Anne Hamilton.
Anoche Renata se puso mal otra vez. La encontramos pálida como la sábana, apenas respirando y con esa mirada perdida que siempre me ha dado miedo. Nunca me acostumbré a verla así. Cada crisis es como si alguien me arrancara el aire del pecho.
Corrimos a la clínica de Boston. Mayra se quedó en casa porque mamá dijo que era mejor no exponerla a “esas escenas”. Yo fui con mamá y papá. Llegamos a urgencias y todo fue como siempre: médicos corriendo, enfermeras preguntando cosas, mamá llorando, papá callado y yo… yo apretando los dientes fingiendo que puedo con todo.
Me senté en la sala de espera. El reloj marcaba las tres de la mañana. La luz blanca me hacía sentir como si todo estuviera más sucio, más triste, más gastado. Mamá lloraba con un pañuelo arrugado entre las manos, papá la miraba de reojo como si llorar fuera una falta de respeto al autocontrol.
Yo tenía frío. Siempre tengo frío cuando Renata se enferma.
Papá se sentó a mi lado, pasó un brazo por mis hombros y me atrajo a su pecho. Siempre huelo lo mismo en él: colonia, cigarrillo y madera. Es un aroma que me acompaña desde que tengo memoria.
—Mi niña —me susurró—. La más hermosa del universo.
No sé si lo dice porque en verdad lo cree o porque siempre quiso una hija reina y yo fui la que aprendió a serlo. Me quedé quieta. No lloré. Nunca lloro delante de nadie. Aprendí desde muy pequeña que una Hamilton nunca debe parecer vulnerable.
Mamá en cambio no lo entiende.
—Gabriel, debemos buscar más tratamientos —decía entre sollozos, señalándolo con el pañuelo húmedo—. Debes hacer algo más, Renata no puede… no puede seguir así.
Papá soltó un suspiro cansado.
—Me he gastado un dineral desde la infancia de Renata —contestó él con esa voz cortante que siempre hace temblar a los demás—. Cálmate, Diana, que llorando no se arregla nada. Para más tratamientos se necesita más dinero y para eso me parto el lomo trabajando.
Mamá lo miró con furia.
—¿Crees que no lo sé? ¡Es mi hija! ¡Nuestra hija!
—No levantes la voz, —dijo él, sin alterarse ni un poco—. No en un lugar como este.
Sentí que el ambiente se partía en dos como un cristal quebrado. Siempre es así: mamá grita, papá la ignora y yo quedo en el medio, tratando de sostener lo que queda.
—No discutan —dije finalmente, porque alguien tenía que decirlo.
Papá volvió a besarme la frente, despacio, como si yo fuera lo único intacto dentro de nuestra ruina familiar.
—Tranquila, princesa. —su mano acarició mi cabello rubio—. Todo estará bien.
Mamá lo miró como si quisiera arrancarle la cabeza. Esa mirada la conozco bien. La ha usado cientos de veces conmigo cuando papá me elige a mí para algo y no a Renata o a ella.
Nunca entendí del todo por qué papá es diferente conmigo. Con mamá es un socio, con Renata un deber, con Mayra un misterio… pero conmigo es suave. Como si yo fuera algo que él debe proteger a cualquier precio.
Tal vez es por el parecido. Mis ojos azules son idénticos a los suyos, mi pelo del mismo tono frío, mis gestos, mis malditos arranques de carácter. Mamá siempre dice que soy “una copia a escala” y lo dice como si fuera una acusación.
Pasaron tres horas. Finalmente, el médico salió. Se quitó los guantes y habló con esa voz tranquilizadora que usan para no parecer alarmistas.
—La paciente está estabilizada por ahora, pero es necesario un control más profundo. Vamos a dejarla internada al menos unos días.
Yo asentí con la cabeza. Mamá preguntó mil cosas. Papá preguntó cuánto costaría. Cuando el médico se fue, mamá se lanzó contra el pecho de papá llorando de nuevo. Él apretó la mandíbula y se dejó abrazar pero sin corresponder demasiado.
Siempre me ha parecido curioso: mi madre llora por Renata como si su corazón estuviera afuera del cuerpo. Yo en cambio… me rompo por dentro, sin ruido, sin lágrimas.
Horas después volvimos a casa. Mayra estaba en el sofá durmiéndose con la televisión encendida. Cuando escuchó la puerta se incorporó de golpe.
—¿Qué pasó? —preguntó con la voz temblorosa.
—Está internada, pero estable. —respondí mientras colgaba mi abrigo—. No te preocupes.
Papá subió a su despacho sin decir más. Mamá fue directo al baño a retocarse el maquillaje aunque eran las seis de la mañana. Yo me quedé en la cocina con Mayra.
Preparé café. No porque lo necesitara, sino porque hacer algo con las manos me ayuda a no pensar. Mayra se sentó a la mesa, abrazando sus rodillas, con esa cara de niña que todavía tiene.
—¿Crees que Renata se va a morir? —preguntó de pronto.
Levanté la vista. Me golpeó la pregunta. No porque fuera cruel sino porque era honesta.
—No. —respondí sin dudar—. Renata es fuerte. Siempre sale de estas cosas. Además, todavía no hemos gastado el dinero suficiente como para que Dios decida llevársela.
Mayra soltó una risa breve, casi culpable.
—Te ves cansada.
—Estoy cansada. —admití.
