Bastardo

1069 Words
Estar en los brazos de Leonardo, para Dara fue como un sueño, un sueño hecho realidad, algo indescriptible, algo que solo pudo tocar con la punta de su alma. Solo que después de ese momento tan mágico, Leonardo estaba viviendo la peor de sus batallas, si, era cierto, había prometido entregar su vida a Dios, pero acaba de romper lo más sagrado para el, y de paso para su madre. Pero ya no podía echar el tiempo atrás, Dara se había tatuado en lo más profundo de su ser, y después de tenerla en sus brazos, y por primera vez, en mucho tiempo, su corazón había vuelto a latir, a vivir. Dara alzó su mirada, y aunque se sentía flotando en una nube, no pudo evitar sentirse culpable. Leonardo bajo su mirada y vio la mirada intensa de Dara sabré el. —¿Dime qué no te arrepientes de lo que acaba de suceder entre los dos? —dijo Leonardo tomando del mentón de Dara. —Nunca, soy la mujer más feliz de este mundo, solo que tal vez no sea yo la mujer correcta —dijo ella mientras acariciaba el torso desnudo de Leonardo. —¡Correcta! —dijo él alzando sus cejas. —Si, sabes de dónde vengo, o mejor dicho a qué me dedicaba, y tal vez creo que lo que acaba de pasar entre los dos no fue lo correcto —dijo ella, mientras en su pecho sentía un pequeño punzón. —Dara eres una mujer hermosa, especial, y yo no soy nadie para hablar de ti pasado, por qué se que es pasado, y en cuanto a lo que acaba de pasar, no me arrepiento, y tú deberías hacer lo mismo. Además ya veremos que hacemos cuando volvamos a la ciudad. Dara se tensó de inmediato, ella no había pensado en las consecuencias, y mucho menos en Benjamín, ahora sí estaba perdida, además, ¿Cómo le diría a Leonardo que seguí siendo la misma prostituta?, que por Benjamín ella tenía que seguir dando amor cada noche a distintos hombres, y que de paso había roto la promesa que le había hecho días atrás. Después de unas horas el cielo volvió a brillar, así que Leonardo se colocó su atuendo, y dijo a Dara que lo esperara mientras él iba por su moto, no sin antes dejar un suave beso en los labios de ella. Oliver quien observaba atentamente como Leonardo se despedía de Dara, se hizo a un lado para evitar que lo vieran Leonardo salió en busca de la moto, ya no habían podido ir al lugar que tanto le quería mostrar a Dara, ahora solo quería volver a casa, aclarar sus sentimientos, y tal vez pedir tiempo con el monseñor, después de lo que acaba de hacer el no podía seguir en la iglesia. El camino hasta llegar a dónde se encontraba su moto, la miró y no dejo de sonreír, sin pensarlo estaba volviendo hacer el hombre que alguna vez fue, el que amaba la velocidad, el que amaba sonreír, y vivir su vida al máximo, quien diría que Dara volvería a traer ese hombre de nuevo. Oliver espero unos cuanto minutos, y se cercioró que Leonardo no volviera, llevó sus manos a los pantalones y lamió sus labios la crr que Dara seguía prácticamente desnuda en la cabaña. Por supuesto que hablaría con su jefe, pero antes probaría de lo que llevaba tiempo deseando, a ella. Dara se abrazó y sonrió después de recordar los momentos que acaba de vivir al lado de Leonardo, pero un golpe en la puerta hizo que pegara un brinco, se puso la camisa a su rededor y fue abrir la puerta, tal vez Leonardo estaba en apuros con Antonella, pensó ella. —¡Hola muñequita! —dijo Oliver al ver que la puerta se abrió. Dara abrió sus ojos de par en par, intentó cerrar la puerta rápidamente, solo que Oliver alcanzó a colocar el pie, evitando que está se cerrará. Oliver alzó sus manos y empujó la puerta con gran fuerza, haciendo que Dara cayera al piso. —Esa es la manera de recibir a los amigos, no, no, eso no se hace —dijo Oliver moviendo sus dedos de lado a lado, mientras entraba a la cabaña. Dara lo miró aterrada y empezó a echarse hacia atrás. —¿No me digas que no estás feliz de verme? ¿Por qué yo sí lo estoy? —dijo, con una de sus manos cerró la puerta, y empezó a caminar detrás de Dara, quien todavía se encontraba en el piso, solo que su cuerpo se arrastraba hacia atrás. —¡Largo!, ¡Largo! —gritó ella. —Así grites fuerte el padrecito no va a venir, que a propósito, ¿Cómo le hiciste para acostarte con un sacerdote? —dijo Oliver. Dara como pudo se puso de pie rápidamente, y empezó a retroceder, sus ojos miraron a lado a lado, debía haber algo con que se pudiera defender, o al menos eso pedía. —No me tengas miedo, yo quiero un poco de lo que le diste al padre, solo un poquito, por supuesto se que a ti no te cuesta absolutamente nada —dijo él, mientras se acercaba más a ella. —Eso nunca, maldito bastardo —gritó ella, tan pronto vio un palo lo tomo en sus manos. —Jajaja, No te tengo miedo muñequita, ¡Mira mi cara!, mira mis ojos, ¿Acaso crees que te tengo miedo? —dijo Oliver mostrándole lo que ella le había hecho meses atrás. —Eso te pasa por bastardo, y te juro que si no te largas, voy acabar con ese pedazo de basura que llevas en medio de las piernas —dijo ella, su camisa cayó al piso al mismo tiempo que ella levantó sus manos para amenazar a Oliver, quien llevó sus manos al medio de sus piernas y tomó su m*****o, y lamía si boca. —Yo solo veo dos salidas; la primera es que tú misma me vas a dar lo que le diste al padrecito, o de lo contrario seré yo quien te tome a la fuerza, ah, y si no aceptas lo que te estoy pidiendo a las buenas, estás fotos que acabe de tomar, dónde tú muy feliz te revolcabas con el padre irán directo a Benjamín, y a ti no te conviene, ¿Verdad? ..
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