Capítulo 4: El seductor señor Miller
A la mañana siguiente, llegué con un ligero dolor en la parte de atrás de la cabeza de la resaca, que se burlaba de mí por haber tomado más vino de la cuenta. A pesar de eso, mientras subía en el ascensor hasta el piso diez, no iba lamentando la resaca todo lo que debía. Mis alternativas habían sido: o bien demasiado alcohol, o bien una sesión de vibrador, y no me daba la gana de tener un orgasmo dedicado a un sujeto que no conocía.
Puse mis cosas en el último cajón del escritorio y al ver que mi jefe Pablo todavía no había llegado me levanté para buscar una taza de café y volví a mi pequeña oficina.
—¡Bella Grecy!
Me levanté rápidamente cuando apareció a mi lado, con su enorme sonrisa que podía elevarle el humor a cualquiera.
—Buenos días, Pablo.
—Hermosísimos días, sí lo creo. Ven a mi despacho y trae el blog de notas ¿Puedes quedarte hoy un poco más tarde?
Afirmé con la cabeza, aun estaba bajo los efectos de la resaca de anoche.
—Pues claro. —dije.
—Esperaba que dijeras eso.
Entramos a su oficina, y nos pusimos en el trabajo, había un jugoso contrato muy importante.
—Esperemos conseguir ese contrato. Todavía tenemos que presentar la oferta si conseguimos pasar la fase de solicitud de propuesta.
Todo era un proceso.
Primero los jefes, luego los encargos y al tener el visto bueno se empezaba todo.
—¿Qué opinión tienes de Reyes del licor?
Lo unico que sé es que estamos haciendo contrato con ellos, nada más
—Sinceramente, no los conocía hasta ahora —admito.
El se encoje de hombros y afirma con la cabeza.
—Creía que era yo el único. Bueno, la ventaja que tiene eso es que tampoco sabemos nada negativo. Quiero que investiges a Reyes del licor —se echó hacia atrás— Toma nota...
Empecé a escribir todas las cosas que debía de hacer para la propuesta.
Ni siquiera hicimos pausa para comer y seguíamos en la oficina mucho después de que se hubiera quedado vacía como al rededor de las 7, cuando sonó el teléfono de mi jefe él miró el teléfono y lo dejó en altavoz.
—Hola amor —dijo Pablo.
Me imaginaba que era su esposa.
—¿Ha comido ya esa pobre mujer? —preguntó una cálida voz masculina por la línea telefónica.
Uhm... ¿esposo?
Pablo me miró a través del cristal de su despacho y respondió:
—Oh...
Yo aparté la vista, sin querer que me viera, realmente tanto trabajo y la resaca se me había quitado el hambre.
A través del teléfono se oyó claramente un suspiro.
—Sólo lleva dos días en el puesto y ya la quieres explotar —replicó— te va a dejar solo, por eso ninguna ayudante te dura.
—¡Uhm! Tienes razón. Amor...
—Pregúntale si le gusta la comida china.
Le indiqué a Pablo que sí levantando un pulgar y afirmando con la cabeza.
Ya mi estomago empezó a gruñir.
Él sonrió.
—Sí.
—Vale. Estaré ahí dentro de veinte minutos —dijo—. Avisa a los de seguridad de que voy a entrar.
Casi exactamente veinte minutos después, el novio, esposo o amante de Pablo llegó con la comida. Nos sentamos los tres a la mesa de Pablo, estaba delicioso realmente, o no sabía si era el hambre que cargaba. Me impresionó ver cómo se trataban el uno al otro y sentí un poquito de envidia. Su relación funcionaba tan bien que era un verdadero placer pasar el tiempo con ellos y no una tortura como otras parejas que parecen querer matarse a machetazos.
Cuando terminamos de cenar, eran casi las ocho y el personal de limpieza ya había llegado. Pablo insistió en pedirme un taxi.
—¿Tengo que venir mañana temprano? —le pregunté, realmente estaba agotada.
—Solo a la hora norma.
La hora normal, era temprano.
Pablo y yo pasamos el resto del jueves desde temprano para estar listos a las cuatro, la hora de la reunión con el grupo de los Reyes del licor. Tomamos un almuerzo rápido con los dos creativos que iban a participar en la negociación cuando se llegara a esa fase del proceso; después, repasamos las notas sobre la presencia de ellos, trabajo, tras, trabajo.
Me puse un poco nerviosa cuando llegaron las tres y media de la tarde porque la reunión sería rapida, pero Pablo siguió trabajando aun después de señalarle la hora.
Eran más de las cuatro menos cuarto cuando Pablo salió de su oficina con una abierta sonrisa, y colocándose la chaqueta.
—Bella, ven conmigo.
Le miré desde mi escritorio algo sorprendida.
—¿Hablas en serio?
—Claro, has trabajado mucho ayudándome con los preparativos. ¿No quieres ver cómo salen las cosas?
—Claro que sí.
Me levanté inmediatamente. Consciente de que mi apariencia contribuiría a la impresión de que causara mi jefe, me alisé la falda y me retoqué el maquillaje rápidamente. Por una rara casualidad, el rojo de la blusa combinaba perfectamente con la corbata de Pablo.
