Mi pasado.

1570 Words
Anne Hamilton Desde que tengo memoria, Renata ha sido frágil. Frágil como porcelana fina, frágil como esas muñecas alemanas que mamá colecciona y exhibe detrás de vitrinas blindadas para que nadie las toque. Lo curioso es que, mientras todas las muñecas tienen nombres, Renata nunca tuvo uno distinto al suyo. Mamá jamás le puso apodos, nunca le dijo “mi pequeña”, “mi corazón”, nada. Es como si tratara con algo que en cualquier momento pudiera romperse… y arruinarle la colección. Cuando éramos niñas, Rena desaparecía meses enteros en hospitales. Yo veía las maletas de mamá apilarse en el hall y los choferes cargarlas a los autos negros mientras papá se quedaba con cara de estatua frente a la puerta. Jamás entendí qué tenía ella. Ni siquiera ahora lo entiendo. Mamá y papá siempre han dicho lo mismo: —Nació así. Como si eso explicara algo. Como si eso justificara que pasáramos nuestros veranos en clínicas en lugar de en la playa; como si justificara que mis cumpleaños fueran silenciosos porque Rena no podía emocionarse, ni reír demasiado, ni llorar demasiado, ni correr, ni enamorarse, ni vivir. Yo, en cambio, podía hacerlo todo. Quizás por eso, cuando tenía doce años y escuché a mamá decirle a la enfermera que era “una niña difícil”, le tiré la bandeja del té encima. No porque me doliera —de hecho, tenía razón— sino porque no soporto que me describan como si yo fuera un problema logístico. Si iba a ser un problema, al menos sería uno divertido. A mis veintitrés años, tengo mi propia oficina. No por mérito puro, sino porque papá ha aprendido que si no me da un espacio para mandar, yo mando igual desde donde esté. A veces creo que, si hubiera nacido hombre, ya sería directora general. Pero nací mujer, así que me dieron una oficina bonita, un título que suena elegante y cero poder real. A veces me pregunto si Renata hubiera querido tener esto. Tal vez sí. Tal vez no. Ella siempre ha sido tan… perfecta. Tan dócil. Tan lista. Tan buena hija. Y yo siempre he sido lo contrario. Estaba revisando las facturas médicas del mes —un montón de papeles idénticos y números absurdos— cuando escuché el sonido de los zapatos de papá acercarse por el pasillo. Él no camina: marcha. Como si estuviera al mando de un batallón invisible. La puerta se abrió sin que yo dijera “adelante”. Qué sorpresa. —Anne —dijo él, entrando sin pedir permiso, pero con la sonrisa más cálida que existe en este planeta—. Mi niña… la más hermosa del universo. Sonreí. Papá siempre sabe cómo arrancarme esa reacción, incluso cuando estoy de mal humor. Se acercó, me rodeó con sus brazos y me besó la cabeza. Su perfume siempre huele a algo caro: cedro, tabaco dulce y poder. Yo tengo sus ojos: azules, fríos, casi transparentes. El resto es de mamá: la mandíbula orgullosa, las cejas expresivas y la maldita boca que nunca sabe cuándo callar. —¿Conseguiste los inversionistas? —pregunté, mientras él soltaba mi cabello entre sus dedos. —Desde la muerte de tu abuelo, todos esos hijos de puta alemanes no quieren hacer negocios con nosotros —dijo, dejándose caer en uno de los sillones frente a mi escritorio. El abuelo. Henry Hoffman. El titán. El patriarca. El hombre que podía levantar el teléfono y hacer que tres bancos colapsaran y cuatro países se arrodillaran. Todos le temían, incluso mamá. Su muerte hacía tres meses dejó a media Europa temblando… y a la otra mitad celebrando. —Los padres de tu madre —continuó papá, con un bufido— están esperando como buitres a que se lea el testamento. —Normal —respondí, cruzando las piernas—. Han esperado toda la vida para deshacerse de nosotros. Papá me miró con esa mezcla de orgullo y tristeza que solo él sabe hacer. —Tu madre no debería haber sido la heredera —susurró. —Pero lo fue —repuse— y ahora les toca tragar veneno. Papá soltó una carcajada ronca. Le encantaba cuando yo hablaba así. Mamá lo odiaba. Según ella, una dama nunca dice cosas tan violentas. Yo pienso que una dama puede decir lo que quiera mientras lo diga con buena dicción. —Hablé con Emir Anderson—dijo, sin levantar la vista de su reloj—. Me contó que Elliot regresa el lunes. Sentí un pinchazo en el estómago. Elliot Anderson, mi ex. —Qué bien —dije, como si no me importara—. Traerá souvenires, supongo. Papá me lanzó una mirada que decía “no seas infantil”. — Ya ha terminado la maestría —agregó—. Podría