Leonardo Style
Me encuentro en el avión privado con mis dos mejores amigos. Bueno, “mejores amigos” es una palabra demasiado tierna para lo que somos. Digamos que somos los tres idiotas más funcionales que han pisado este planeta. Si alguien más lo dice, me ofendo. Si lo digo yo, es poético.
A mi izquierda está Matías. Cuando lo conocí era un crío tímido, de esos que bajaban la mirada si una mujer bonita se les acercaba. Hoy en día es todo un mujeriego, igual que yo, aunque menos elegante. Él cree que es un seductor… yo sé que lo soy. Y sí, acepto toda la responsabilidad: fue bajo mi influencia que el pobre niño santo se convirtió en un animal social. Pero todos en este avión estamos de acuerdo en que el mundo no necesita más hombres buenos. Necesita hombres interesantes.
El problema es el del otro lado: Elliot Anderson. Ese sí es diferente. Un espécimen raro. Callado, reservado, demasiado correcto para su propio bien. A él lo conocí en la universidad. Él estudiaba arquitectura, yo finanzas. Yo era el alma de la fraternidad; él parecía más bien un mueble elegante: discreto, caro, con diseño y silencioso.
La primera vez que lo arrastré a una fiesta pensé que se quedaría pegado a la pared toda la noche. Estuve equivocado. Resultó que Elliot tenía un lado que nadie veía. Se acostó con una mujer esa misma noche. Ni siquiera yo supe con quién fue. Desapareció diez minutos y volvió como si nada. No pregunté. No era mi negocio. Así nació nuestra amistad: en silencios e información incompleta.
El caso es que desde entonces se ha dedicado a llorar por una mujer. Años, literalmente. Terminamos la carrera —él en arquitectura, yo en finanzas— y mientras Matías se volvió un rompecorazones y yo un maldito fenómeno en los negocios, Elliot seguía escribiendo correos larguísimos, llamando a Boston y recibiendo respuestas que parecían redactadas por un robot emocional.
Después él hizo una maestría en Europa. Yo no. No porque me falte cerebro, sino porque ya lo tenía todo claro. Y nunca perdimos el contacto. A veces por mensajes, a veces por reuniones improvisadas en algún aeropuerto, a veces porque él necesitaba a alguien que le dijera “déjala en paz, carajo”, y yo era el único dispuesto a hacerlo.
Mis padres siempre quisieron meterme en un despacho a los veinte para “seguir el legado familiar”. Yo tenía otros planes. Les dije que iba a ser futbolista. Casi se infartan. Llegamos a un acuerdo: podía dedicarme al fútbol… siempre y cuando hiciera una carrera universitaria. Lo hice. Cumplí las dos cosas. Y lo hice mejor que nadie.
Hoy soy el maldito goleador más famoso de México. Las estadísticas hablan solas. Los tatuajes también. Pero además, gracias a la universidad, he hecho más dinero fuera del campo que dentro. Soy empresario. Tengo inversiones en media Europa, un restaurante que está a punto de conseguir estrella Michelin, contratos publicitarios internacionales y un avión privado donde estoy sentado ahora mismo bebiendo whisky antes de las doce del día. Si eso no es éxito, que Dios me explique qué es.
Matías estaba viendo sus mensajes, seguramente respondiendo a tres modelos al mismo tiempo, cuando habló:
—¿Cuánto falta para aterrizar?
—Cuarenta minutos —respondí, sin mirar al reloj.
Llegamos a la pista privada y aterrizamos en Boston. La mañana estaba gris, húmeda, y el resplandor del pavimento mojado me recordó por qué siempre preferí Los Ángeles. Pero Elliot estaba emocionado por volver, así que no dije nada.
—¿Ya has vivido acá antes, verdad? —indagó Elliot mientras bajábamos la escalerilla.
—Sí, cuando tenía unos tres o cuatro años. Mi madre trabajaba acá, vivíamos en un pequeño departamento, pero casi no me acuerdo de esa época —expliqué, guardándome que lo único que recuerdo son el olor del pan de la cafetería de la esquina poco antes de conocer a papá.
El chofer ya nos esperaba con paraguas y abrigo. Matías salió primero, como si fuera la estrella del viaje, y yo rodé los ojos. Elliot fue detrás, discreto como siempre, y yo último.
Caminamos por el edificio de terminal privada hasta el acceso principal, donde nos esperaba alguien más: Liam Anderson, el hermano mayor de Elliot. Alto, rubio oscuro, barba perfectamente cuidada, traje gris. Demasiado perfecto para ser real, parecía sacado de una campaña de perfumes. Los Anderson son rubios por naturaleza.
Nos saludó con una sonrisa amplia, de esas que no sabes si son sinceras o sólo diplomáticas.
—Así que tú eres el famoso Leo Style —dijo, estrechándome la mano—. El último gol en la final del campeonato fue una obra de arte, debo decir.
Solté una risa breve.
—Gracias. Lo hago ver fácil.
Él rió también, aunque su mirada tenía ese brillo competitivo de los hombres que siempre quieren medir algo: dinero, poder, influencia. No lo juzgo, yo también lo hago.
—Papá está esperándolos en la casa —dijo Liam mientras avanzábamos.
Subimos a la camioneta negra. Matías y Liam discutían sobre algún partido, Elliot revisaba su celular como si le dieran ataques nerviosos, y yo miraba por la ventana las calles que empezaban a pasar frente al vidrio.
Lo escuché suspirar.
—¿Qué pasa, Elliot? —pregunté sin apartar la vista.
—Es raro volver… —dijo él—. No sabía si en verdad lo haría.
Yo sabía que no estaba hablando de la ciudad. Estaba hablando de ella.
La razón por la que dejó de dormir por meses.
La razón por la que se emborrachó por primera vez.La razón por la que llamó desde Europa puteando en español, alemán e inglés como si eso pudiera salvarlo.
Anne, irónicamente tiene el mismo nombre de mi madre. Las malditas casualidades de la vida.
La princesa arrogante de Boston.
Matías no sabía toda la historia, pero yo sí. Yo había visto a Elliot enamorarse, romperse y reconstruirse. Yo lo acompañé a Europa cuando decidió que si no la tenía, al menos tendría un puto título y una vida.
—¿Y vas a verla? —pregunté.
Elliot tragó saliva.
—No lo sé. Ella… ya no forma parte de mi vida.
Sonreí de lado.
—Claro, por eso llevas un año hablando de ella cada vez que te emborrachas.
Matías soltó una carcajada.
—¿Es esa la chica que te rompió el corazón? —preguntó, sin tacto como siempre.
—Yo no dije que me rompió nada —respondió Elliot, serio.
No insistí. Si algo aprendí es que los hombres no lloramos frente a otros hombres por mujeres. Lo hacemos solos, en silencio, con whisky o con el sonido de un motor a 280 km/h.
La camioneta giró hacia una avenida amplia. Boston empezaba a abrirse como un recuerdo mal archivado.
— Yo te ayude a cagarla y te ayudare a recuperarla, hermano — Le asegure — Tienes la palabra de Leo Style.