Fuimos al ascensor y por un momento me sorprendió que fuéramos hacia arriba en vez de hacia abajo.
Ibamos hacia los directivos.
Mis manos estaban temblando.
Cuando llegamos al último piso, vi que la sala de espera era bastante más grande y elegante. Nos permitieron la entrada y nos dijeron que esperásemos un poco. Ni Pablo ni yo quisimos agua ni café, que nos ofrecieron porque estábamos demasiado nerviosos, y menos de cinco minutos después de llegar nos condujeron a la sala donde sería la reunión.
Pablo me miró con un brillo en los ojos al tiempo que la recepcionista nos abría la puerta.
—¿Preparada?
—Preparada —contesté.
Se abrió la puerta y me indicaron que pasara yo primero. Me aseguré de entrar con una sonrisa radiante, sonrisa que se congeló cuando vi al hombre que se puso en pie en cuanto entré.
Como me detuve de repente, nos atascamos en el umbral y Pablo se chocó contra mi espalda, lanzándome hacia delante. El desconocido que me revuelve las hormonas me agarró por la cintura y me sujetó tan rápido que me pegó de su pecho.
Me quedé en shock.
El aire de mis pulmones se escapó todo de un golpe y, con él, hasta la última pizca de mi sentido común. A pesar de las capas de ropa que nos separaban, notaba con las manos aquellos bíceps como piedras, aquel estómago musculoso en contacto con el mío. Al inspirar profundamente, se me irguieron los pezones tan duros que dolían.
En mi cerebro se mostró una veloz serie de imágenes que me mostraban las mil maneras en que podría tropezar, caer, dar traspiés, resbalar o estrellarme delante de él y también las mil posiciones en las que podíamos intentar y que él me pusiera gustosa.
—Hola, Bella —murmuró su voz profunda la sentí en todo el cuerpo.
Entonces ahora todo encajó en mi cabeza cuando Pablo se disculpó con el señor Miller.
Uno de los grandes jefes.
Sentí mi rostro sonrojarse, estaba avergonzada y a la vez deseosa de que no me soltara, pero no eramos las únicas personas en la sala y eso definitivamente no me ponía nada cómoda.
Como siempre, él iba elegante, y bien guapo y pulcro.
Pablo me ayudó a recuperar el equilibrio sujetándome delicadamente por la espalda. La mirada de Miller se quedó fija en la mano que Pablo tenía en mi brazo hasta que me soltó.
—Buen día, le presento a mi ayudante, Bella Grecy.
—Ya nos conocemos. —dijo Miller me ofreció la silla que estaba junto a la suya.
Le obedecí.
Traté de quedarme quieta las dos horas siguientes mientras a Pablo le preguntaban todo junto con los directivos, todos parecían impresionados por la habilidad de Pablo para exponer el trabajo de la empresa y del cliente.
—Muy bien, señor Teller —dijo Miller al finalizar—. todo excelente.
De repente el señor Miller me miró y preguntó:
—Bella, ¿qué aportarías a la propuesta de Reyes de licor?
Me agarró completamente fuera de base.
La intensidad de su mirada profunda. Era como si lo único que viera fuera a mí.
Es decir ayudé a Pablo a construir este trabajo, sentía que de algun modo estaba atada a él.
—Ya le he dado mi sincera opinión, señor Miller —dije—, pero, si insiste en que se lo diga, creo que poner precios razonables atraerían buenos clientes a un sector muy amplio de la población...
—Es muy cierto. —dijo Miller y acto seguido se levantó y se abrochó la chaqueta—. Señor Teller, ya sabe lo que tomaremos en cuenta. Excelente exposición.
¿Uh?
Me había quedado confundida.
Pero... a la vez feliz de que lo hubieran aprobado.
Pablo en cambio estaba muy feliz.
Me puse en pie y me dirigí hacia la puerta con Pablo apenas iba a empezar a hablar cuando me callé de golpe al ver que el mismísimo Miller iba a un lado de nosotros siguiéndonos.
Nos acompañóhasta los ascensores hablando con Pablo, cuando llegó nuestro ascensor, suspiré de alivio porque por fin podria respirar correctamente y me dispuse a entrar rápidamente con Pablo, pero sentí que el señor Miller me agarró del brazo.
—Un momento, Bella —dijo Miller y miró a Pablo—. Dame un momento con ella, quiero preguntarle unas cosas.
Pablo afirmó con la cabeza y bajó, me imaginaba que quería hablar de detalles del proyecto, pero cuando el señor Miller se volteó hacia mí, tuve que alzar la vista encontrándome con sus ojos azules, aun no me soltaba haciendo que esa tensión entre los dos y esa calentura me cubriera todo el cuerpo.
Necesitaba calmarme, necesitaba olvidar esto porque se suponía que era profesional no una loca ninfómana que quería saltarle encima al jefe.
El sonrió un poco, sus ojos bajaron a mis labios y susurró:
—¿Te acuestas con alguien?