Capítulo 5: Las propuestas indecentes

2216 Words
Capítulo 5: Las propuestas indecentes Hizo la pregunta con tanta naturalidad, que me costó un poco procesarla. ¿Qué yo qué? Casi me ahogué con mi propia saliva. —¿Por qué quiere saberlo? —repliqué casi ofendida. Él se quedó mirándome como si esperara realmente que le fuera a contestar, y yo percibí lo mismo que había percibido la primera vez que nos vimos: una tensión s*x,ual que me llamaba, como si me atrajera de una forma fuerte hacia él. —Porque no me gusta compartir, Bella, y necesito saber si hay algún obstáculo. ¿Uh? Joder, pero que directo que era este hombre. Sentí que mis mejillas se sonrojaban. —¿Qué le hace pensar en que yo estoy interesada en usted? —pregunté. Además de que de seguro se me veía como luces de neon la palabra “follame” en la frente. Él sonrió y sentí que se me alborotó el utero, no podía estar más guapo. No entendía como estar cerca de él me hacía sentir tan excitada como nunca en mi vida. Nunca antes había experimentado una atracción tan fuerte por nadie. El ascensor sonó ante mi llamado y me sobresalté. Tenía que calmarme. Entré en el ascensor y me volví hacia él. —Nos vemos, Bella —dijo sin borrar esa leve sonrisa de su rostro. Se cerraron las puertas y yo me apoyé en el pasamanos de metal, intentando recuperar el control de mí misma. Apenas lo había conseguido cuando las puertas se abrieron y vi a Pablo que paseaba a que yo llegara en el ascensor. —¿Pero qué ocurrió? —preguntó asustado. —No... no lo sé —tartamudee—. Dijo, lo que ya sabes, que va a dar el contrato. Él suspiró. —Vale, me asusté, bueno, ¿lo celebramos? —Es que quiero dormir —dije. Tantas horas sin dormir ya estaban pasando factura, él de todas formas iría con su pareja, así que no me sentía mal por eso. Estaba temblorosa. Al volver me metí en mi cubículo para recuperar el aliento y entonces por fin luego cuando se hizo la hora llegué a mi casa a contarle todo a Nicolas. —¿Que te dijo qué? Sentado al otro extremo Nicolas movió la cabeza en señal de reproche. —Ujum —me bebí el agua como si fuera whisky—. Ésa fue mi reacción también. Todavía me preguntaba si todo esto fue un sueño o si de verdad lo había vivido, en efecto, sí lo había vivido y me acaloraba cada vez que lo recordaba. —¿Entonces qué harás? —preguntó. —No lo sé. —¿Te lo vas a follar? —¡No! Es que no lo conozco. —Parece que mientes —replicó andando su telefono. Nicolas le dio la vuelta al telefono y me enseñó la página inicial de la industria Miller. —Aquí está su edificio, Bella. Ares Miller es el dueño. Ares. El nombre de un dios le iba muy bien. Era tan sexy, elegante y masculino como él. —Es guapo, rico y quiere revolcarte —dijo Nicolas—. ¿Pero qué es lo que te pasa a ti que no te le abres de piernas y le ruegas que te haga 10 hijos? Me quedé mirándolo. —No jodas. Espero conservar mi empleo durante mucho tiempo, porque realmente me gusta mi trabajo. Gracias a él he aprendido un montón. —Estas oportunidades no suceden dos veces en la vida cariño. —Puedo vivir con eso. —Tiene 28 —dijo— Piensa en su polla. —No me gusta sentirme como una v****a con piernas. Nicolas me miró con lástima. —Lo siento. Eres muy fuerte, mucho más fuerte que yo, pero no quiero verte cargando con el mismo equipaje. —No creo que normalmente sea así. —Aparté la mirada porque no quería hablar de lo que habíamos sufrido en el pasado—. Y no se trata de que me pida una cita para salir, pero tiene que haber una manera mejor de decirle a una mujer que quieres llevártela a la cama. —Tienes razón. Es un idiota engreído. Déjale que suspire por ti hasta que se le pongan moradas las pelotas. Se lo tiene merecido. Eso me hizo sonreír. Nicolas siempre lo conseguía. —Dudo mucho de que ese hombre haya tenido alguna vez las pelotas moradas en toda su vida... Nicolas siguió hablando de lo guapo que estaba y cambiamos el tema a lo que