Capítulo 7: La interrupción
Me incorporé a toda prisa, estirándome la falda al escuchar esa voz, pero luego entendí que solo había sido el teléfono en altavoz.
Ares se rió un poco porque también se había asustado, tenía la cara roja, el ceño fruncido y respirando agitadamente.
Miré la hora era tarde para volver al trabajo, iban a regañarme.
—Oh joder —silbó entre dientes—. Se me fueron los tapones.
A mi de seguro que también.
Me intenté recomponer un poco.
—Espera —dijo y se acercó nuevamente hacia mí.
Disgustada por lo que había estado a punto de ocurrir cuando debía estar trabajando, le di un manotazo.
—Basta ya. Déjeme en paz.
—Bella quedate tranquila —dijo en tono grave arreglándome los botones que se me habían suelto—. Arréglate el cabello.
Miller recuperó la chaqueta y se la puso antes de colocarse bien la corbata, ni siquiera me había dado cuenta que se la había quitado.
Llegamos a la puerta al mismo tiempo, y cuando me agaché para recoger el bolso, él se inclinó conmigo.
Me cogió por la barbilla y me obligó a mirarle.
—Eh, ¿te encuentras bien? —me preguntó suavemente.
Me ardía la garganta. Estaba excitada, furiosa y de lo más abochornada. Nunca en la vida había perdido la cabeza de aquella manera. Y me sentaba fatal que hubiera ocurrido precisamente con él, un hombre cuya actitud hacia la intimidad s****l era tan fría que me deprimía con sólo pensarlo.
Sacudí la cabeza para que me soltara la barbilla.
—¿Cómo estoy?
—Preciosa y como para follate —dijo—. Te deseo tanto que me hace daño.
Tragué pesadamente saliva dándome cuenta de que no me sentía ofendida. La verdad era que aquella crudeza tenía un tremendo
efecto en mí y en el resto de mi cuerpo. Con las piernas temblorosas y apretando firmemente la correa del bolso, sentía la tremenda necesidad de huir de aquel hombre. Y cuando terminara mi jornada, quería estar sola con una buena copa de vino.
Miller seguía junto a mí.
—Ahora voy a ocuparme pero cuando termine iré a buscarte.
—No, no venga. Esto no cambia nada. —dije.
Él sonrió, lo pero de todo era que le divertía mi actitud.
—Ya lo creo que sí. —dijo.
—No sea pretencioso, Miller —dije—. No quiero lo que quiere usted.
—Claro que lo quieres; lo que pasa es que no te gusta el modo en que yo pretendo dártelo —dijo—. Así que volveremos a vernos y repasaremos.
Frunzo el ceño.
Este parece otro negocio. Preparado de antemano. Se me tensó todo el cuerpo. Puse una mano sobre la suya e hice girar el pomo para salir de allí.
El secretario de Miller, boquiabierto, se levantó inmediatamente, lo mismo que las tres personas, una mujer y dos hombres, que estaban esperando a Ares.
Los escuché hablar detrás de mí.
—Mi secretario les acompañará a mi despacho. Yo llegaré enseguida.
El señor Ares Miller me alcanzó por la zona de recepción y me pasó el brazo por detrás a la altura de la cadera. No quería montar un numerito, así que esperé hasta llegar a los ascensores para zafarme de su toque.
Es que entre más me insistía más me molestaba porque quería negarme pero no lo lograba.
Estaba rendida pero con un muro que se negaba a aceptarlo.
Él pareció tranquilo y apretó el botón de llamada.
Yo no aparté la vista de la tecla encendida.
—Tengo muchas cosas que hacer. —dije.
—Pues mañana. —insisitó.
—Voy a estar muy ocupada todo el fin de semana. —inventé.
—¿Con quién? —me preguntó impulsivamente, acercándose mucho a mí.
—A usted no le...
Me tapó la boca con la mano.
—No sigas. Dime tú cuándo, entonces. Y, antes de que contestes que nunca, mírame y dime si soy la clase de hombre a quien se rechaza así como así.
Tenía el gesto firme, los ojos entrecerrados y la mirada resuelta. Yo me estremecí.
Joder, como me ponía que fuera así de dominante, su simple toque hizo que todo el cuerpo se me volviera a calentar en cuestión de segundos.
No estaba nada segura de ganarle la batalla de la tenacidad a Ares Miller.
Tragué saliva, y esperé hasta que retiró la mano.
—Creo que ambos tenemos que tomarnos tiempo para pensar. —dije.
—El lunes, al salir del trabajo —insistió.
Llegó el ascensor y entré, cuando me enfrenté a su mirada dije:
—El lunes, a la hora de comer.
Sólo tendríamos una hora. Escapatoria garantizada.
—Va a suceder, Bella —dijo, justo antes de que se cerraran las puertas, y sonó más como una amenaza que como un promesa.
Y no sabía por qué, esa amenaza me encantó.
Es que realmente me encantaba tentar al diablo y jugar con fuego.
—No te apures, Bella —me tranquilizó Pablo cuando llegué hasta mi mesa casi a las dos y cuarto—, que no te has perdido nada. Yo he comido tarde y acabo de llegar.
—Gracias. —respondo simplemente.
Mi mente estaba echa un caos por un puto mandón que me lograba erizar la piel.
Trabajamos sin interrupción hasta las cinco.
Acababa de cerrar el ordenador y estaba a punto de sacar el bolso del cajón, cuando sonó el teléfono. Eché un vistazo al reloj y vi que eran exactamente las cinco, así que contemplé la posibilidad de no hacer caso a la llamada, teniendo en cuenta que, estrictamente hablando, mi jornada había terminado. Pero ni modo, seguía aquí, así que contesté.
Era mi madre.
Solté un suspiro, la saludé con normalidad, pero saber el drama que se acercaba, me empezaba a fastidiar.
—Hola, mamá, ¿cómo estás?
—Muy bien, gracias. —dijo—. Aquí hablando contigo a pesar de que tu casi nunca me llamas...
Aquí vamos...
Despues de escuchar una larga, largaaa queja de su vida me di cuenta de que estaba tocando otra vez la puerta de la depresión.
—Mamá, creo que es hora de que vayamos juntas de nuevo a la consulta —le dije.
—Uhm, solo si vas conmigo.
Uhm, eso no me gustaba.
Cambié de tema.
—Me gusta mucho mi nuevo trabajo.
—Eso es estupendo, Bella. ¿Te trata bien tu jefe?
—Sí, es fantástico. No podría ser mejor.
—¿Es guapo?
—Sí, mucho. Pero no está libre —contesté, y sonreí.
—¡Qué pena! Los mejores nunca lo están.
Ella se rio y mi sonrisa se hizo más abierta.
Me encantaba que estuviera contenta. Ojalá lo estuviera con más frecuencia en vez de estar en esa linea depresiva.
—Voy a ir mañana en la cena benéfica, ¿quisieras ir con nosotros?
Aprieto los labios, claro que no quiero.
Pasar horas con mi padrastro y mi mamá no es la idea más apetitosa del mundo.
—Vamos a pasarlo bien —dijo mi madre entrecortadamente—. Tú, Hilton y yo. Podemos ir por un masaje, estoy segura de que te vendría bien un masaje después de trabajar.
—Yo no voy a rechazarlo —acepto—, por supuesto, y sé que a Hilton le encantará.
Ella sonríe.
Lo percibo.
No quiero que esté triste.
—Estaremos listos. —dice.
Cuando colgué, me recliné en la silla y suspiré por un baño caliente y rogando un orgasmo después de tanta calentura que lograba aliviarme.