---- El amanecer me sorprendió despierto, con la mirada fija en el vientre de Marian. Sentà el sutil movimiento de nuestra hija y quedé absorto, siguiendo con un dedo el rastro de su suave danza. Era fascinante cómo la pequeña se movÃa dentro de ella sin perturbar su sueño. Me incliné y besé sus labios con ternura. Extrañaba verla dormir, con ese aire de serenidad que contrastaba con la pasión desbordante de la noche anterior.
—Hola, mi reina hermosa. ¿Descansaste bien? —susurré contra su cuello, aspirando su aroma.
—Bien, gracias. ¿Y tú? —respondió con voz adormilada, sin abrir aún los ojos.
Su semblante era apacible, tan distinto al que vi unas horas antes, cuando la tenÃa entre mis brazos, sumergidos en un torbellino de deseo.
—También. Pero debo ir a cambiarme, tengo trabajo.
Besé su frente con la intención de dejarla descansar, pero para mi sorpresa, se incorporó en la cama.
—Nos vemos en la oficina —declaró con seguridad.
—No, quédate. Ayer estabas agotada y tus pies necesitaban descanso. Te prometo que regresaré en cuanto termine.
—No hay discusión, Zuriel. Iré contigo.
Su terquedad me hizo suspirar. SabÃa que no cederÃa, asà que decidà rendirme por el momento.
—Está bien. Pediré que me traigan un traje y me cambiaré aquÃ. Saldremos juntos.
—Como quieras. Estaré lista pronto.
Sonreà y me dirigà al baño. Marian siempre tenÃa que hacer su voluntad. Mientras el agua caliente caÃa sobre mi cuerpo, mi mente divagó hacia algo que no debÃa haber hecho: llamar a Natasha.
Marqué su número.
—¡Holis! ¿Cómo está el hermano más sexy de esta ciudad? —contestó con su tono despreocupado.
SonreÃ. Natasha siempre lograba sacarme una sonrisa, incluso en los peores momentos.
—Hola, princesa. Estoy en apuros… Necesito vacaciones, o algo parecido.
—¿Tú, vacaciones? Eso sà que me sorprende.
—Te explicaré después. Pero ahora te necesito, hermanita. ¿Puedes ayudarme?
Me imaginé su expresión divertida. Si me viera en este momento, con esta urgencia, seguro se burlarÃa.
—Claro. Pasaré para ponernos al dÃa y, por supuesto, ayudarte.
—Gracias. Nos vemos luego.
Cerré la llamada con un suspiro. Ahora debÃa concentrarme en Marian.
---
Ya en la oficina, ella se acomodó en un sillón junto a mi escritorio y comenzó a tejer unos escarpines. Era un gesto que me enternecÃa, verla preparar con tanto amor cada detalle para nuestra hija.
La puerta se abrió sin previo aviso y Julieta irrumpió con su actitud habitual.
—Buenas. Necesito que me acompañes a una junta con los españoles esta tarde.
Marian alzó la vista y la observó con desdén.
—Acostumbra a tocar antes de entrar —le recriminó con frialdad. —No podré asistir. Natasha tomará mi lugar —respondà con tono profesional.
Julieta frunció el ceño.
—Debes ir tú, es tu compañÃa. No puedes delegar asÃ.
—Él decide, ya que es el dueño —intervino Marian, poniéndose de pie.
Julieta la miró con incredulidad.
—Entonces la llamaré a ella —dijo, resignada—. Que disfruten su dÃa.
—Gracias —respondió Marian con una sonrisa socarrona—. Lástima que desearÃa que te dé cáncer y mueras lentamente.
Me tensé al instante. No querÃa meterme en sus conflictos, pero mi mujer no se cansaba de dejar claro que estaba marcando su territorio.
Julieta sonrió de forma tensa.
—¿Me odias, verdad?
—Más de lo que necesito para vivir y respirar —contestó Marian con una calma que daba miedo—. Pero bueno, una se acostumbra a vivir rodeada de inmundicia.
