Capítulo 1

1890 Words
La noche era fría, silenciosa, los callejones lucían lúgubre y funesto. Iba caminando por el centro de la calle con mis manos sujetando mi gabardina, porque las aceras estaban llenas de chicos jóvenes que tomaban alcohol y se drogaban como si no hubiera mañana y aunque aparentaba ser una mujer fuerte, en algunos momentos me sentía frágil y para que esa fragilidad no se me notara les hacía creer que estaba a su nivel o peor aún; que era una más de ellos. — ¡Hey Malena! ¿Esta noche como te piensas llamar? — ¿Qué tal si esta noche uso el nombre de tu madre? —respondí de manera retorica sin voltear la mirada y aparentando una calma que no tenía. —No tengo, nunca he tenido una, así que puedes llamarte como te dé la gana —el chico sonrió con burla contenida, era uno de los tantos que vivían en los callejones. Madrid cuenta con calles poco conocidas y transitadas, pero cada una de ellas esconde una historia, algunas veces son historias buenas, positivas, pero en ese callejón que me tocaba caminar casi todas las noches les puedo asegurar que no se escondía ninguna historia agradable, eran historias llenas de pobreza, de drogas, de bandas que se enfrentaban para mantener el control, mientras los verdaderos jefes estaban en la sombra, y en medio de todo eso estaba yo, que esa noche había decidido ser Malena. Trabajaba por las noches en un club de copas, su nombre era Noches Vip, pero no me dedicaba precisamente a poner copas, más bien lo mío era bailar en un tubo o Pole Dance, que es su nombre original. Bailaba con ropa provocativa y la mayoría de las veces muy escasa y las copas de las que hablaba antes me las ponían a mí. Algunas noches se me juntaban tantas que tenía que tirarlas sin que se dieran cuenta, no podía decir que no a ninguna, ya que ese fue el acuerdo que sostuve con el dueño del lugar. Mi trabajo empezaba a partir de las doce de la noche hasta la madrugada desde el jueves hasta el sábado. Luego os contaré a que dedicaba el resto de los días de la semana que no trabajaba en el club donde deleitaba mediante diferentes acrobacias a un selecto grupo de hombres; la mayoría influyentes en distintas ramas, pero principalmente la política y la banca. —Malena, ¡ya estás aqui! El salón está abarrotado, yo ya te lo he dejado preparado. — ¡Buenas noches, Mery! ¡Gracias! — respondí mientras me cambiaba de ropa. Mis compañeras de trabajo me conocían por Malena. Malena la chica que llegaba a trabajar tarde en la noche y que entretenía a los clientes encima de un tubo. Malena fue el nombre con el que me presenté cuando llegué al club buscando trabajo, así que el nombre era como mi muletilla. Solo conocían eso, porque no me interesaba que nadie conociera a la verdadera mujer que se escondía detrás de un nombre y detrás de unas acrobacias, porque eso no me representaba, era solo un trabajo que realizaba para lograr un fin. Mientras terminaba de abotonarme los enormes zapatos que usaba para bailar pensé en mi vida, en las noches que llevaba deslizándome en ese tubo en ese bar, las llevaba contadas, una por una, porque, aunque bailara encima de un tubo, esa no era yo, no me sentía yo. Pensaba que debemos crearnos expectativas, que no debemos quedarnos rezagados y que se vale todo para llegar al fondo de lo que verdaderamente nos apasiona. — ¡Es Jueves! Y como todas las noches de jueves a sábado tenemos a la reina del Pole Dance, ¡Malena! —Escuché la voz que salió por el altavoz y me dirigí hasta donde terminaba el tubo desde el segundo nivel del club. Así que después de que me presentaron como la atracción más importante del lugar subí y envolví mi cuerpo en el tubo. A medida que bajaba me sostenía con las piernas, mis brazos colgaban a cada lado. Era un baile complicado, pero lo hacía mecánicamente, lo tenía bien ensayado, horas de clases, caídas, golpes, disciplina, un cuerpo sin un gramo de grasa y mucha flexibilidad me había valido para estar en donde estaba y ser la envidia de mis compañeras. Cuando terminé el número los aplausos y gritos de los clientes hicieron eco en mis oídos. Imagino que ya sabéis que todos eran del sexo masculino, unos casados, otros solteros, pero en su mayoria políticos de alto nivel y banqueros que visitaban el club después de media noche para no ser captado por el lente de un periodista o paparazi. Estos eran los que más se cuidaban, incluso más que los casados. Ser pillado en un lugar de estos podía tener consecuencias mucho más grave que romper un matrimonio. Yo era la tentación, era esa manzana que todos querían echarle un mordisco, pero me entregaba a quien quería, no a quien intentaba pagar tratándome como si fuera un trozo de carne. Yo era la bailarina que cada noche decidía como presentarse ante sus clientes porque nunca conocerán a la verdadera mujer que se escondía detrás de unas lindas piernas, un cuerpo hecho a la medida y unos ojos marrones llenos de misterio, porque esa mujer un día aprendió a conocer la podredumbre que habita en los demás por medio de diferentes estrategias de trabajo, el baile era una de ellas, pero nadie debía conocer la suya, ni siquiera su verdadero nombre. La belleza nos da poder, pero bien es cierto que de nada sirve con un cerebro vacío y ahí es donde radicaba todo lo que hacía. Mi cerebro