haríamos ahora para ocupar el tiempo. Yo le seguí la conversación, sin embargo estaba pensando en Ares Miller y mordí mis labios al recordar su propuesta. *********** —Dudo que tus padres vayan a permitirte volver aquí —dijo Nicolas, observando el estudio que usaba el entrenador Jeferson para las clases. —Nadie tiene que decirles, y mi madre, mi padrastro realmente me da igual. —No me gusta —dijo Nicolas—. esto del Krav Maga es de contacto pleno. Y si no te delatan los moratones, tu padrastro se enterará de alguna forma. Siempre lo hace. —Me da igual —dije mirando a Jeferson era un buen instructor. Paciente y riguroso, explicaba las cosas de una manera fácil de entender. Su estudio estaba en un barrio conflictivo, pero pensé que resultaba apropiado para lo que él enseñaba. Qué mejor que aquel inmenso almacén vacío para aprender defensa personal en situaciones reales. —El entrenador está bien guapo —dijo Nicolas. —También casado. —Ya lo vi. —dijo triste. Jeferson se reunió con nosotros cuando terminó la clase, —¿Qué te parece, Bella? —pregunta. —Quiero entrar —afirmo. Quiero aprender esto, además de que me ayudaría a liberar estrés. Él sonrió. * Vaya, el viernes comenzó de manera abrumadora. Mi jefe Pablo Teller me explicó el proceso de recoger información para una solicitud de propuesta, y me habló un poco más acerca de Ares Miller, señalando que él y Miller tenían la misma edad. —A veces tengo que recordármelo —dijo Pablo—. Resulta fácil olvidarse de lo joven que es cuando le tienes delante. —Sí —coincidí, en el fondo decepcionada porque no iba a verle en los siguientes dos días. Me fastidiaba, por mucho que me dijera a mí misma que no importaba. No me había dado cuenta de que me emocionaba la posibilidad de que nos encontráramos hasta que esa posibilidad desapareció. No tenía nada ni por asomo tan apasionante planeado para el fin de semana. Estaba tomando notas en el despacho de Pablo cuando oí que sonaba el teléfono de mi mesa. Me disculpé y corrí a cogerlo. —Oficina de Pablo Teller... —Bella, ¿cómo estás? Me dejé caer en la silla al oír la voz de mi padrastro. Me sonaba siempre a alta alcurnia: refinado, altanero y arrogante. —Hilton, Hola, ¿Le pasa algo a mamá? —Sí, todo bien. Y tu madre está maravillosa, como siempre. Se le suavizaba el tono de voz cuando hablaba de su mujer, sonrio, me gusta que la trate bien. —Bien —respondí aliviada. —Bella ¿que tal si comemos hoy? —¿Hoy? Pero si nos vamos a ver mañana por la noche. —Quiero también que sea hoy. —Pero sólo dispongo de una hora para almorzar. Sentir una palmadita en el hombro y vi a Pablo a la entrada de mi cubículo. —Tómate dos —susurró—. Te lo has ganado. Suspiré y articulé un gracias para que él me leyera los labios. —¿Vale, a las 12? —Sí, nos vemos, hasta entonces. Me parecía muy extraño. A las 12 el chofer de mi padrastro me vino a buscar, era lo que más me incomodaba de esto, que mi madre dejo a mi padre por un hombre adinerado. Estabamos frente a frente, yo no sabía qué decir más que ojear el menú. —Estás preciosa, Bella —comenta. —Gracias. —respondo me parecía a mi madre en los ojos grises. Pedimos y trajeron nuestras comidas. Estaba deliciosa y yo, hambrienta. Me alegré de que Hilton no se pusiera a hablar inmediatamente, y así poder disfrutar de la comida, pero el aplazamiento no duró mucho. Como lo supuso Nicolas, me trajo para hablar acerca del Krag Maga y que desistiera de practicar. Giré los ojos y evidentemente me negué, pero sacó la carta más baja. —Eras una niña, Bella, y ella se siente culpable de no haberte protegido en aquel momento. —Separa los dos temas —dije. —Tiene fácil arreglo. Deja de trabajar. He hablado con mi chofer. Él te llevará cuando tengas que aventurarte a entrar en Brooklyn. Está todo arreglado. Eso te resultará mucho más práctico. —No trates de tergiversarlo para que parezca que es en beneficio mío. —Replico—. Soy una adulta. Tomo mis propias decisiones. —¡No me hables en ese tono, Bella! Yo simplemente cuido de tu madre. Y de ti. Me separé de la mesa de un empujón. —Es culpa tuya. Eres tú quien no deja que se cure, y me enfermas a mí también. —Siéntate. Tienes que comer. —Tengo que volver al trabajo. Me di la vuelta y me dirigí furiosa hacia la puerta para salir de allí lo antes posible. Iba echando humo en el asiento de atrás del coche en el que el chofer de mi padrastro me llevaba de vuelta al centro de la ciudad. Seguía con el ánimo decaído cuando llegamos a la agencia Miller. Me quedé plantada en la acera llena de gente, mirando a un lado y a otro de la ajetreada calle en busca de una tienda donde pudiera comprar un poco de chocolate a ver si se me elevaba el animo. Al final di una vuelta a la manzana y compré media docena de chocolatinas en la tienda de la esquina antes de volver al trabajo.. Llevaba fuera alrededor de una hora, pero no pensaba hacer uso del tiempo extra que me había concedido Pablo. Mientras entraba en un ascensor vacío, rasgué el envoltorio de una de las chocolatinas y la emprendí a mordiscos con ella. De repente el ascensor se detuvo y se abrieron las puertas y allí estaba Ares Miller hablando con otros dos caballeros. Como siempre, me quedé sin respiración al verle, lo cual reavivó la irritación, que estaba empezando a sentir por él por las miles de cosas que despertaba en mí. Él se giró y, al verme, sus labios se curvaron en una sonrisa lenta, de infarto. Joder. Pareció de repente serio cuando se volteó a sus acompañantes diciendo: —Luego terminamos. Al entrar en el ascensor, levantó una mano para que no se subieran y ellos le obedecieron. Yo me quería morir. Quería que la tierra me tragara. Pensé que lo mejor para mi salud mental era salir y tomar otro ascensor, así que intenté irme. —No tan deprisa, Bella. —Ares Miller me agarró del codo y tiró de mí hacia atrás. Se cerraron las puertas y el ascensor se puso en marcha suavemente. —¿Qué se supone que hace? —pregunté. Ares Miller no me soltó. Nuevamente aquí estaba la intensidad que me atraía a él. —Algo pasa. Aquella conocida electricidad volvió a chisporrotear entre nosotros, con mucha más fuerza, por lo furiosa que estaba yo. —Usted. —¿Yo? —respondió con esa sonrisa. Lo veía jodidamente guapo y a la vez estba mas molesta por pensar eso. —No estoy de humor para usted, señor Miller. Él observaba cómo la aguja de estilo antiguo que había encima de las puertas iba marcando el piso al que llegábamos. —Yo puedo hacer que lo estés. —No estoy interesada. Miller me miró. —Nada de mentiras, Bella. Nunca. Sentí mi rostro enrojecer. —Sí me siento atraida. Pero no tengo el menor interés en hacer nada al respecto. —solté. Entonces sonrió, girándose pausadamente. —La palabra atracción se queda corta para describir —señaló el espacio que había entre nosotros—... esto. —Creerás que estoy loca, pero para que me desnude e intercambie sudores con alguien, antes tiene que gustarme ese alguien. —No, loca, no —dijo él—. Pero yo no tengo ni tiempo ni ganas de salir con nadie. —Ya somos dos. Me alegro de que lo hayamos aclarado. Se me acercó un poco más, levantando una mano hacia mi cara. Me obligué a no apartarme ni darle la satisfacción de ver que me intimidaba. Me recorrió un escalofrío. Se le oscureció la mirada y bajó la voz hasta darle un tono de intimidad. —El amor romántico no está en mi repertorio, Bella. Pero sí mil maneras de conseguir que te corras. Déjame que te lo demuestre. El ascensor se paró de golpe y se abrieron las puertas de la presidencia. Retrocedí hasta el rincón y le dije que se largara con un gesto de la mano. —En serio, no me interesa. —Vamos a discutirlo. —Miller me tomó por el codo y suavemente, pero con insistencia, me exhortó a salir. Y lo hice, le obedecí.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD