El lunes llegó con una bruma fría que se colaba por los ventanales de la universidad. Yo estaba sentada en la cafetería, intentando concentrarme en mi café y en las notas de clase, pero era imposible. Mi mente repetía una y otra vez la imagen de sus ojos rojos, brillando bajo la luz de la luna. Esa mirada me había marcado de una manera que no podía explicar.
Clara, como siempre, me miraba con esa mezcla de diversión y preocupación.
—¿Todavía estás pensando en él? —dijo, inclinándose hacia mí con su sonrisa traviesa.
—No puedo evitarlo —susurré, bajando la voz—. Es… diferente.
—Sí, diferente a “normal”. —Clara rodó los ojos—. Valeria, algo en él no está bien. Lo sabes, ¿verdad?
Asentí, incapaz de articular palabra. Sabía que tenía razón. Había algo en él, algo que me atraía y me aterraba a la vez. Cada vez que lo veía, mi cuerpo reaccionaba antes que mi cerebro.
Y entonces, como si lo hubiera sentido, apareció. Caminaba entre las mesas, elegante y seguro, con esa calma que parecía desafiar las leyes de la realidad. Sus ojos encontraron los míos y, de nuevo, sentí un calor extraño en el pecho, mezclado con un frío que me erizó la piel.
Él se sentó en la mesa de enfrente, solo, como si estuviera esperando que lo retara. Y yo… yo no pude evitar mirarlo fijamente. Cada rasgo de su rostro parecía tallado por artistas: mandíbula firme, labios ligeramente curvados, cabello oscuro cayendo con naturalidad. Pero los ojos… esos ojos rojos eran la verdad que no podía ignorar.
Me levanté impulsivamente, sin pensar, y caminé hacia la salida. No podía permanecer allí sentada, atrapada entre la fascinación y el miedo. Clara me siguió, pero yo ya había decidido que debía enfrentar lo que sentía, aunque doliera.
El jardín trasero de la universidad estaba desierto. El aire fresco mezclado con hojas secas era casi reconfortante, y al mismo tiempo, me hacía sentir vulnerable.
—¿Por qué me miras así? —pregunté antes de que él pudiera hablar.
Él permaneció en silencio, observándome como si cada palabra que dijera fuera irrelevante frente a la intensidad de su presencia. Finalmente, habló:
—Porque puedo ver lo que otros no ven.
—¿Qué quieres decir? —pregunté, frunciendo el ceño.
Sus labios se curvaron en una sonrisa que era a la vez seductora y peligrosa.
—Tus miedos, tus deseos… incluso tu curiosidad. Todo está aquí —dijo, colocando una mano sobre su pecho—.
Sentí un estremecimiento recorrer mi espalda. No solo estaba escuchando sus palabras; era como si pudiera sentir su verdad, su esencia, sin que él hiciera más que mirarme.
—Eso… eso no es posible —musité.
—No es humano, lo sé —admití, con la voz temblorosa—. Eres… eres un vampiro.
Él asintió, calmado, y por un instante, el aire se cargó de una tensión que me hizo retroceder un paso.
—Sí. Y ahora lo sabes. —Su voz era suave, hipnótica—. Pero no temas. No tengo intención de hacerte daño.
El problema era que yo no podía decidir si temer o desearlo. Cada fibra de mi ser se debatía entre huir y acercarme más.
—¿Por qué yo? —pregunté, incapaz de controlar mi curiosidad.
—Porque hay algo en ti —dijo, con voz baja y grave—. Algo que no debería interesarme, y aun así lo hace.
Esa respuesta me dejó sin aliento. Era tan enigmático como peligroso. Mi corazón latía con fuerza, y por un momento, sentí que el mundo se reducía a nosotros dos, como si nada más importara.
El aire se volvió más denso cuando él dio un paso hacia mí. Cada movimiento suyo parecía medido, calculado, y al mismo tiempo imposible de resistir. No era solo la proximidad; era algo en su aura, en la forma en que sus ojos rojos brillaban bajo la luz de la tarde, que hacía que mis piernas temblaran sin control.
—Valeria… —susurró, acercando su rostro al mío—, hay cosas sobre mí que no puedes imaginar. Cosas que podrían asustarte, pero que… aún así, podrían fascinarte.
—No quiero tener miedo —dije, intentando mantener la voz firme, aunque sentía que todo mi cuerpo se derretía bajo su mirada—.
—Eso es ingenuo —replicó, ladeando la cabeza—. Y aun así, me gusta.
El efecto de su voz era hipnótico. Cada palabra me envolvía, como si pudiera tocar mi mente, y por un instante, me sentí atrapada, completamente a su merced. Y quería estarlo.
—¿Qué eres? —pregunté, sabiendo que la respuesta me marcaría para siempre.
—No soy humano —susurró—. No del todo. Soy lo que otros llaman un vampiro. Y sí… eso significa que puedo vivir siglos, que mis sentidos son más agudos de lo normal, que puedo herirte sin quererlo… o protegerte para siempre.
Mi respiración se cortó. Lo que me decía era aterrador, y sin embargo, había una extraña belleza en su confesión. Lo que más me inquietaba no era su poder; era cómo me miraba mientras hablaba, como si de alguna forma mi corazón fuera suyo antes incluso de que pudiera decidirlo.
Un instante de silencio nos envolvió. Solo el sonido de hojas secas arrastradas por el viento y nuestro propio aliento rompía la quietud. Y entonces, ocurrió.
Se inclinó hacia mí, lentamente, tan cerca que podía sentir su aliento frío en mi piel. La cercanía me hizo estremecerme, y algo dentro de mí gritaba que debía alejarme, pero otra parte… otra parte deseaba que continuara.
—No entiendo… —murmuré, apenas audible—. ¿Por qué yo?
Sus ojos brillaron más intensamente, y esa mirada roja, ardiente, parecía atravesarme.
—Porque eres diferente —susurró—. Porque tu humanidad… tu fragilidad… me llama. Y porque, aunque no lo sepas, hay algo en ti que siempre he buscado.
No podía respirar. Todo mi cuerpo estaba en tensión, cada fibra atrapada entre miedo y deseo. Él estaba tan cerca que podía tocar mi rostro con la punta de sus dedos, y la idea de que lo hiciera me hacía temblar de emoción y terror al mismo tiempo.
De repente, rozó suavemente mi mejilla. Mi piel se erizó, y sentí que el mundo desaparecía alrededor. Sus ojos rojos no solo me miraban; me leían, como si conocieran cada pensamiento, cada secreto que yo guardaba incluso de mí misma.
—No puedo prometer que esto será fácil —dijo, su voz apenas un susurro que vibraba dentro de mí—. Pero sí puedo prometerte que no te dejaré sola.
Mi corazón latía tan fuerte que creí que podía escucharlo en sus oídos. Era imposible, aterrador, intoxicante. Y, aun así, no quería que se apartara.
—No quiero huir de ti —confesé, aunque apenas podía creer que lo decía en voz alta.
Él sonrió, esa sonrisa oscura y peligrosa que me volvía loca. Se inclinó aún más, y por un instante que pareció eterno, sus labios rozaron los míos. Apenas un contacto, un roce leve, pero suficiente para que mi cuerpo entero se estremeciera y para que supiera que nada volvería a ser igual.
—Recuerda esto —susurró, separándose apenas un poco—. Mis ojos rojos no solo ven, Valeria… también sienten. Y ahora sienten por ti.
Mi respiración se aceleró, y mis piernas flaquearon. Él había dejado claro su poder, su misterio, su peligro… y también había dejado una promesa que ardía en el aire entre nosotros. Una promesa que me hacía querer más, aunque supiera que acercarme significaba arriesgarlo todo.
Se dio la vuelta lentamente, desapareciendo entre las sombras del jardín. Pero la sensación de su presencia, de sus ojos ardientes sobre mí, quedó grabada en mi piel, en mi mente, en mi corazón.
Su misterio no estaba solo en los ojos rojos. Estaba en él. Y yo… ya no podía resistirme.