estaba lleno de neuronas que trabajaban a mil revoluciones por minutos y lo hacía con un solo objetivo; alcanzar el sueño de lo que quería que fuera el mundo y para ello tenía que utilizar lo que se me había dado de forma natural y manteniendo una estricta disciplina. Quizás mis atributos, tangibles para quien yo quería, fuera el consuelo de los que estaban harto de vivir una mentira. — ¡Quien fuera ese tubo Malena! —sigue sonriendo, no hagas caso y baja a codearte con tus presas. Pensaba, mientras caminaba encima de unos botines con una plataforma de más de quince centímetros. Este tipo de calzado era indispensable para un buen ensamblaje entre el tubo y yo. Estaba acostumbrada a ellos y la prueba era que las marcas de mis zapatos en las puntas producto de mis acrobacias eran como esas heridas de guerra que siempre están ahí y que miras con orgullo, o…, quizás esas heridas de guerra sean un medio para lograr mi propósito. Mientras me perdía entre las mesas saludando y hablando con los clientes se escuchaba una música suave, era la clave para dar mi paseo por las mesas, sonriendo a cada cliente, prestando atención a sus conversaciones. Aquí empezaba mi verdadero trabajo, el que me apasionaba, poniendo en práctica el desarrollo de un oído agudizado, prestando atención a frases que quizás para otros no tenían ningún sentido, pero yo tenía que dárselo. — ¡Buenas noches! —saludé cuando me acerqué a la primera mesa. Estaba compuesta por seis hombre que eran clientes habituales del club. A dos de ellos los botones de la camisa estaban a punto de saltarles. Mi primer pensamiento fue rogar para que no llegaran a mis ojos. — ¡Eres la reina del tubo, Malena! — Esta noche soy Lola. —respondí agachándome a su oído. El hombre se puso más rojo de cómo estaba, porque mis pechos estaban cerca de su cara y él no dejaba de mirarlos. —Malena, Lola…, qué más da, aquí lo que importa es como me pones cuando te entregas al tubo. —de su boca salió un poco de saliva que me dio mucho asco, pero no lo demostré, en eso consistía mi trabajo, en mantener conversaciones fluidas y escuchar con atención, las ganas de vomitar no estaban permitidas —Deberías darnos unas clases de cómo se compenetran tú y el tubo —estuve a punto de decirle que dudaba que subiera ni siquiera por una escalera con el sobrepeso que tenía, pero me contuve, en este trabajo mantener la boca cerrada era muy importante y yo lo había aprendido sobre la marcha. —Cuando quiera le doy esas clases —mis palabras fueron diferentes a mis pensamientos, pero mi trabajo, educación e integridad física estaban intactas. El baile que yo hacía necesitaba mucha concentración y compenetración, tal como el cliente acababa de decir, pero además era un baile provocativo, que podía incitar a pensamientos y acciones que yo no estaba dispuesta a aceptar y por ello debía saber cómo actuar con cada uno de ellos, porque no se trataba de que solo les gustara mi baile, se trataba de algo mucho más grande. Las mujeres que se dedican a trabajar realizando ese tipo de baile luchan para que las personas vean más allá de un tubo, luchan por cambiar la percepción que se tiene de él. Cada noche intentan que no se vea como una connotación s****l, pero era tarea imposible por las cualidades que se debe tener para realizar esa práctica. Para mí era un trabajo como cualquier otro, pero en ese caso era más un trabajo que realizaba para camuflar lo que realmente hacía. Lo primero era la flexibilidad para jugar con el tubo. Lo segundo era formar un engranaje perfecto entre el tubo y yo. Lo tercero eran los movimientos que debían ser muy estudiados para no caer y para mantener la expectación del público. A este gremio les ha costado mucho que las personas entiendan que bailar sobre un tubo es arte, además de lo que transmite el tipo de baile, ya que el Pole Dance tiene diversas maneras de bailarlo, el que yo realizaba tambien recibía el nombre de Pole Exótico. Es un baile con poca ropa, pero con unos tacones impresionantes de diversos colores que se convertían en la atracción del baile, ya que nos volcamos sobre su gran plataforma, tal como he dicho antes, por eso las marcas en sus puntas. Seguí caminando perdiéndome entre las mesas, recibiendo diversos tipos de adulaciones a las que intentaba responder con una gran sonrisa. En un momento de la noche levanté mi cabeza y alcancé a ver el hombre sentado delante de la barra que se tomaba una copa tras otra. Un traje inmaculado de tres piezas. Una mirada fría, pero de esas que de solo sentirla las bragas se bajan solas, un pelo rubio peinado de manera desordenada y un porte varonil que quitaba la respiración. En pocas palabras el espécimen estaba como le daba la gana. Era la unica persona que actuaba como si yo no existiera, mi ego lo resintió. A pesar de que no me acostaba con nadie, de hecho, en ese momento no tenía ningun tipo de relación, encontraba raro que un hombre tomando en ese tipo de lugar no clavara su mirada en mí como hacían todos los presentes.. Seguí trabajando, pero cada vez que tenía la oportunidad miraba al hombre de reojo a ver si volteaba a verme, sus ojos fríos miraban su copa, pero parecia que lo hacía sin darse cuenta, su mirada estaba perdida.
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