III. Los famosos y sus cosas

1996 Words
Capítulo 3   ANGELO WERNER   Solté un grito de frustración cuando no encontré mi teléfono en mis bolsillos y fue cuando recordé que lo había estrellado contra el piso. «Bravo Ángelo, excelente cabeza hueca». Me monté en mi auto y comencé a hacer toda una rabieta expresando mi frustración, golpeé el volante como si eso tuviera la culpa de todo sintiendo el sudor recorrerme la frente. «Ya hijo de puta piensa». Tomé una profunda respiración como me había dicho el psiquiatra y el psicólogo, mis ojos se dirigieron al retrovisor y sonreí, como siempre ahí estaba mi fiel guarda espaldas, me bajé a hablar con él, necesitaba que me diera su teléfono.   KIARA CRAFT   Por fin habíamos aterrizado en Roma, bajé del avión directo a buscar mi maleta sintiendo el nuevo aire de un nuevo país llenarme y haciéndome disfrutar de la agradable y diferente vista del amanecer, lo único bueno de tener una pierna rota es que parecía haber una atención especial hacia mí, me llevaron en silla de ruedas para que tomara mi maleta y solo entonces me acompañaron a tomar el taxi. El fotógrafo que andaba conmigo me explicaba que había muchos sitios en Italia para ver y disfrutar, realmente me llamaba mucho la atención conocer Italia; nunca había venido. Yo iba a quedarme en la casa de Lana que según la dirección que me envió quedaba en el centro y Vicencio también iba cerca, así que compartiríamos el mismo taxi. Definitivamente esto era lo que necesitaba para despejar mi mente; otro aire, me hacia olvidar por unos segundos que mi corazón estaba completamente destrozado. Íbamos saliendo cuando de repente una chica se acercó casi la atropellamos cuando se interpuso enfrente de la silla de ruedas. —Disculpe —dijo la chica con los ojos brillosos y un gesto un poco nervioso—, ¿usted es Kiara Craft? —Sí —dije confusa, ¿acaso Ángelo la había mandado a buscar? Pensar eso me dio una fuerte ilusión en el pecho, pero luego noté como ella me enseñó su libro… Era un libro que yo había escrito. —¿Podría darme su autógrafo? —me pidió. Sonreí amablemente, pero no pude evitar sentir que algo se había desinflado en mi pecho al saber que Ángelo no estaba y que probablemente ni siquiera había notado mi ausencia por estar con aquella mujer rubia. Que estúpida debía de verme pensando que iba a venir por mí cuando evidentemente yo no le importaba ni nunca lo hice, alguien que realmente te ama te lo demuestra, tenía que grabármelo en la cabeza y repetirlo hasta que por fin lo comprendiera. Pero dolía pensar que esas ilusiones de un futuro juntos simplemente ya no existían ni existirían jamás porque no me prefirió a mí sino a él y sus intereses. «Ya basta Kiara, concentrate». —Claro —dije intentando ser amable, tomé el libro que me ofrecía con el lapicero de tinta roja y lo acomodé en mi pierna para apoyarlo mejor—, ¿a nombre de quién? —Cristina Rondan. Le escribí algo lindo, lo firmé y acepté tomarme una foto con ella, al menos me había retocado el maquillaje antes de bajarme del avión para no estar tan fea, menos mal que lo había hecho. —Muchas gracias —dijo Cristina—, me encantan tus historias. —Gracias por leerme —sonreí viéndola a alejarse casi saltando emocionada. Nunca me terminaría de adaptar a esa sensación de alegría de saber que había personas reales leyendo mis escritos; era emocionante. Miré a Vicencio Lacoste que parecía en una especie de estado de shock mirando a la chica que se había ido y luego me miró a mí, pareciendo anonadado. —¿Me he perdido de algo? —dijo con una sonrisa confusa— ¿vi mal o te acaban de pedir un autógrafo? La primera vez que pasó también fue confuso para mí, pero poco a poco me adapté a la idea de que algunas personas me reconocieran. —¿Viste mal? —pregunté en broma, Vicencio entrecerró los ojos pareciendo curioso, pero no fue hasta que nos montamos en el taxi que él insistió en el tema diciendo: —¿Quién eres? —Kiara —dije encogiéndome de hombros al ver que él esperaba más explicación murmuré: — Soy escritora. —Guao —dijo alzando ambas cejas—, a mí también me encanta escribir, claro que solo poemas o cosas así, únicamente para mí. —Que bien —murmuré, realmente no sabía qué más decir. —Me gustaría leer algo de lo que escribes —dijo. «No, no… no, no y no». Es decir, sabia que muchas personas compraban mis libros y además había memes, escritos, frases en internet de eso, pero era extraño para mí que alguien me conociera de una forma normal y luego quisiera leerme, era como si quisieran entrar en mi intimidad y por raro que pareciera me sentía incomoda. —No —murmuré sintiendo sonrojarme—, ¿para qué quieres leer mi porno? Vicencio soltó una carcajada. —Ah —alzó una ceja—, ¿entonces escribes erótico? Sentí sonrojarme más aun, no sabía por qué, pero me sentía algo expuesta, como si por eso él pensara que era una loca pervertida. —No todo —murmuré apartando la mirada—, solo algunas escenas. —Ahora si me das mucha más curiosidad —confesó, su mirada fija en la mía haciéndome sentir nuevamente incomoda, porque sentía algo extraño, como una rara conexión y por más que estuviera enojada por lo que me hizo Ángelo todo era muy reciente y sentía que lo estaba traicionando. Aparté la mirada, antes de que mis ojos se aguaran. «No seas patética Kiara, no vas a comenzar a llorar por ese idiota». Hasta el momento estaba haciendo un buen trabajo, no quería