Anne Hamilton. Al mediodía fui a la oficina de Liam Anderson. Había solicitado una cita con su secretaria y me la concedió ese mismo día. Cualquier excusa era buena para estar fuera de mi oficina… y lejos de Leo. Entré. La habitación olía a su perfume caro, demasiado perfecto, demasiado controlado. Liam estaba concentrado frente a la pantalla del ordenador. Cabello dorado, ojos claros, de ese azul frío que heredó de Emir. Los Anderson eran rubios. Siempre impecables. Siempre correctos. —Buenos días… puedo volver en otro momento —dije. —Siéntate, Anne —ordenó sin mirarme. Tomé asiento y dejé una bolsita sobre su escritorio. —Es la ropa de Violetta. Ya está lavada y planchada. —Gracias —respondió—. Lamentablemente, tu ropa se perdió en el club. Levantó la vista entonces. Sentí su mir