No tuve por qué fingir con ella. Mayra es la única persona en el mundo que ve dentro de mí sin esfuerzo. A veces deseo que no lo haga.
Dormí varias horas, como si el cuerpo hubiera decidido apagarse para no pensar. Cuando abrí los ojos el reloj marcaba casi la una de la tarde. La habitación estaba en silencio, demasiado limpia, demasiado grande, demasiado vacía. Me levanté, me metí a la ducha sin ganas de sentir nada y dejé que el agua hirviendo intentara arrancarme el olor a hospital.
No funcionó.
Me sequé el cabello rápido, me puse crema a medias y después abrí el armario sin prestar atención. Tomé el primer vestido que encontré: seda negra, delgado, elegante, con tirantes finos. Ni siquiera me miré al espejo. A veces no hay energía para la vanidad, aunque sea mi deporte favorito.
En la cocina tomé un café sin azúcar y salí. Papá estaba en la empresa lidiando con bancos y buitres; mamá en la clínica vigilando el cuerpo frágil de Renata. Yo no tenía un rol asignado en el caos, así que fui a alcanzarla.
La clínica olía a químicos y miedo. Siempre el mismo olor. Subí al piso de cardiología, saludé a una enfermera que ya me ubicaba desde niña y entré a la habitación.
Mamá estaba sentada en una silla con la espalda recta, mirando a Renata como si pudiera controlarla con la vista. La máquina marcaba ritmos irregulares, beep beep beep, que se clavaban en mi cabeza.
—¿Ha despertado? —indagué, dejándome caer en la silla de al lado.
Mamá ni siquiera me miró.
—No, sigue dormida. —respondió—. Ya hemos llamado a su doctora.
Asentí con la cabeza. Aprendí hace tiempo que con mamá es mejor no intentar conversación. El silencio era incómodo, grueso, lleno de cosas que ninguna se atreve a decir. Entonces, como siempre, mamá decidió romperlo con algo que dolía más que el silencio.
—A veces me pregunto por qué Dios es tan injusto… —dijo con esa voz suave que usa sólo cuando va a decir algo horrible.
Yo clavé la vista en las uñas. No contesté.
—Renata es dulce y buena —añadió—, y tú eres…
Levanté la cabeza.
—¿Yo qué? —indagué.
Ella finalmente me miró. Sus ojos verdes estaban hinchados pero fríos. Odio cuando mamá puede ser cruel sin levantar la voz.
—A veces me pregunto por qué ella y no tú. —me soltó.
No gritó. No dramatizó. Lo dijo como quien comenta el clima. Como si fuera una observación lógica de una madre decente.
Sentí algo en el pecho, pequeño, caliente, punzante. No lloré. No dije nada. No le di el gusto.
Me levanté despacio, como si mis huesos pesaran demasiado y antes de que alguien más entrara, antes de que mamá siguiera, antes de que mi mascara se corriera, salí de la habitación.
En el pasillo respiraba como si me faltara oxígeno. Caminé rápido hasta el ascensor, pero me desesperé, así que bajé por las escaleras. No quería cruzarme con nadie, no quería ver ojos lastimosos, no quería repetir la historia de la familia Hamilton a extraños que nunca entenderían nada.
Salí por la puerta trasera de la clínica y el aire frío me golpeó la cara. Caminé sin rumbo un par de segundos hasta que mis piernas dejaron de obedecer.
Me apoyé en la pared, apreté los dientes y finalmente, finalmente, las lágrimas escaparon. Siempre intento ser fuerte, siempre intento ser dura, siempre intento ser la hija perfecta, la ejecutiva perfecta, la mujer fría que no se rompe… pero esa frase de mamá me atravesó como un cuchillo oxidado.
“¿Por qué ella y no tú?”
Me limpié la cara con el dorso de la mano, enfurecida conmigo misma por dejarme caer así. Crucé la calle sin mirar. Un carro n***o frenó de golpe frente a mí y la bocina sonó fuerte, cortante, molesta.
—¡Hey! —gritó una voz masculina desde adentro.
La puerta del conductor se abrió y bajó un hombre. Alto. Traje elegante, chaqueta abierta, reloj caro, cabello oscuro y unos ojos grises que parecían analizarlo todo en un segundo.
Se acercó unos pasos.
—¿Estás bien? —preguntó.
Yo retrocedí medio paso. No quería piedad. No quería ayuda. No quería un extraño viendo mi miseria.
Me limpié las lágrimas con el dorso de la mano y forcé la mandíbula.
—Estoy bien.
Él alzó una ceja como si no me creyera ni un poco.
—Casi te atropello. Soy amable.
Me hervía la sangre. Odiaba que alguien me hablara con paciencia. O peor: con lástima.
—No te pedí nada. —espeté—. Así que métete tu amabilidad donde te quepa.
Vi cómo la sonrisa apareció en sus labios, lenta, satisfecha. Como si haberlo mandado a la mierda lo hubiera divertido.
—Perfecto —dijo simplemente—. Me alegra ver que no estás muerta.
Me di la vuelta para irme y escuché cómo él apoyaba una mano en el auto.
—Cuídate, princesa. —agregó con un tono que no supe si era burla, interés o costumbre.
Me quedé quieta dos segundos. No lo miré. No respondí. Sólo seguí caminando, con las lágrimas secándose y el orgullo sangrando.
Recién cuando doblé la esquina me di cuenta de que nunca le pregunté quién demonios era.