y metálico al mismo tiempo. Mi corazón dio un vuelco. Era intoxicante. Quise retroceder, pero mis pies parecían estar pegados al suelo. Y entonces lo vi: la luz de la luna iluminaba sus colmillos apenas, esa pequeña señal que confirmaba todo lo que temía y deseaba al mismo tiempo. —Eres un vampiro —dije, apenas audible. Él no negó nada. Solo inclinó ligeramente el rostro, lo suficiente para que su sonrisa se volviera más seductora. —Sí. Y tú… eres la única que aún no ha huido. Mi respiración se aceleró. No sabía si eso era un triunfo o una advertencia. —¿Por qué yo? —pregunté, aunque sabía que no esperaba una respuesta racional. —Porque algo en ti me llama —susurró—. No es solo tu olor, tu fragilidad o tu humanidad. Es… otra cosa. Sus palabras me confundieron, pero también me hicieron sentir especial. Temible y especial al mismo tiempo. El viento movió sus cabellos oscuros, haciéndolo parecer aún más misterioso. Me di cuenta de que cada detalle de él estaba diseñado para capturar la atención, para dominar la escena. Y lo había logrado. Cada fibra de mi cuerpo deseaba estar más cerca, a pesar del miedo que lo acompañaba. —Esto es imposible —dije, tratando de recuperar el control—. No podemos… yo no… —No podemos, y sin embargo… aquí estamos —me interrumpió suavemente. El contacto visual se volvió insoportable. Sus ojos rojos brillaban con intensidad y sentí que mi mundo se reducía a esos dos orbes que podían devorarme, pero que, de alguna forma, también me sostenían. Sin darme cuenta, di un paso hacia él. Él no retrocedió. No era necesario. La distancia desapareció entre nosotros, como si el universo conspirara para que estuviéramos juntos, aunque el peligro fuera inminente. —Tienes que prometerme algo —dijo de repente, bajando la voz hasta un murmullo—. —¿Qué? —Que no me subestimes, que no creas que esto es un juego. No es solo un romance, Valeria. Es… mucho más. Sentí un escalofrío recorrer mi columna. La forma en que dijo “mucho más” me dejó sin aire, anticipando un peligro que no podía evitar sentir como fascinante. —Lo entiendo —mentí, aunque en mi interior sabía que no tenía ni idea de lo que estaba entrando. De repente, escuché un ruido detrás de nosotros. Instintivamente giré la cabeza, pero no había nadie. Solo él sonreía, sabiendo que había atrapado mi atención por completo. —Siempre hay algo que acecha en la oscuridad —susurró, acercando su rostro al mío de nuevo—. Pero conmigo… no tienes que temer. No si estás conmigo. Mi corazón se aceleró hasta dolerme. Las palabras sonaban como promesa y advertencia al mismo tiempo. Su cercanía era peligrosa, su voz intoxicante, y su mirada… ardiente, imposible de ignorar. Quise decir algo, pero no pude. Él inclinó la cabeza, rozando apenas mis labios con los suyos en un contacto que era tanto advertencia como promesa. Apenas un roce, pero suficiente para que mi cuerpo entero temblara, para que supiera que nada volvería a ser igual. —Recuerda esto, Valeria —susurró contra mi oído—: la noche nos pertenece… y tú ya eres parte de ella. Un estremecimiento me recorrió de pies a cabeza. Con un último vistazo, se dio la vuelta y desapareció entre las sombras del campus, dejándome sola, temblando, pero ansiosa, deseando que regresara. Y supe, sin lugar a dudas, que no podría olvidarlo nunca.
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