—¡Basta! —intervine antes de que la discusión subiera de tono.
Marian se cruzó de brazos y exigió:
—La quiero fuera de esta oficina. Ahora mismo.
—¿Quién te crees para ordenarlo? —Julieta me miró, esperando apoyo.
—Ella es mi mujer —dije con firmeza—. Y no quiero que vuelvas a dirigirte a ella.
Julieta abrió la boca, indignada.
—No puedo creer esto…
Tomó sus papeles y salió furiosa. Marian regresó a su lugar sin mirarme, retomando su tejido como si nada hubiera pasado. Pasé un rato en silencio, observándola. Esta mujer me sacaba de quicio y, al mismo tiempo, me tenÃa completamente atrapado.
Horas después, la escuché bostezar.
—Vámonos. Ya es suficiente por hoy.
Recogà mi portafolio y la invité a salir. Mientras esperábamos el ascensor, apareció Natasha.
—¡Hola, chico guapo! —dijo, besando mi mejilla. Luego miró a Marian con entusiasmo—. ¡Hola! ¡MorÃa por verte!
Marian la observó con recelo.
—SÃ… ¿y eso?
Natasha ignoró su actitud.
—Estoy emocionada por el bebé. Yo no puedo tener hijos, ¿sabes? Asà que me ilusiona mucho que Zuriel sea padre. Es mi hermano favorito.
Su sonrisa se tornó melancólica. Recordé lo difÃcil que habÃa sido para ella su matrimonio fallido. Besé su frente con ternura.
—No te preocupes. Dame tu número y planificamos algo. Aún no arreglo el cuarto de Zafiro. Si quieres, podrÃas ayudarme —dijo Marian, en un tono más amable del que esperaba.
Mi corazón se sintió aliviado. HabÃa algo en ella, oculto tras su frialdad, que seguÃa siendo capaz de conectar con los demás.
—¡Me encantarÃa! Te llevaré a lugares que te dejarán boquiabierta —dijo Natasha, entusiasmada. Guardó el número bajo el nombre La China de Zuriel, lo que me hizo sonreÃr.
Nuestro momento de paz se vio interrumpido por la voz de Julieta.
—Natasha, necesito hablar contigo.
Natasha suspiró y besó la mejilla de Marian antes de marcharse.
—No te dejes engañar, Zuriel te ama. Y por eso muchas te odian.
Marian rió con desdén.
—Que se mueran, entonces. Yo no me dejo amedrentar por nadie, y menos por locas sin juicio.
Su seguridad me fascinaba.
---- Esa noche, después de ayudar a Marian a relajarse y asegurarse de que durmiera, bajé a la sala donde su madre tomaba té.
—¿Podemos hablar? —preguntó con una mirada seria.
—Por supuesto.
—Quiero saber qué intenciones tiene con mi hija. Ella ha sufrido demasiado. Si piensa jugar con ella, está equivocado.
Su mirada me atravesó como un cuchillo.
—No quiero hacerle daño. Al contrario, quiero casarme con ella y hacerla feliz.
—Eso no fue lo que hiciste en el pasado. ¿Por qué deberÃa creerte ahora?
Respiré hondo.
—Porque acepto mis errores y estoy dispuesto a recuperar su confianza… Y, si es posible, la suya.
Ella me estudió detenidamente antes de asentir.
—Entonces demuestra que no eres solo un millonario arrogante. Marian no es ingenua. Ha sufrido y eso la ha cambiado. Cuando una mujer sufre como ella, llega un punto en el que se rompe. Y cuando se levanta, es cuando más miedo me da.
No tenÃa respuesta para eso. Solo sabÃa que harÃa lo posible por ser el hombre que ella necesitaba.
—No la dejaré caer, se lo prometo.
—Más te vale —dijo, con una leve sonrisa.
Y con esa promesa en mi corazón fui a verla, y me entregué al sueño junto a ella.