ayudarnos con los nuevos proyectos. Me estiré en mi silla. Esa conversación iba por un camino que conocía demasiado bien. —Papá —advertí, antes de que siquiera lo dijera. —Nadie está obligándote —replicó él, alzando las manos—. Solo hablamos de negocios. “Solo negocios”. Lo que papá realmente quería decir era: un apellido más en el tablero político, un aliado más frente a Berlín, una excusa más para blindar la empresa familiar. Lo conozco desde que éramos niños, empezamos a salir cuando yo tenía quince y él dieciocho. Mis primeras experiencias: primer beso, primera pelea, primera ruptura, primera reconciliación. Cuando pienso en Elliot, no pienso en flores, ni en cartas románticas, ni en recuerdos perfectos. Pienso en la primera vez que me di cuenta de que incluso los hombres buenos pueden romperte sin levantar la voz. Él se fue a estudiar a Europa, a esa universidad prestigiosa a la que solo entran dos tipos de personas: los genios… y los herederos. Elliot pertenecía a las dos categorías, para colmo. Yo aún estaba en Boston terminando el bachillerato y organizando mi vida alrededor del caos de la empresa, de los hospitales y de mamá. Al principio, todo era bonito y distante. Mensajes, llamadas, fotografías desde bibliotecas que parecían museos, y videos en los que él mencionaba algún proyecto brillante de arquitectura moderna mientras yo fingía que entendía más allá de “edificio caro”. Hasta que conoció a él. —Un amigo —dijo Elliot al principio. “Un amigo”. Claro. Yo debería haber sabido que en Europa esa palabra significa otra cosa. El tipo era uno de esos imbéciles encantadores de familia aristocrática y lo introdujo al maravilloso mundo de las fiestas, los vinos imposibles de pronunciar y las mujeres que se ríen con la mandíbula hacia atrás porque alguien les enseñó que así luce la elegancia. Yo no culpo a Elliot por querer divertirse. Pero él cambió. Se soltó y por primera vez en nuestra relación empezó a sonreír sin culpa. Me lo confesó dos meses antes de volver. Recuerdo cada palabra porque estaban demasiado bien ordenadas para ser improvisadas. Elliot siempre fue así: incluso para decepcionar, era cuidadoso. —Anne… quiero que escuches todo antes de decir algo —me dijo por videollamada. Yo estaba apoyada en el marco de la ventana de mi habitación, con la vista a la bahía. Él estaba en su dormitorio universitario, una habitación blanca con posters de arquitectura minimalista que daban ganas de bostezar. —Está bien —respondí. Entonces lo dijo. Sin tartamudear. Sin lágrimas. Sin dramatismos. —Me enrollé con alguien. No dijo “me acosté”. No dijo “la amé”. No dijo “me perdí”. Dijo “me enrollé”, como si fuera un trámite. —Fue… fue una noche —continuó—. Estábamos saliendo con unos compañeros, bebimos demasiado, fuimos a un lugar… y pasó. No sabía cómo decírtelo. Sé que te lastimé. Sé que no merezco que me escuches… pero necesitaba decirte la verdad. Silencio. Largo. Pesado. Poco cinematográfico. Yo no lloré. No grité. No arrojé el teléfono por la ventana ni le dije que era un hijo de puta desgraciado. Ni siquiera le pregunté el nombre de ella. No me interesaba. Me pasé la mano por el cabello y dije: —Lo entiendo. Elliot abrió los ojos como si acabara de recibir un perdón papal. —¿De verdad? Anne, yo… Levanté la mano para que callara. —No hace falta que expliques. Él frunció el ceño. —¿No estás… molesta? —Claro que no —mentí—. Debe ser difícil estar en Europa, rodeado de mil distracciones, lejos de casa. Además… nosotros nunca… Me detuve antes de decirlo, pero él entendió. Jamás nos acostamos. El tiempo, la distancia y mi orgullo siempre se interpusieron. Yo postergaba todo porque no quería ser una historia triste de amor adolescente más. Porque quería que la primera vez fuera con él… pero también con fuego, con locura, con ganas. No solo con cariño. Elliot me miró con esa culpa suya que siempre lo hacía aún más perfecto. —Lo siento —repitió—. De verdad lo siento. —No tienes por qué —respondí—. Supongo que necesitabas un desahogo. Terminamos, Elliot. Cuando colgué, me senté en la cama y observé mis manos. Lucían tan tranquilas que me dieron rabia. Yo esperaba que al menos me temblaran. Que hicieran algo. Pero no. Mis manos estaban tan perfectas e inútiles como siempre. No lloré esa noche. No lloré ninguna otra.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD