Capítulo 3

1341 Words
Martina Era domingo y prácticamente mi día de descanso del trabajo en el club, porque de lo que realmente hacía no se descansaba nunca. Era el día donde me olvidaba de todo, incluso de mis nombres falsos, pero mi enfado subía a altos grados de impotencia, porque el día que tenía reservado para olvidar estaba siendo interrumpido por el hombre de aquella noche. Nunca antes había hecho lo que hice, las veces anteriores que he tenido sexo ha habido una intención, una conversación, un me gustas y quiero tener algo contigo, tambien ha habido una cama, una despedida, pero con ese hombre no hubo nada, tan solo sexo, con ese hombre me comporté como una completa imbécil. Mis ojos habían reparado en él desde que estaba sentado en la barra del bar, pero hice creer que miraba a otro lugar, hasta que nuestras miradas se encontraron y los dos intentamos disimular, pero no lo logramos, por lo menos yo lo intenté el resto de la noche, hasta que entró a mi camerino y tuvimos sexo salvaje, una clase de sexo que no había tenido antes. Fue una relación de dos personas que sin mediar palabras se habían dado todo, por completo. Volví al día siguiente a trabajar y mis ojos se pasaron toda la noche buscándolo, pero no lo encontraron y las conversaciones con banqueros y hombres influyentes en la política y otras ramas que no estaban legalizadas pasó desapercibida para mí, olvidando mi verdadero trabajo y eso era algo que no me podía permitir y por ello cada minuto que pasaba odiaba más al hijo de puta de la mirada de hielo. Esa era la descripción perfecta para sus ojos, cuando miraba pareciera que en su alma habitara el huracán más grande de la historia, pero en sus ojos había frialdad, que se confundía con tristeza, pero eso no justificaba mi reacción de esa noche, no justificaba que haya tenido unos momentos imborrables en mi vida para esperarlo las noches siguientes y en vez de estar durmiendo, estar sentada en mi sofá pensando en él. El sonido de mi teléfono me trajo de nuevo a la realidad de lo que era mi vida, una realidad que asumí desde que era niña y empecé a extrañar a mi padre, una realidad que me apasionaba tanto como bailar, porque no importaba que tan dañino sea el mundo mientras existan personas con ganas de aportar e intentar convertirlo en un mejor lugar y a eso dedicó mi padre toda su vida, a intentar hacer del mundo un lugar mejor, no importa lo que otros dijeran, yo lo conocía y sabía como era. El sonido de mi teléfono me sacó de mis pensamientos, miré la pantalla, a esa hora y en domingo no podía ser otra persona. —Martina, mañana a primera hora te quiero en la casa. —la casa no era más que las instalaciones del Centro Nacional de inteligencia español, conocido por sus siglas como CNI. —Ahí estaré jefe. — ¿Novedades? —Algunas. —De acuerdo, descansa, nos vemos mañana. — ¡Gracias! Martina es mi nombre real, un nombre que solo sabían unos pocos, porque para lo que realmente hacía no era necesario presentarme con mi verdadero nombre, aunque ante vosotros tengo que hacerlo; soy Martina Lembert, oficial encubierta del Centro Nacional de Inteligencia, para mí, más que un trabajo es un estilo de vida, nosotros somos quienes manejamos información sensible y nos encargamos de hacerla llegar a quienes están a cargo de una nación. No hacía falta explicar lo que hacíamos o de que nos disfrazábamos para obtener cualquier tipo de información. También somos quienes estudiamos, analizamos, prevenimos y evitamos cualquier peligro que atente contra la integridad de nuestro territorio. Somos quienes damos estabilidad en un estado de derecho. Ser m*****o activo del CNI tiene muchas connotaciones, tienes que dejar de lado tu verdadera identidad para trabajar con otros nombres en jornadas prolongadas y con un alto nivel de exigencia tanto mental, física y profesional. No me quejaba, venía de una familia que había dedicado toda su vida a servir al país en diferentes ámbitos y yo no iba a ser la excepción, pero mi vida era complicada, se podría decir que no me pertenecía, hoy estaba aquí y mañana quién sabe, pero no solo mi vida estaba comprometida con la nación, también tenía que controlar lo que hablaba, con quien me relacionaba y lugares a donde iba. Toda información estaba clasificada con grado de secreto, por lo que, en ese trabajo, tenía más valor escuchar que hablar. Mi teléfono emitió un pitido, al parecer ese día no iba a descansar, abrí los ojos y miré la pantalla, no tenía intención de contestar, pero era mi madre y cuando mi madre llamaba había que cogerle el teléfono, porque de lo contrario activaba el servicio de búsqueda, algo que tenía bien aprendido de mi padre. — ¡Hija! — ¡Madre! —Hace días que no da señales de vida. —Estoy bien madre, mucho trabajo. —Lo sé, me alegro de que estés bien, hace mucho que no sé nada de ti. —Todo bien madre, en cualquier momento me paso a visitarte, ahora no puedo. —Lo entiendo, hija, ¡cuídate! —Te quiero mamá. —Y yo a ti—ese era el tipo de conversación que tenía con mi madre por teléfono, mi madre siendo la mujer de un alto mando de la inteligencia española, sabía cómo debía comportarse, sabía que no debía decir más de lo preciso, porque de eso dependía nuestra seguridad y nuestro anonimato. No solía ir a casa de mi madre cuando estaba inmersa en alguna misión, lo hacía por mí y por protegerla. Mi padre hizo lo mismo por muchos años, nos protegió tanto que cuando estaba en alguna misión de envergadura no iba a casa y todos lo entendíamos. Fueron años de estar mucho tiempo fuera, donde mi madre era la única persona en mantener el hogar a flote y cuando mi madre se lo echaba en cara las palabras de mi padre eran que lo hacía para proteger a su país y a su familia y un día mi madre lo entendió, entendió que mi padre no era nuestro, que su deber estaba primero que su familia, pero ese día ya era tarde, mi padre había sido asesinado en una misión que salió mal. Yo también lo entendí y desde ese momento quise hacer lo mismo que hacía mi padre, estudiar, prepararme, obtener información sensible y evitar cualquier daño que quisieran hacer a mi país, pero también tenía un reto personal y ese era saber quién asesinó a mi padre, quien nos quitó el privilegio de seguir teniéndolo en este mundo y cuando obtuviera esa información mi respiración alcanzará el ciclo completo. Es lo que hacía todos los días, solo que para hacerlo debo pasar desapercibida, estar en el lugar indicado, pasar por una estriptis o como en este caso; bailar encima de un tubo. Muchas veces tenemos que aparentar una seguridad que no tenemos, pero de eso se trataba, de dar la talla en cada escenario con el propósito de tener los oídos en el lugar adecuado para que sean receptores de información privilegiada y mediante un informe hacerla llegar a la persona correcta con el grado de secreto. Por ello estaba enfadada conmigo misma, no me podía permitir que unos ojos de hielo me desviaran de lo que realmente hacía, no podía apartarme ni un segundo de mis objetivos, porque de eso dependía que mi país siguiera teniendo la paz necesaria para seguir adelante y de algún día saber quién y por qué le quitó la vida a mi padre. Con mis objetivos bien definidos, los cuales colocaban la pasión en segundo plano, me dormí, llevaba muchas horas despierta y mi cuerpo y cerebro lo estaban resintiendo y un sueño reparador solucionaba muchas cosas, entre ellas dejar en un rincón muy apartado una intensa mirada de fuego que hacía el amor como los mismos dioses.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD