Capítulo 1: La Firma de los Condenados
El neón azul cobalto de Pandora no iluminaba; cortaba. Se filtraba a través de los ventanales blindados del club más exclusivo y prohibido de la ciudad, tiñendo el aire cargado de humo de menta y champán en una atmósfera de pecado industrial. Valentina Vega no miraba las luces. Miraba el reloj de pulsera: 01:42 a.m. Un vestido de sastre n***o, de solapas impecables y corte milimétrico, la protegía como una armadura. No encajaba en el santuario de la perdición de Dante Vance, pero eso era exactamente lo que buscaba. Las abogadas penalistas que ganaban casos imposibles no pedían permiso para entrar a la boca del lobo; pateaban la puerta. Y el maletín de cuero rígido que llevaba en la mano derecha pesaba lo suficiente como para fracturar un cráneo o sellar un destino. —No puede pasar por ahí, abogada —murmuró una seguridad de dos metros, un muro de músculo y tatuajes que bloqueaba el reservorio privado del fondo. Su voz sonaba como grava siendo triturada. Valentina ni siquiera parpadeó. Alzó la barbilla, clavando sus ojos oscuros en los de él con una frialdad que helaba la sangre. —Dile a tu jefe que si en treinta segundos no me abres esa puerta, estaré redactando la demanda de embargo por obstrucción a la justicia sobre cada maldito ladrillo de este edificio. Y créeme, sé exactamente qué fiscal está de guardia hoy. El hombre dudó medio segundo —el tiempo exacto que tardaba un cometa en estrellarse contra la tierra—, pulsó el comunicador de su oreja y, con un gruñido sordo, se hizo a un lado. El pestillo electrónico sonó con un clic metálico y seco. La puerta cedió. El aire dentro del despacho privado era más denso, impregnado a colonia cara, tabaco de importación y el peligro palpable de un depredador acorralado. Dante Vance estaba de espaldas a ella, apoyado contra los ventanales de suelo a techo que dominaban el skyline de la ciudad como un imperio dominado por la penumbra. Camisa negra con las mangas remangadas hasta los antebrazos, dejando al descubierto una red de venas y la piel firme que marcaba cada fibra de control. No se movió cuando ella entró. Sabía que era ella. Siempre sabía cuándo era ella. —Te tomaste veintidós minutos más del tiempo límite, abogada —su voz, un barítono grave y rasposo, vibró en el silencio del despacho sin necesidad de elevarse—. Empecé a pensar que el miedo te había hecho dar media vuelta en el vestíbulo. Valentina cerró la puerta a sus espaldas con un golpe seco que resonó como un disparo. —Aprende a contar, Vance. El tráfico a esta hora en el distrito financiero es un infierno. Y el miedo es un lujo que los muertos de hambre y los hombres como tú se pueden permitir. Yo solo tengo plazos procesales. Dante giró lentamente sobre sus talones. Sus ojos, de un gris tormentoso y carentes de cualquier atisbo de compasión, se clavaron en ella con una intensidad física casi insoportable. Había algo en su mirada que a Valentina le encendía una chispa de furia en la boca del estómago; una mezcla de desafío absoluto y una obsesión tan silenciosa que asustaba. Él no la miraba como a una jueza, ni como a una enemiga jurada dispuesta a destruirlo en los tribunales. La miraba como un león hambriento que lleva demasiado tiempo contemplando a su presa favorita a través de los matorrales. —Preciosa boca para alguien que está pisando una mina antipersonal —murmuró Dante, dando un paso lento hacia ella. Su altura era imponente; cada zancada acortaba el espacio vital de la habitación hasta dejarla sin oxígeno—. ¿De verdad crees que este disquete, este jueguito de documentos que traes bajo el brazo, va a derribarme? —No es un juego, Dante —respondió ella, sin retroceder ni un solo milímetro, plantada en medio de la alfombra persa como una torre de ajedrez dispuesta a sacrificar a su propia reina. Abrió el maletín con un movimiento firme y extrajo una carpeta roja, extendiéndola sobre el escritorio de caoba—. Esto es la orden de incautación de las cuentas offshore con las que financiabas la red de blanqueo de los muelles. Las firmas son auténticas. El juez que las autorizó me debe un favor y odia tu imperio tanto como tú odias las reglas. Estás acabado. Dante se detuvo a escasos centímetros de ella. El calor de su cuerpo desprendía un peligro sordo, eléctrico. Podía oler su perfume: cedro, humo y ese rastro inconfundible de peligro absoluto. Él bajó la vista lentamente, recorriendo la línea de su cuello, la rigidez de sus hombros, antes de detenerse en sus labios, que temblaban imperceptiblemente por la pura descarga de adrenalina. —¿Acabado? —su sonrisa fue una línea fría, casi burlona, mientras apoyaba ambas manos en el borde del escritorio, encerrándola contra su pecho sin llegar a tocarla—. Valentina... mi dulce, brillante y obstinada abogada. ¿De verdad crees que te habría dejado llegar hasta este despacho si los papeles que tienes en la mano fueran reales? El corazón de Valentina dio un vuelco violento en su pecho. —¿De qué estás hablando? Dante estiró los dedos y, con una lentitud exasperante, deslizó la carpeta roja hacia un lado, revelando que las hojas del interior estaban completamente en blanco. —Los verdaderos documentos, los que de verdad podrían destruirme... están en manos de un juez que ya está comprado desde hace tres horas —murmuró Dante, inclinándose hasta rozar con sus labios el lóbulo de su oreja, haciendo que un escalofrío brutal recorriera toda su columna vertebral—. Viniste aquí creyendo que ibas a dar el golpe maestro de tu carrera. Pero la trampa no era para mí, Valentina. Era para traerte exactamente aquí. Conmigo. Ella sintió la sangre retirarse de su rostro. Intentó dar un paso atrás, apartarse de su órbita, pero la mano fuerte y fría de Dante se cerró con firmeza implacable alrededor de su muñeca, inmovilizándola contra su cuerpo con una posesividad enfermiza. —Suéltame, imbécil —siseó ella, los ojos ardiendo de rabia pura mientras intentaba forcejear en vano contra su agarre de hierro. —Jamás —susurró él contra su cabello, con una voz tan oscura y rota de deseo contenido que hizo que el mundo exterior desapareciera por completo—. Me declaraste la guerra en los tribunales, abogada. Ahora vas a tener que aprender qué se siente estar atrapada en mi imperio... para siempre. La puerta del despacho se cerró hermosamente por fuera con un chasquido metálico automático, y el indicador de seguridad cambió a rojo carmesí. Estaban encerrados.