Elliot Anderson Llegué súper feliz a mi casa; la había besado, volví a probar esos dulces labios que creí olvidados. Tenía el corazón acelerado y una sonrisa imborrable. Entré directo en la habitación de Leonardo y él estaba poniéndose ese asqueroso perfume que siempre se pone, tan fuerte que casi me marea; jamás entenderé cómo puede gustarle algo así. —¿Por qué tienes esa cara de tarado? —me pregunta, mirándome a través del espejo, con media sonrisa burlona. —Salí con Anne, la llevé a cenar y nos besamos… —dije, sin poder ocultar la emoción en la voz. —¿Y ya cogieron? —indaga Matías mientras entra sin tocar, como siempre, tirándose en la cama con total confianza. En ese momento me di cuenta de que Leonardo comenzó a toser, como si se hubiera atragantado con su propio perfume o con la