ponerme sensible otra vez. —Me bajo aquí —murmuré al ver que el taxi se detuvo frente al edificio con la dirección que le había indicado, observé a Lana esperándome frente a la puerta junto al portero luciendo su pijama de Bob Esponja—, ahí está mi amiga. No me había dado cuenta de lo mucho que la extrañaba hasta que la volví a ver. —Ten, este es mi número —dijo Vicencio entregándome un papel—, si deseas salir a conocer o simplemente estas aburrida o quieres unas fotos, no dudes en decirme. Sentí sonrojarme. «Basta Kiara, debes parecer un árbol de navidad colorándote a cada rato». —Gracias. —me limité a decir abriendo la puerta y sacando las muletas para poder salir, mi pierna enyesada ya estaba comenzando a picarme un poco la piel, de seguro era por el cambio de clima. Lana soltó un grito corriendo hacia mí y abrazándome y yo grité, pero no del gusto, sino porque me había pisado mi puto pie donde estaba el yeso. —¡Perdón! ¡perdón! —gritó separándose y llevando las manos a su boca, yo me reí en medio del dolor mientras las lágrimas se escurrían de mis ojos en una mezcla de emoción por verla y dolor por mi pierna sensible. —Olvídalo, estoy bien —limpié con el reverso de mi mano mis mejillas. Lana tomó mis maletas y subimos a su piso hablando de absolutamente todo, poniéndonos al día, es decir hablábamos casi todos los días por teléfono y videollamadas, pero vernos era como si la emoción hablara por nosotras. Lana era lo único que me quedaba; como mi hermana, la amaba mucho. Su apartamento era bastante bonito y bien decorado, David estaba trabajando así que teníamos el apartamento para nosotras solas. —¿Y quién era ese con quien compartiste el taxi? —soltó por fin cuando dejó mi maleta a un lado del mueble donde se sentó y yo tomé asiento enfrente soltando un suspiro, creo que tenia que tomarme la medicina, la pierna comenzaba a dolerme un poco. —Un fotógrafo —dije—, se llama Vicencio Lacoste. —Buen chiste —giró los ojos como si estuviera diciendo un disparate—, ahora dime. —No es broma —dije confusa—, me dijo que se llamaba así hasta me sacó una foto. Lana abrió los ojos de par en par y negó con la cabeza sin entender de qué le estaba hablando. —No me jodas —soltó—, ¿En serio? Pero si él es una súper estrella. —¿Ah? —Fruncí el ceño como si estuviera hablándome en mandarín. —Mira —Lana buscó su teléfono el i********: de él y me quedé boquiabierta observando que incluso tenía hasta la cuenta verificada. —No me jodas —susurré tomando su teléfono y viendo las fotos, él tenía muchos premios en galas y fotos con famosos de Hollywood saliendo a comer y en fiestas. —Guao. —solté, me había dejado fotografiar por este hombre e incluso me había dado su número telefónico… ¿Pero por qué aun así no me sentía emocionada u alumbrada? Bueno, yo sabia la respuesta, estaba completamente enamorada de Ángelo de hecho lo había estado toda la vida, obviamente no iba a quitar ese sentimiento por esta persona que había acabado de conocer… además Ángelo también tenia cuenta verificada e incluso yo también, no era como si tuviera que derretirme por eso… …Pero si estaba admirada, lo admitía. —Pero que suerte tienes tu para conseguir a cada tipo importante ¿eh? —dijo Lana soltando una carcajada. —Cada tipo importante —giré los ojos—, no me lo recuerdes. Ella hizo una mueca acercándose a mí y acariciando mi hombro con una pequeña mueca. —¿No has hablado con Ángelo? —preguntó. —Ni me llamó —murmuré—, supongo que, simplemente no le importa. No se había ni siquiera dignado a enviarme un mensaje y eso era lo que me dolía más, entender que le daba igual estar conmigo o no cuando él era el centro de mi mundo y siempre me preocupaba por él. —¿Crees que ya te fue a buscar? —preguntó. Me encogí de hombros y solté un suspiro. —Tal vez ni siquiera él sepa que me fui del país —murmuré con tristeza, de seguro estaba con aquella rubia, el simplemente hecho de imaginarlos juntos, besándose, comiendo, follando, riendo... «No, basta Kiara, no te tortures». —Así es mejor, estar aquí te ayudara a despejarte —dijo Lana levantándose—, ven, ¿Qué tal si hacemos pasta? Aprendí a hacerla, aquí la comen recién sacada de la olla y recién apagando el fuego ¿no es raro? Me puse de pie apoyándome de mis muletas y la seguí, cualquier cosa para despejar mi mente seria bien recibida.   ANGELO WERNER   —¡¿Cómo QUE NO HAY ENTRADAS?! —le grité a mi incompetente agente—, ¡NECESITO UN VUELO PARA YA! Él parecía sorprendido de mi arrebato de ira, pero ya habían pasado demasiadas horas, y cada minuto me estresaba el no saber donde carajos estaba Kiara, ni siquiera me sabia su número y eso era una completa mierda porque se suponía que debía saberme su puto número. —Señor, cálmese por favor —dijo uno de los policías del aeropuerto acercándose a mí era consciente del escándalo que estaba armando y que probablemente esto saldría en todos los medios de comunicación—, le voy a pedir que se retire… —NO ME TOQUE —grité enojado—, ¿QUÉ NO VE QUE MI ESPOSA ME DEJO? —Señor, voy a tener que… —el policía me volvió a agarrar del brazo y le solté un puñetazo en la cara. Después fue que entendí que no debí haberlo hecho, porque de repente todos los policías me cayeron encima tirándome contra el piso y colocándome las esposas en las muñecas diciéndome que estaba detenido. Maldita sea.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD