DARKO Muevo mis dedos rápidamente por la pantalla del celular mientras le respondo un mensaje a mi mujer. Hace una semana que pasó lo del intento de secuestro de Vuk y una extraña sensación de mal agüero no me ha abandonado el pecho. Es como si me faltara el aire. Como si tuviera un saco de plomo en los hombros que ancla mis pies al suelo y me impide moverme con la agilidad de un depredador. Las noches son peores. La oscuridad ya no es mi aliada, sino el escenario de esas pesadillas recurrentes donde me encuentro atado con cadenas oxidadas, arrodillado frente a un altar de piedra, con la cabeza inclinada en una sumisión que detesto. Un grupo de personas con túnicas negras y rojas me rodean como cuervos hambrientos. No estoy solo; hay otros en la misma posición, pero sus rostros no son má

