Cuando llegué a la empresa me metí directamente en mi oficina y me di cuenta de que tenía a un intruso sentado en mi silla. Se trataba de Leonardo, con su cabello oscuro perfectamente despeinado y esos ojos grises que parecían analizarlo todo con descaro. —¿Qué mierda haces aquí…? —dije, clavándole la mirada. Vi cómo levantaba mi foto familiar, la misma que tengo sobre el escritorio, observándola con una calma irritante, como si ese espacio también le perteneciera. —¿Tu padre no te dijo? —respondió al fin, sin apuro—. Me ha pedido que lo ayude unos días y, ya que no tengo nada interesante que hacer, me quedaré hasta el viernes… Seguía sosteniendo la foto entre los dedos, con una media sonrisa ladeada, mientras yo sentía cómo la sangre me hervía al verlo tan cómodo, tan instalado, en mi

