El inicio

1043 Words
Mi nombre es Anne Hamilton. Sí, esos Hamilton, la familia más poderosa de Estados Unidos, líderes en el sector de la arquitectura… o al menos lo éramos en la época de mi padre. Luego todo se jodió, pero esa es otra historia larga y dolorosa que no pienso contar ahora. Me encuentro en la sala de reuniones de Hamilton Corporation, al frente de la mesa. Los inversionistas me miran con una mezcla de desprecio y sorpresa; algunos evaluando mis piernas, otros convencidos de que solo soy una niñita de mami jugando a ser empresaria. A mi alrededor, arquitectos y ejecutivos cuchichean entre ellos, como si no supieran que estoy escuchando cada maldita palabra. —¡Ya no lo toleraré! —dije, con la voz más firme de lo que me sentía—. Es increíble… los proyectos de mierda que han entregado. ¡Somos los Hamilton! ¡A pesar de todo, siempre llevaremos el nombre de la compañía número uno de Boston! Un silencio incómodo llenó la sala. Algunos bajaron la mirada, otros respiraron hondo, sabiendo que mis palabras no eran una amenaza vacía. Mi pecho latía con fuerza; cada fibra de mi ser estaba encendida por la indignación. Esta empresa era mi herencia, mi legado, y no permitiría que nadie la arruinara. —Anne… —dijo uno de los inversionistas, con voz suave, intentando calmarme—. Tal vez debería… —No —lo interrumpí, levantando una mano—. No quiero excusas, no quiero promesas vacías. Quiero resultados. Y quiero que recuerden con quién están tratando. ¡Con los Hamilton! Se hizo un silencio absoluto. Los arquitectos intercambiaron miradas nerviosas. Podía sentir cómo la tensión en la sala se electrizaba, como si cada palabra mía fuera un látigo sobre ellos. Me sentí viva, poderosa, aunque en el fondo sabía que afuera, en el mundo real, la situación era mucho más complicada de lo que cualquiera de ellos imaginaba. Porque no solo estaba luchando contra incompetentes… estaba luchando contra el desastre que mi propia familia había dejado y, lo peor, contra mí misma. Terminó el horario laboral y estaba completamente enojada. No podía creer cómo la compañía se estaba yendo a la mierda. Era mi maldito apellido y el de mis hermanas. Era el legado de mi padre el que estaba en juego… y nadie parecía entender la gravedad de eso más que yo. Manejé hasta casa con los nudillos blancos del enojo. Al llegar dejé el bolso en el sillón con un golpe y me quité los tacones mientras atravesaba la sala. Y ahí estaba ella, mi hermana menor, tirada en el sofá, con una manta y la televisión encendida. Se llama Mayra. Ojos azules como los míos, solo que más claros, casi transparentes. El cabello largo castaño de mamá, lacio y perfecto sin siquiera intentarlo. —Tienes cara de pocos amigos… —dice al verme, sin apartar la mirada de la pantalla. —Estoy bien, solo que en la empresa son unos malditos incompetentes… —gruñí mientras me servía agua en un vaso de cristal; tenía la boca seca de rabia—. Quisiera echarlos a la calle a todos, pero no hay dinero ni para las liquidaciones. Mayra apagó la televisión lentamente y se sentó con las piernas cruzadas, esa actitud tranquila que me sacaba de quicio y a la vez me enseñaba lo joven que era. —¿Y entonces qué van a hacer? —pregunta ella, inclinando la cabeza. Respiré profundo. Sentía el ardor en la garganta, la frustración estancada en el pecho. —No lo sé… —admití finalmente. —No es tu culpa, Anne… Me dejé caer en el sillón, más cansada emocionalmente que físicamente. Mis uñas golpeaban el vaso con impaciencia. Mayra se acercó y apoyó su cabeza en mi hombro, gesto que rara vez hacía. Salí de mis pensamientos cuando llegó mi madre. Siempre impecable, siempre perfecta, con su cabello castaño pulido como si acabara de salir del salón y esos ojos verdes. Caminó hacia nosotras con pasos elegantes, aunque la elegancia no alcanzaba a tapar la tensión en su rostro. —Renata se puso mal… —dice sin rodeos. Sentí un pinchazo en el estómago. No era sorpresa, pero nunca dejaba de doler. —¿Ya llamaste al doctor? —indagué de inmediato. —Sí —responde ella, bajando la voz—. Es su corazón… como siempre. Asentí despacio. Había aprendido a tragarme la angustia y transformarla en acción. Mayra se quedó en la sala mirando el suelo mientras yo subía las escaleras rumbo a la habitación de Renata. Abrí la puerta despacio. Renata estaba recostada en la cama, los parches médicos en el pecho, las manos delgadas sobre las sábanas. Era prácticamente idéntica a mamá: cabello castaño, lacio, ojos verdes, piel delicada. Tenía veinticuatro años, solo uno más que yo. —Llegaste… —susurra con una sonrisa frágil. —Obvio que sí —respondí acercándome, intentando sonar más fuerte de lo que me sentía—. No te librarás tan fácil de mí. Me senté al borde de la cama y le tomé la mano. Estaba fría. Siempre estaba fría. Habíamos crecido entre hospitales, doctores y cardiogramas. Podía escuchar el pitido suave del monitor, marcando un ritmo que ella siempre decía que no le pertenecía. —No deberías estresarte tanto —susurra ella, con voz quebrada. Solté una risa corta, amarga. —Eso díselo a la junta directiva y a los malditos arquitectos. Renata sonrió apenas, como si eso le consumiera demasiada energía. —No te preocupes por mí —dije, acariciando su mano—. Solo preocúpate por tu corazón… ya sabes, ese caprichoso de mierda que le encanta arruinarnos el día. Renata rió, apenas un susurro, y esa risa —aunque tenue— era lo más valioso que teníamos. Pero mientras la observaba, con su belleza frágil y sus pestañas temblando, sentí el peso real de la situación: si la empresa se hundía, no solo perdíamos nuestro apellido… perdíamos el dinero para sus tratamientos. Debo hacer lo que sea para volver a poner a los Hamilton como los número uno de Boston. Notas del Autor: Este libro es independiente pero para entender mejor pueden leer primero los siguientes libros: "Maya: Mi dulce obsesión " y "Maya, solo mía"
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